El viernes pasado, día 6, se cumplieron 30 años del asesinato de Fernado Múgica Herzog, Poto. Acababa de salir de su despacho en la calle San Martín de San Sebastián, en compañía de su hijo mayor, mi amigo José María, cuando Xabier García Gaztelu, ‘Txapote’, le disparó un tiro en la nuca.

Hoy se cumplen 23 años del asesinato de Joxeba Pagazaurtundua Ruiz. Estaba desayunando y leyendo el periódico en el bar Daytona, cuando Gurutz Aguirreasarobe se le acercó y le disparó cuatro tiros para darse a la fuga a continuación.

El próximo sábado, 14 de febrero se cumplirán 30 años del asesinato de Francisco Tomás y Valiente, en su despacho de la Universidad. Estaba hablando por teléfono con Elías Díaz cuando entró en su despacho el terrorista Jon Bienzobas Arretxe, que le disparó tres tiros.

El mismo día en que se cumplía el aniversario del asesinato de Fernando Múgica, el partido en el militaban las tres víctimas citadas, perpetraba una de sus infamias más acabadas, por mano de María Jesús San José, consejera de Justicia y Derechos Humanos del Gobierno Vasco. El que fuera jefe de ETA, Garikoitz Aspiazu, ‘Txeroki’, condenado a 377 años de prisión veía rebajadas sus condiciones carcelarias a régimen de semilibertad, pudiendo abandonar la prisión de lunes a viernes.

En esta misma semana nos enteramos de que Pedro Sánchez Pérez-Castejón, el jefe político de San José se había comprometido con Bildu a gestionar la retirada de la condición de organización terrorista que la UE había adjudicado a la banda tras los atentados de las Torres Gemelas.

A Consuelo Ordóñez le espanta que se acuñara contra Sánchez el eslogan ‘Que te vote Txapote’. No podía haber otro más adecuado. Bueno, sí, que te voten Txapote, Bienzobas y Txeroki.

Ayer día 7 se celebró en el cementerio de Polloe en San Sebastián el acto de recuerdo al Poto que contó con la asistencia de su ciudad, Mani de las Heras, sus hijos y nietos y de un público numeroso. Mi amigo Rubén leyó una carta extraordinaria que transcribo a continuación:

A mi padre, Fernando Múgica Herzog

(Rubén Múgica. Cementerio de San Sebastián, 7 de febrero de 2026)

Hola, Fernando: Hoy hace treinta años te enterramos. La víspera fuiste asesinado. No me detengo en los detalles, de sobra conocidos: los pistoleros te acecharon desde un portal, a tu paso salieron a la calle y te dispararon en la nuca. Marca ETA: por la espalda.

Aquel entierro fue acompañado de una pintada, a muy pocos metros de aquí: «Fernando, jódete». La misma pintada le habían dedicado un año antes a Gregorio: «Ordóñez, jódete». A los pocos años se lo hicieron en Andoain a José Luis: «López de Lacalle, jódete». No hace falta traer la lista de quienes fueron enterrados entre pintadas así, pues basta con preguntar quién no lo fue.

La basura batasuna atemorizaba a una parte de la población, mientras Arnaldos y Mertxes justificaban públicamente los asesinatos. Todos sabemos que también los celebraban. Cómo no iban a hacerlo, si eran el rostro de la persecución totalitaria. Nadie les ha pedido cuentas por tantos años de extorsión a la democracia. Incluso los hay que piensan que debemos darles las gracias: un aplauso para los criminales, que ya no matan.

La política vasca apestó durante décadas de crimen organizado. Callar y mirar para otro lado fueron rutina, como lo fue dar la espalda a perseguidos y amenazados: no juntarse con ellos, no hablar con ellos. Ir a la playa o al frontón como si no hubiera nucas agujereadas y cuerpos destrozados. Al modo de los vecinos de los campos del holocausto: qué raro, es verano y sale humo por la chimenea.

El nacionalismo vasco convencional hacía bromas sobre golpes en los árboles y recogida de nueces. Tanta indolencia no les podía salir gratis: si banalizas el crimen y engordas al criminal, no lamentes cuando luego te devore. Ventajistas profesionales dicen que había un pacto: si los criminales dejaban de matar, la democracia sería generosa con ellos. Qué cara más dura, resultado de tantos años de mentiras. A tal mentira se opone la sencilla reflexión de José María Calleja, cuya memoria siempre traemos a este acto: si los que mataban merecen atención por haber dejado de matar, mayor atención merecemos quienes no hemos matado nunca.

Este homenaje a Fernando Múgica es un homenaje a todas las víctimas del terrorismo. No somos un coto cerrado, ni un bloque hermético. Reclamamos nuestro lugar, porque a todos nos define un elemento común: ninguna víctima del terrorismo se ha tomado la justicia por su mano. Los asesinos fueron distintos y en épocas distintas, pero los chivatos de Batasuna fueron los mismos. Cuánta complicidad en su blanqueamiento, que pasean hoy por calles y plazas bajo siglas que son otras, pero con el mismo collar de siempre: la jactancia. No imaginaron los herederos de los criminales que un desmemoriado, llamado Pedro Sánchez, convertiría la acción de gobierno en un mercadillo y los mostraría como socios, y como fachas a quienes discrepamos.

Las víctimas del terrorismo también reclamamos igualdad. No puede ser que casi trescientos ochenta asesinatos estén aún sin resolver, y que el Estado sólo sepa encogerse de hombros cuando se le recuerda que muchos sumarios fueron cerrados prematuramente; si tanta delicadeza se brinda a Arnaldos y Mertxes, qué menos que exigirles que digan los nombres y los apellidos de los asesinos, que sin duda conocen.

Fernando: traemos tu memoria y tu trayectoria. A mi familia se le suele hacer una pregunta, casi nunca inocente: qué pensaría hoy Fernando. La viuda y los hijos de Fernando Múgica reivindicamos sumemoria, pero no nos la apropiamos. Los asesinados y su memoria no son patrimonio de nadie, y, desde luego, sus familiares no tenemos razón por el hecho de ser víctimas del terrorismo. No sabemos qué pensaría hoy Fernando, aunque sí sabemos qué pensaba cinco minutos antes de ser asesinado: que la democracia es condición necesaria, pero no suficiente, para la existencia y garantía de las libertades, que no son posibles sin el Estado de Derecho; que no hay punto intermedio entre quienes mataban y quienes morían, pues se está con unos o se está con otros; que el Estado debía ser impecable con losterroristas, y sobre todo implacable; y que el combate contra el crimen organizado de ETA era, ante todo, un combate contra el totalitarismo: ese tufo racista de los etarras y de sus jaleadores.Tales eran las ideas de Fernando Múgica, y tales ideas le costaron la vida, comoa tantos españoles. Muchas gracias.