FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • Nunca pensamos que seríamos capaces de cambiar la naturaleza humana, pero sí de controlar al menos a quienes accedían al poder

Desde sus inicios, la guerra en Ucrania ha tenido un referente inevitable, Vladímir Putin. Por muy sofisticados que sean los análisis sobre su devenir, siempre acaban estrellándose sobre esta figura inescrutable. Y ello hasta el punto de que no se ve solución viable a no ser que sea destituido, que por una razón u otra desaparezca del mapa. Nadie cree seriamente que la prolongación de estas últimas victorias ucranias en el campo de batalla fuerce a una negociación seria que pueda dar la impresión de una derrota rusa. Es curioso, no puede ganar, pero tampoco perder, eso de Emmanuel Macron de “no humillar a Putin”.

Nuestro temor es que si se viera ante esa circunstancia sería capaz de recurrir a armas nucleares tácticas u otras con inmensa capacidad destructiva. Que abandonaría la guerra convencional para adentrarse en una escalada sin freno. Los más optimistas piensan que sigue una estrategia de más largo plazo, que su objetivo es de más dilatado aliento: esperar a que poco a poco se quiebre la cohesión del bloque occidental que apoya a Ucrania. Y que para ello no deja de contar con formidables medios de chantaje. No me refiero solo a lo nuclear o a los estropicios que ya han causado las sacudidas en el abastecimiento energético. Los atentados en los gaseoductos han sido un aviso a navegantes: ojo, que el daño que puedo haceros es descomunal; ni más ni menos que afectar la inmensa red de conexiones submarinas que nos aprovisionan de energía o sostienen internet.

Ignoro lo que pasa por su mente, pero me parece muy revelador de algo en lo que quizá no hayamos caído suficientemente, la vulnerabilidad de nuestras sociedades, ya experimentada durante la pandemia, y nuestra dependencia de la arbitrariedad de algunos autócratas. O, visto de otra perspectiva, que el espectacular incremento en sofisticación tecnológica no ha tenido su correspondencia en un desarrollo equiparable de nuestros sistemas políticos. La mente de Putin no es muy distinta del alma del tirano que describía Platón, esa de “sujetos incurables en su ignominia”, la que ignora lo razonable y saca a la luz “lo feroz y salvaje”. Salvo algunos iluminados, nunca pensamos que seríamos capaces de cambiar la naturaleza humana, pero sí de controlar al menos a quienes accedían al poder. Esta malhadada guerra ha refutado nuestro optimismo en la idea de progreso, ha sacado a la luz la fragilidad de los avances humanos. Aun así, también ha confirmado la importancia de preservar la democracia y suturar sus muchas deficiencias. Sabemos lo que funciona y no ignoramos dónde está el mal. Nos queda lidiar con nuestras muchas contradicciones y asimetrías. Pero no podemos ceder al chantaje. Putin no puede ganar esta guerra.