Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín
- Si, pensando en la España de hoy, tuviera que sacar una lección de la vida de mi padre, diría que la Constitución de 1978 y la pertenencia a Europa son nuestra ciudadela política
«Nací el 14 de abril de 1926 (cinco años antes de que la historia se apoderase de la fecha) en la madrileñísima calle del Barquillo, esquina a Prim». Así comenzaba una semblanza autobiográfica que escribió mi padre y hoy se cumplen cien años de aquel 14 de abril. Por una afortunada coincidencia, este 2026 empieza un ciclo en el que iremos conmemorando los cincuenta años de los principales episodios de la Transición política española. En estos días, la cuenta atrás nos lleva a la primavera de 1976, cuando se iba fraguando la amistad entre dos hombres que se sentaban juntos en la mesa del Consejo de Ministros del primer gobierno de la Monarquía: Adolfo Suárez, que estaba destinado a traer la democracia a España, y Leopoldo Calvo-Sotelo, a quien correspondería la tarea de consolidarla definitivamente, poniendo fin a la Transición.
Mi padre acababa de cumplir 50 años e iniciaba esa década que, según un periodista francés, es la mejor para el ejercicio del poder. Con frecuencia manifestaba una reticencia, quizá de raíz galaica, a aceptar con demasiado entusiasmo una jefatura política. Y, sin embargo, supo ver pronto lo que Don Juan Carlos había visto antes que nadie: la excepcional idoneidad de Suárez para llevar a cabo el prodigioso proyecto de la Transición. Cuando a principios de julio de 1976 se dio a conocer el nombramiento de Suárez para suceder a Arias Navarro, la noticia, recibida por algunos con desconcierto y perplejidad, causó mucha satisfacción en mi familia. No olvidaré la voz característicamente alegre de mi madre, siempre al lado de mi padre en toda circunstancia, diciéndome por teléfono: «Presidente, Adolfo Suárez».
La colaboración de mi padre con este se fue haciendo cada vez más sólida y tuvo dos hitos muy señalados: la creación de la UCD en la primavera de 1977 y el comienzo de las negociaciones para la adhesión de España a las Comunidades Europeas (1978-1980). Así las cosas, cuando Suárez dimitió en enero de 1981, su propuesta a la UCD de que Calvo-Sotelo le sucediera en la Presidencia del Gobierno sobrevino como algo natural. No voy a intentar aquí una síntesis de sus dos años de gobierno. El lector interesado puede acudir a una magnífica y reciente monografía de los profesores José-Vidal Pelaz y Pablo Pérez.
Sí me propongo, en cambio, proyectar al momento actual los elementos más importantes de su obra de gobierno y examinar lo que queda de ellos. Empezaré por su legado europeo y atlántico, que ambas dimensiones son inseparables. Mi padre siguió siempre la recomendación orteguiana de buscar en Europa la solución para el problema de España y a ello dedicó gran parte de sus energías como presidente del Gobierno y antes, como ministro para las Relaciones con las Comunidades Europeas. Nuestra adhesión a la OTAN en 1982 se vio complementada tres años después, ya bajo el mandato de Felipe González, con la adhesión a las entonces Comunidades Europeas. Quedaba así cumplido el anhelo regeneracionista y terminada la que Leopoldo Calvo-Sotelo llamó «transición exterior».
Afortunadamente, a día de hoy, a pesar de los vaivenes propios de cada coyuntura, los dos grandes partidos de nuestro sistema constitucional siguen siendo europeístas y atlantistas, y es muy importante que ese consenso se mantenga. España ya no es el problema, y Europa ya no es el puerto de arribada, porque hace tiempo llegamos allá, pero sí es un ancla que evita derivas indeseables. Algo parecido cabe decir de la OTAN, donde, además, hace décadas que nuestros militares perfeccionan su formación y sirven en misiones internacionales junto con las Fuerzas Armadas de las democracias europeas y norteamericanas.
Otro elemento fundamental del Gobierno de Calvo-Sotelo fue el de los acuerdos autonómicos de 1981, que renovaron y ampliaron el consenso en materia territorial en que se había basado la Constitución de 1978, cerraron la geografía constitucional y permitieron la aprobación en menos de dos años de los catorce estatutos de autonomía que estaban pendientes. Esa renovación del consenso territorial de los dos grandes partidos tuvo incluso una segunda edición en los acuerdos autonómicos de 1992. Como es sabido, este consenso se rompió en 2003 y no se ha vuelto a recomponer. Existe desde entonces en nuestro mecanismo constitucional una rueda descompensada que ha provocado crisis y desajustes. Aunque a corto plazo no hay perspectivas para que se remedie esa carencia, merece la pena recordar que el consenso territorial fue posible y afirmar que debería volver a serlo.
Por otra parte, y en un orden más personal, hay dos aspectos de la biografía de mi padre que me gustaría evocar en este centenario: sus viajes y sus lecturas. Empezando por sus años estudiantiles y siguiendo por su etapa como alto directivo empresarial, que duró veinticinco años (1950-1975), mi padre viajó mucho, sobre todo por Europa. Se trataba de viajes con un contenido profesional denso, pero él consiguió que fueran también de aprendizaje de los países que visitaba, lo que se reflejaba en los libros y los mapas que traía a su vuelta. A la voluntad de conocimiento se unía la facultad de admirar lo mucho de admirable que ofrecen los grandes países de Europa. «Europeos, admiraos los unos a los otros», escribió el poeta belga Émile Verhaeren. Mi padre cumplió toda su vida ese mandamiento.
Para hablar de las lecturas de mi padre podemos partir de 1946, que fue el año en que ingresó en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Por aquella época, según escribió en el segundo de sus dos libros de memorias, «andaba yo leyendo en la colección Austral a Unamuno, Baroja, Azorín y Ortega». Es esta una cuestión muy importante. En mi opinión, no es exagerado decir que una de las raíces de la Transición empezó a germinar con las lecturas que dos generaciones de jóvenes hicieron, en los años siguientes a nuestra Guerra Civil, de las obras Ortega y de los autores de la Generación del 98. Ya antes aludimos al europeísmo de Ortega, que tanto influyó sobre mi padre, que se declaraba «un orteguiano casi profesional». Ahora habría que añadir el regeneracionismo noventayochista, que quizá podría resumirse en la frase de una página de Azorín que mi padre dejó subrayada: «El deseo formidable e íntimo de ser mejores». Tampoco pueden faltar aquí Unamuno y Antonio Machado, de quienes recibió el amor a la España de los pueblos y los paisajes.
Si, pensando en la España de hoy, tuviera que sacar una lección de la vida de mi padre, diría que la Constitución de 1978 y la pertenencia a Europa son nuestra ciudadela política, y que para defenderla o para conocer mejor sus fundamentos, siempre podemos buscar inspiración en nuestro filósofo y en aquella generación que Laín Entralgo llamó «parva gavilla de españoles egregios».