Luis Ventoso-El Debate
  • Abascal no quiere entenderse con el PP, sino convertirse en el primer partido acabando con el PP, a lo cual tiene todo el derecho, aunque la mayoría de los votantes de derechas preferirían un acuerdo estable para superar el sanchismo

En el último congreso del PP, Feijóo dio por superada la dicotomía derecha-izquierda y presentó a su formación como un partido de centro puro. Amén de sus gustos y talento personal, esa decantación atendía a un afán de captar votos de desencantados del PSOE. Pero incurrió en el error de la manta corta: al cultivar el flanco izquierdo, dejó desprotegido el diestro. La apuesta por el centrismo le enajenó el desafecto de votantes conservadores, que se fueron en parte a Vox, en un momento en que la derecha contundente vive un potente auge en todo el mundo occidental.

Esa estrategia del PP lo ha ralentizado en las encuestas, lo que se une al follón para formar gobiernos autonómicos con el plácet de Vox. Esa doble crisis ha obligado a Feijóo a hacer de la necesidad virtud, poniéndose en contacto el pasado domingo con Abascal para buscar puntos de entendimiento en una larga charla y presentando unas guías generales para posibles acuerdos con Vox, que en realidad suponen un claro giro a la derecha, pues asume muchos puntos del discurso de su rival.

Cuando se elige para el PP a candidatos que en realidad piensan como el PSOE, las cosas no funcionan. Y es lo que le ha ocurrido a Génova con María Guardiola, que si somos francos no desentonaría en Ferraz. Para intentar arreglar el jaleo extremeño y el que se pueda suscitar en Aragón, Feijóo ha decidido tomar las riendas de las negociaciones presentando un documento marco del PP para unos acuerdos estables en los gobiernos autonómicos (léase, para entenderse con Vox).

¿Y qué dice ese documento? Aboga por acabar con el «infierno fiscal» y por reducir la burocracia. Propone proteger al campo y a la gente del mar de la sobrerregulación. Carga contra las «políticas climáticas» que castigan la economía y aboga por las nucleares. Dice no rotundamente a la okupación y apoya el «desalojo exprés». En el frente de inmigración irregular, propone la expulsión inmediata de quienes delincan. También rechaza la política de «subsidios para quienes no quieren trabajar».

El documento resalta que la familia debe ser el centro de la agenda política y postula las ayudas a la natalidad. También rechaza las llamadas «políticas de género» de la izquierda («no enfrentaremos a los ciudadanos por sus sexos») y quiere prohibir el burka y el niqab.

Propone un sistema educativo «exigente», de «esfuerzo y mérito». Lamenta el deterioro de la seguridad ciudadana y anuncia «una respuesta penal a la altura». Y en lo que hace a la unidad de la nación, defiende el orden constitucional, la unidad de España y señala que «la igualdad de los ciudadanos ante la ley y la defensa de la libertad deben ser la base de las medidas políticas acordadas».

¿A qué les suena todo esto? ¿A qué se parece más?, ¿al lánguido partido de centro que veníamos observando o al propio ideario de Vox? Pues más bien a lo segundo. Ese corsé programático asume muchos de los postulados del partido de Abascal, que por lo demás son de sentido común.

Pero el documento del PP presenta dos principios más, relativos ya al reparto de la tarta: 1.- Los acuerdos entre ambos partidos «deben respetar la proporcionalidad que los ciudadanos establezcan en las urnas», demanda el PP. 2.- Vox debe comprometerse de entrada a aprobar los cuatro presupuestos de la legislatura. Y eso es demasiado para Vox, pues lo convierte en un partido gregario del PP, en un momento en que sus dirigentes creen que, dada la crecida de la derecha conservadora en toda Europa, tienen ante sí una posibilidad de convertirse en la fuerza hegemónica de la derecha a medio plazo, acabando para ello con el PP.

Vox realmente no quiere entenderse con el PP, pues considera que esa vía lo lastraría –por eso rompieron los gobiernos autonómicos–, y más en un momento en que van como una moto en las encuestas, en la cresta de la ola de la subida de la derecha contundente en toda Europa. Por eso a Abascal le ha faltado tiempo para salir a criticar en una televisión el marco que le ofrece el PP, sobre el que ha hecho comentarios despectivos y ha dicho que le «molesta».

Feijóo sabe que va a necesitar algún tipo de apoyo de Vox para llegar a la Moncloa, porque no le van a bastar sus propios votos, y afirma que va a «intentar» ese entendimiento. La inmensa mayoría de los votantes de derechas también quieren que ambas formaciones se entiendan para pasar página de la oprobiosa etapa de Sánchez y poner en marcha una España mejor, más limpia, eficaz y unida. Sin embargo, Abascal está ya en otra historia. Lo que busca es adelantar al PP para ser el primer partido de España, y ese objetivo –que es legítimo– pasa por acabar con él, no por entenderse con él.

Me temo que el entendimiento es harto difícil, y más con el carrusel de comicios que viene. Las calculadoras electorales de unos y otros se antepondrán al interés general de España (para felicidad… del autócrata).