Cristian Campos-El Español
  • Alsina tenía razón en preguntar qué hace MAR defendiendo a Alberto González Amador. Ayuso tenía razón en preguntarse en calidad de qué se le pregunta a ella por los presuntos delitos fiscales de su novio.

La bronca de Carlos Alsina e Isabel Díaz Ayuso se resume en ese momento en que la presidenta le dio la vuelta a la táctica del presentador de Más de uno que consiste en camelar al invitado hasta que este queda arrinconado en sus propias contradicciones.

Un detalle gracioso, pero tampoco como para ordenar que paren las rotativas.

Me lo decía ayer jueves un periodista con el que comenté la entrevista.

«Alsina deja que el entrevistado responda dando su discurso general y luego destaca una contradicción entre lo que acaba de decir y algo que ha hecho, rollo:

—¿Le parece mal, ministra del PSOE, vincular inmigración y criminalidad?

—Claro que nos parece mal, porque la ultraderecha blablublá.

—¿Entonces por qué han firmado esto con Junts?».

El truco está ahí a la vista para quien quiera verlo y lo raro no es que Alsina lo utilice, sino que sus invitados sanchistas no se hayan percatado todavía de que su entrevistador agita con una mano una baratija frente a sus ojos de ministro deslumbrado por el fulgor de la hojalata mientras con la otra les suelta un revés orejero que los deja tiesos.

Es magia, pero con violencia. Violencia periodística.

Alsina combina por cierto esa táctica de forma habitual con otras tácticas diferentes, especialmente con la de la pregunta a portagayola, que es su exacto opuesto.

El asunto es que la táctica del cuchillo de mantequilla puntiagudo aplicada al periodismo funciona como un reloj cuando tienes delante un ministro del PSOE o a Yolanda Díaz, que no son el lápiz más afilado del estuche político nacional.

Pero quizá no funciona tan bien con Ayuso… o con Sánchez. Por razones muy distintas.

Lo que se le afea a Alsina en las redes sociales, desde mi punto de vista de forma un tanto simplona, es que trata supuestamente mejor a los políticos socialistas que a aquellos que él identifica con el «populismo de derechas». Léase Vox y Ayuso. Que a unos les pellizca la mejilla con alguna ironía sutil mientras que a otros les retuerce los pezones con una tenaza al rojo vivo.

Yo no creo que sea tanto eso como que la amoralidad, y el PSOE de hoy es un partido esencialmente amoral, hace que hasta las tenazas parezcan pellizquitos.

Cuando Alsina, por ejemplo, le preguntó a Pedro Sánchez «¿por qué nos ha mentido tanto, señor presidente?», este se encogió de hombros y negó la mayor con ese desparpajo que da el hecho de que todo le importe tres cojones: España, los españoles, Carlos Alsina, Onda Cero, las instituciones y el Sursum Corda.

Claro, el otro también juega. Y lo que Alsina no puede es moralizar con sus preguntas a sus invitados. El que viene amoral de casa suele salir amoral del estudio. Y el que sí tiene moral se siente tratado de forma injusta.

Pero eso no es vicio de Alsina, sino virtud del amoral, que desactiva cualquier pregunta con aquello tan fascista del «pues sí, os he mentido, pero era en realidad un cambio de opinión, ¿cómo te quedas, canelo?».

Por eso yo prefiero las cornadas a portagayola, la verdad. Porque no me gusta el teatro y mucho menos el teatrillo, como decía Mourinho del F. C. Barcelona. El teatrillo le conviene mucho a los Pedro Sánchez de la vida porque ese es su hábitat natural y en él se mueven como pez en el agua.

El caso es que Ayuso le dio ayer la vuelta a la tortilla. Alsina intentó la envolvente y ella lo vio venir desde lejos. Luego, expuesto el truco, sólo le quedó afearle al presentador que se andara con rodeos en vez de preguntar de forma clara, recta y directa.

Pero en algo tenía razón Alsina y en algo tenía razón Ayuso.

Alsina tenía razón en preguntar qué hace Miguel Ángel Rodríguez (y ella misma) ejerciendo de abogado defensor de Alberto González Amador cuando su caso no tiene, y así lo defiende Ayuso, ninguna conexión con la Comunidad de Madrid.

Ayuso tenía razón en preguntarse en calidad de qué se le pregunta a ella por los presuntos delitos fiscales de su novio.

Porque si el delito fiscal de un ciudadano particular llamado Alberto González Amador tiene relevancia periodística por sí mismo, ¿qué hace Ayuso sentada frente a Alsina en vez de estar sentado Alberto González Amador?

Pero si a Ayuso se le ha solicitado una entrevista en su condición de presidenta de la Comunidad de Madrid y no de pareja de Alberto González Amador, ¿por qué se le pregunta por un caso sin vinculación alguna con la Comunidad de Madrid y que, y en eso tenía razón también Ayuso, se suele solucionar en Hacienda con el pago de una multa?

A no ser que se piense que a la culpa in eligendo y la culpa in vigilando se suma también una tercera culpa política: la culpa in copulando, que es la que afectaría a esos políticos que se han beneficiado a alguien que ha defraudado a Hacienda y que les ha contagiado las culpas vía genital, como si defraudar fuera una venérea jurídica.

Si esa culpa existiera, toda la clase política española estaría hoy mismo en una celda en Estremera. La clase política… y Alsina, yo y todos los tertulianos de Más de uno.

Vamos, toda España.

Pero yo, por ejemplo, no creo que los ladrillos del piso en el que vive Ayuso estén empapados del veneno culposo del fraude fiscal, porque soy ateo y no creo en la mancha del pecado. Y menos aplicada a propiedades inanimadas.

En lo que sí creo es en las operaciones mafiosas de destrucción política y personal de los rivales políticos del PSOE. Algo que es compatible, por supuesto, con el fraude fiscal del cabeza de turco de turno.

O incluso con su inocencia más absoluta, como es el caso de Nacho Cano.

Lo que ocurre es que las operaciones mafiosas de destrucción política y personal de los rivales políticos del PSOE son bastante más graves y más peligrosas para los españoles que el fraude fiscal que cometió (presuntamente) el novio de Ayuso cuando no era todavía el novio de Ayuso.

Y supongo que ese es el motivo del cabreo del gobierno de la Comunidad de Madrid con Carlos Alsina.