Mario Sans Majuelo-El Correo

Delegado de Comunicación de Equipo Europa en Euskadi. Estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales

  • La UE quiere abanderar el multilateralismo, la diplomacia y la democracia frente a la guerra, el aislacionismo y los abusos

La Unión Europea (UE) -ese matrimonio multilateral en el que llevamos ya 40 años- bajó al sótano la semana pasada. El discurso sobre el estado de la Unión que pronuncia la presidenta Von der Leyen ante el Parlamento Europeo (SOTEU, por sus siglas en inglés) es anual; pero esta vez fue distinto. Más allá de servir de pistoletazo de salida para el curso político en Bruselas, la intervención ofreció una oportunidad de revisar nuestros cimientos, reflexionar sobre de dónde venimos y decidir hacia dónde vamos como actor en el mundo.

El diagnóstico de la Unión no es alentador. Venimos de un período marcado, no sin fundamento, por las críticas a la falta de cohesión entre socios, así como a nuestra poca capacidad para desmarcarnos de Estados Unidos y dibujar un camino propio. Esta sensación de no haber encontrado (o peor aún, de haber perdido) el norte nos hace parecer débiles de cara al exterior, generando un efecto de profecía autocumplida. Las consecuencias que tiene la imagen de una Europa fragmentada no son pocas.

El referéndum que tuvo lugar en Islandia en agosto pasó en gran medida desapercibido pero su resultado es sintomático. La mayoría de la población del país -un ajustado 52,8%, pero la mayoría al fin y al cabo- rechazó en la consulta pública reabrir negociaciones para unirse a la UE. El voto negativo se concentró en las áreas rurales y fue producto de la percepción de que Bruselas tiene mucho que imponer y poco que ofrecer.

Por una parte, la industria pesquera, fundamental en la economía del país nórdico, votó con temor a verse limitada por la característica sobrerregulación comunitaria, a la apertura de las aguas islandesas a flotas extranjeras y a una pérdida de soberanía en cuanto a cuotas de pesca. Por otra parte, los islandeses no apoyaron una hipotética integración en la UE simplemente porque, a pesar del caótico e incierto panorama geopolítico actual (incluidos los cambios sísmicos en la estabilidad del Ártico con el reciente acuerdo entre Trump y Dinamarca sobre el futuro de su vecina Groenlandia), entrar en un club paralizado y dividido no les termina de convencer.

Y, la verdad, es comprensible. Europa, la casa común que levantamos sobre unos sólidos cimientos de paz, democracia y Estado de Derecho, hace ya tiempo que tiene grietas en las paredes, fugas en los baños y problemas en el jardín. Así que toca bajar al sótano y ahí, rodeados de los pilares que sostienen la UE, revisar los cimientos.

Pese a que el varapalo en Islandia sigue reciente, la presidenta Von der Leyen no cayó en su discurso en fatalismos, inútiles a la hora de avanzar y poco fieles a la realidad. La UE sigue en pie. Puede que todavía no seamos capaces de hablar con una sola voz en política exterior pero somos, por ejemplo, el mayor bloque comercial del mundo. En este último año, una vez acostumbradas a los cambios de humor de la Casa Blanca y a la consecuente incertidumbre, las instituciones europeas se han puesto a trabajar.

En línea con el orden internacional basado en reglas en el que creemos, Bruselas ha cerrado acuerdos comerciales con México, India, Australia, Mercosur e Indonesia; todos ellos grandes éxitos que contrastan con la nociva política arancelaria que intenta imponer Estados Unidos. De esta manera, sin gritos ni sobresaltos, la UE ha diversificado alianzas, reforzado sus relaciones con otras democracias y consolidado su presencia global. Con esta orientación, la presidenta propuso durante el SOTEU la creación de un Consejo de Seguridad Europeo, aspirando a construir un marco de defensa a escala continental. Asimismo, ofreció a Canadá ante una sorprendida audiencia ser el primer miembro asociado de la Unión.

Más allá de los titulares, esta inédita invitación simboliza algo especial. El gesto señala que tenemos las herramientas y que sabemos adónde vamos. Que Europa quiere proyectarse al exterior en singular, como actor responsable y con ambición de abanderar el multilateralismo, la diplomacia, y la democracia frente a la guerra, el aislacionismo y los abusos. Y lo que es más importante, a los jóvenes europeístas nos da muestra inequívoca de la determinación que tienen aún nuestros líderes políticos, de que la Unión está en manos decididas a cumplir con nuestros valores.

Quizá, a pesar de los estornudos por el polvo acumulado, bajar al sótano de vez en cuando ayude a poner las cosas en perspectiva, para recordar de dónde venimos y volver a centrarnos en lo que vinimos a construir. Europa, en conclusión, no es el armónico club que describió Von der Leyen en su intervención; pero sus cimientos son sólidos, auténticos pilares para seguir progresando hacia una Unión más fuerte e independiente.