- Detrás de estos hechos encontramos en Washington D.C. lo previsible, una clase política que descuenta el fin del «orden internacional liberal» por anacrónico, que entiende que la Alianza Atlántica ya no existe y que se pregunta qué sentido tiene mantener la OTAN con estos aliados y en el actual entorno internacional
La próxima cumbre atlántica, reunión de los jefes de Estado o de gobierno de los estados miembros de la OTAN, se celebrará en Ankara los días 7 y 8 de julio. Sobre su importancia no insistiré, porque me parece obvio a la vista del estado de la agenda internacional. Tendremos tiempo para analizar las distintas posiciones nacionales, los acuerdos, si los hubiera, y los desacuerdos, que están garantizados, así como su impacto en nuestra seguridad. Pero, por ahora, me conformo con tratar de ordenar el marco político en el que se va a realizar.
La historia reciente de la OTAN nos remite a la invasión de Ucrania y a la respuesta norteamericana, liderando la ayuda al Gobierno de Kiev para resistir a las tropas rusas, y animando la redacción y aprobación de un nuevo «concepto estratégico» de la OTAN, en el que se calificaba a Rusia como «amenaza» y a China como «desafío sistémico». Han pasado los años y Rusia sigue allí, pero con un coste en vidas humanas y hacienda extraordinario. Ucrania ha ganado la iniciativa tecnológica, pero con una gran dependencia de Estados Unidos. Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca asistimos a una radical rectificación de la posición de ese país en el conflicto. Ya no hay ayuda económica, pero sí de Inteligencia y de sus empresas. Trump quiere entenderse con Rusia y siempre ha estado dispuesto a negociar la división de Ucrania, pero no encontró en Putin la voluntad de entendimiento necesaria. Busca los minerales críticos, el desenganche ruso de China y un acuerdo sobre el Ártico que garanticen el suministro a sus industrias, una navegación segura y una China menos fuerte. Cometió el grave error de no confiar en profesionales con conocimiento y experiencia. Sus prejuicios contra los diplomáticos son de sobra conocidos. Delegó en el trío formado por Vance, Witkoff y Kushner, personas de su confianza que comparten su desconocimiento de la materia y que son fácilmente manejables por sus contrapartes, mucho más preparadas y experimentadas ¿Qué posición va a tomar Trump más allá de que los europeos paguemos la ayuda a Ucrania? ¿Se va a atrever a romper con sus aliados para alcanzar sus objetivos en Rusia?
Estados Unidos decidió reabrir el conflicto con Irán a la vista de los limitados resultados alcanzados en la campaña militar del pasado año. No consultó ni solicitó colaboración alguna a los aliados. Se limitó a establecer un entendimiento militar, que no diplomático, con Israel. La ausencia de una preparación seria y la desconexión entre la planificación militar y las declaraciones presidenciales llevaron a una situación compleja, en la que un Irán severamente castigado retiene el control de la situación, por la dependencia de los mercados energéticos y de fertilizantes del tráfico por el estrecho de Ormuz. Cuando Estados Unidos necesitó utilizar las bases en estados aliados se encontró con negativas y/o dificultades, correctamente amparadas por los convenios, pero fuera de lugar en una relación entre aliados. Este hecho ha generado indignación en el Senado y nadie duda de que tendrá efectos en el futuro de la relación trasatlántica. Mientras tanto, la labor del citado trío diplomático para llegar a un entendimiento con Irán nos garantiza momentos inauditos de torpeza e ignorancia, impropios del servicio exterior de ese país.
En la cumbre de La Haya se aprobó la superación de los objetivos acordados en la previa de Gales. Alcanzar el 2 % del PIB como mínimo de inversión en defensa debía dar paso a un 3,5%, siempre de forma gradual y vinculado a la adquisición de capacidades concretas. A esta cantidad se sumaría un 1,5% de inversión en seguridad. Hubo un Estado que se negó desde el primer momento a ejecutarlo. La España de Sánchez, sin presupuestos aprobados, con una estrategia radical tanto en política exterior como interior, gastando lo que no tiene en nuevas prestaciones sociales, ni podía asumir el compromiso ni le interesaba. Aprovechar la figura de Trump para forzar un enfrentamiento artificioso con el que movilizar al votante de izquierdas –en España, en Europa y en Hispanoamérica– era una opción realista para muchos de los dirigentes del espectro «progresista». Otros estados sí se sumaron al acuerdo, a sabiendas de que no podrían cumplir el compromiso porque sus economías y equilibrios parlamentarios no lo permitirían. Entre otros, y son unos cuantos, se encuentran dos pesos pesados: el Reino Unido e Italia. Trump dejó muy claro que no estaba dispuesto a tolerar otro engaño como el ocurrido en Gales. Asumámoslo, tiene toda la razón ¿Qué va a decir o hacer al respecto?
Detrás de estos hechos encontramos en Washington D.C. lo previsible, una clase política que descuenta el fin del «orden internacional liberal» por anacrónico, que entiende que la Alianza Atlántica ya no existe y que se pregunta qué sentido tiene mantener la OTAN con estos aliados y en el actual entorno internacional. Esto no va sólo de Trump ni de su trío de negociadores, sino de unas elites políticas que tratan de hallar el papel de Estados Unidos en el mundo y que cuestionan abiertamente el legado de la Guerra Fría.