Cristian Campos-El Español
 

Yuna vez más, como lleva ocurriendo desde que unos cuantos burgueses catalanes le entregaron en 1885 al rey Alfonso XII el Memorial de Agravios fundacional, el primer listado de lloros y pucheros catalanistas de los cientos que llegarían luego, unos cuantos comisionistas de la región han toreado al ocupante temporal del palacio de la Moncloa.

Ni pacificación de Cataluña, ni estabilidad parlamentaria, ni Presupuestos en 2024, y ya veremos si los hay en 2025 y no vamos a unas elecciones generales anticipadas.

Y toda esa nada que nadea, ese montón de humo relleno de ausencia de vaho a la emanación de vapor de inexistencia, a cambio de la amnistía de todos los saqueos, malversaciones, golpes de Estado, pedradas, destrozos, disturbios, desfalcos, traiciones, maquinaciones, corruptelas y timos de la estampita ejecutados por hasta el último mindundi de la Cataluña profunda durante los últimos 14 años.

Incluida, por supuesto, la familia Pujol. Los Kennedy de Tresporcientolandia.

Convocando elecciones anticipadas 24 horas antes de la aprobación de la ley de la amnistía, «el menos listo de todos los independentistas», en palabras de los propios independentistas, le ha volado por los aires la legislatura al más osado, audaz e intrépido de los presidentes de la democracia española. «Soy catalán, ¿a qué quieres que te engañe?» debería ser el lema de la futura república independiente catalana.

Y todo, para abortar el desembarco entre olor de multitudes de Carles Puigdemont en alguna remota veguería catalana. Es decir, por un motivo estrictamente local y que demuestra que lo de la amnistía importa en realidad muy poco en la Generalitat y que aquí de lo que se trata es del control y el reparto del dinero que fluye desde esa cornucopia sin fondo que es el bolsillo del resto de los españoles.

Que todas las ofensas a la identidad catalana se solucionen con una transferencia de algunos miles de millones desde Madrid a Barcelona debería haber hecho sospechar a alguien hace ya tiempo. Pero en la capital aún andan ligando cabos.

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No hay nada más feo que un periodista escribiendo aquello de «yo ya lo dije», sobre todo porque no solemos hacer lo propio cuando nos equivocamos. Pero es que he escrito tantas veces que Cataluña no es lo que la alta sociedad madrileña cree que es, que empiezo a padecer síndrome de Casandra.

Un vasco jamás le compraría un coche usado a los catalanes. Puede compadrear con ellos, reunirse amigablemente y hasta compartir hoja de ruta con el capo di tutti capi catalán del momento. Pero jamás, bajo ningún concepto, les comprará la chatarra.

Pero en Madrid no son vascos. Los madrileños sí compran.

En Madrid desembarca el típico vendepitos catalán, uno de esos que van de rabino de la presuntamente compleja identidad catalana, pero al que no fían ni en el bar de la esquina porque ya se conocen al fiera, y las genuflexiones de los políticos capitalinos rivalizan con las de la corte de Haile Selassie.

Y ahí tenemos a politólogas que en Cataluña estarían sobreviviendo a base de canguros pontificando sobre los beneficios de la amnistía en televisión con el aplomo de Moisés en el monte Sinaí, a jesuitas de todo a cien aconsejando el ángulo correcto de la reverencia a ejecutar frente a la bandera de la corona de Aragón, a meritorios sin talento a los que ya no quieren ni en TV3 llevándoselo tibio en las televisiones nacionales y a tantos otros campeones de la telebasura, la prensabasura y la radiobasura catalana haciendo carrera en la capital tras engañar a algún CEO despistado.

Observen que hasta al menos listo del contubernio nacionalista le da la cabeza, sin embargo, para pillarle al vuelo el punto débil al ocupante de turno de la Moncloa. En el caso de Pedro Sánchez, tampoco hace falta ser el Mbappé de la psicología, ese punto débil es el ego. Así que ahí están todos los analistas diciéndole a Sánchez que lo que toda España interpreta como una bomba es en realidad una gran victoria para él.

«Pedro, eres tú el que les has engañado a ellos [clinclinc $]. A ti te va de perlas el adelanto electoral en Cataluña. Están derrotados [cliticlinc $$]. Hundidos, peleados entre ellos. Se llevan a matar [clitinclinclinc $$$]. Puigdemont está desesperado, Aragonès no manda nada, Junqueras quiere protagonismo [clitinclitinclitin $$$$]. Están en tus manos, Salvador Illa va a ser president y tú tendrás la Moncloa para los siguientes ocho años [clitinclinclinclin $$$$$]. Vas a cambiar España, presidente. Ya veo te veo en los libros de historia, ‘el arquitecto de la España del siglo XXI’ [clinc clinc clinc $$$$$$]».

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Cuando llegue Alberto Núñez Feijóo a la Moncloa el cuento será diferente. A Feijóo no le pillas desde luego por el narcisismo. Pero él cree que para triunfar en Cataluña hay que «soñar» en catalán con calçots, castells y sardanas. Así que a Feijóo no le dirán que es un Churchill de la política, sino algo más bucólico, lírico y trovadoresco.

Le hablarán de la España de las distintas sensibilidades, del bilingüismo cordial. Le dirán que ha llegado la hora del seny y que los empresarios y la alta burguesía catalana quieren paz y estabilidad y pacto. Que nadie mejor que un gallego para comprender lo que es en realidad Cataluña. Que ellos en realidad nunca han querido a Sánchez, y otros rollos macabeos por el estilo. Ya le pillarán el punto.

«Mira qué bien te llevas con el PNV» le dirán. «Pues con nosotros, igual. Danos el concierto económico y a partir de ahí hablamos. Todo saldrá bien».

Veremos si Feijóo rompe con una tradición histórica que cumplirá pronto el siglo y medio.

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Les podría contar todas las veces que políticos del bipartidismo, políticos gallegos, castellanos, canarios, asturianos, aragoneses, extremeños, andaluces y madrileños, me han venido a explicar a mí lo que es Cataluña. A mí. Precisamente a mí.

El político: No, mira, es que tú no lo entiendes.

Yo: Pues venga, adelante, hazme un cataluñasplaining.

El político: Es que ellos son diferentes.

Yo: O sea, mejores.

El político: No, no en el sentido de mejores, claro. O sí, un poco mejores. Pero sobre todo diferentes, ya tú sabes.

Yo: No, no lo sé. Explícamelo. Yo no me veo tan diferente a ti.

El político: Bueno, tú no. Tú eres un catalán desafecto. Pero ellos sí son diferentes. Y es verdad que aquí en Madrid no se ha tenido tacto con Cataluña y que no se puede tratar igual lo que es diferente.

Yo: Eso tiene sentido cuando lo diferente parte de una situación peor a la de la media. Pero no tiene sentido cuando lo diferente no sólo está por encima de la media, sino que la parasita.

El político: Pero es que en España hay muchas sensibilidades diferentes. Somos una nación de naciones y eso es así lo queramos o no. ¿Tú sueñas en catalán, Cristian?

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Estos titanes de la ternura, tan perceptivos siempre con la sensibilidad catalana, me recuerdan a esos obstinados que siguen pensando todavía hoy que el socialismo no ha funcionado porque-se-ha-aplicado-mal. La simple posibilidad de que el socialismo sea la homeopatía de la política, el mayor engañabobos de la historia, no se les ha pasado jamás por la cabeza. Hay que seguir intentándolo. Algún día saldrá bien.

Con el nacionalismo ocurre lo mismo. No es que los separatistas lleven casi 150 años llevándoselo crudo gracias a cándidos como ellos. Es que no les hemos demostrado cuánto les queremos. Así que es ahora, justo ahora, precisamente en este momento, cuando ese cariño se va a aplicar bien. Y los catalanes van a descubrir de pronto que España rebosa amor hacia ellos y que unidos somos más fuertes.

Yo no sé en qué universidad se imparte ese máster en idiosincrasia catalana que por lo visto hace falta para comprender a un tipo que te está robando hasta los macarrones de la nevera. Pero sí sé dónde se imparte el máster de víctima propiciatoria.

En Madrid, señores. En Madrid. Esa ciudad donde, adaptando a Chesterton, no es que ya no crean en nada: es que desde que han dejado de creer en España se lo creen todo.