Tonia Etxarri-El Correo
Los actos de transparencia sirven para despejar dudas, eliminar incertidumbres o confirmar sospechas. Para mantenerse fieles a la memoria, en definitiva. Por lo tanto la desclasificación de los hechos acontecidos en la intentona golpista frenada por el Rey Juan Carlos I, el 23-F de 1981, debería servir para poner a cada cual en su sitio en aquellos años de la incipiente transición que pugnaba por asentarse entre el ruido de sables y el del terrorismo. El Rey sin dejarse utilizar y mandando cuadrarse a los golpistas, el Gobierno atacado, la oposición nacionalista y de izquierdas con una lealtad inusual en estos tiempos. Un capítulo que, entre otras cosas, supuso un punto de inflexión para la rama político militar de ETA, que decidió disolverse poco después renunciando a la violencia e integrándose, buena parte de sus miembros, en Euskadiko Ezkerra.
Por qué Pedro Sánchez ha tomado esta decisión ahora, al cabo de más de siete años de mandato, después de haberle reconocido al PNV la dificultad para tal cometido, es una pregunta recurrente de la oposición. Se malicia que esta ‘exhumación’ de documentos, responde a una necesidad de otro golpe de efecto del presidente en un momento de máxima debilidad parlamentaria. Así es que, de momento, objetivo conseguido. La sesión de ayer en el Congreso transcurrió entre la ‘desclasificación’ de documentos y la ‘descalificación’ de sus señorías alineadas en dos bandos. Mientras la corrupción que lleva nombres y apellidos queda, por unas horas, desviada del foco.
¿Quién tenía miedo a que se desclasificaran los papeles del 23-F? Según Sánchez, la derecha. Feijóo le había emplazado a que corrigiera sus déficits de gobierno. Pero el presidente le recriminó que toda su intervención estaba tejida con bulos. Para hablar del fatídico 23-F, hay que recurrir a los archivos de prensa, a las crónicas que algunos testigos escribimos, para no perdernos en el laberinto de La Moncloa. Porque si los sufridos ciudadanos acaban creyendo a la vicepresidenta Maria Jesús Montero (lo de que el PP tiene miedo a que se conozca su comportamiento en el 23-F) tendría sentido la inducción del Gobierno ¡Ellos, la derecha, son golpistas! Pero las fechas, vaya por Dios, desmontan este relato que tergiversa aquella situación. El PP, como tal, no existía cuando se produjo la intentona golpista. Se constituyó ocho años después. Y aquellos golpistas se levantaron contra el Gobierno, el de Adolfo Suárez. Ese, además del Rey, fue su objetivo: derribar al gobierno de centroderecha, UCD. Así es que la particular aportación de la vicepresidenta primera a este vidrioso debate, además de un bulo, fue una bola.
Frente a los bulos y las bolas, lo mejor es la transparencia, claro. Del presente hay mucho que desclasificar. Desde los contratos de colocación de amigas de un ministro, las mordidas, la siniestra visita de Delcy Rodríguez en Barajas pasando por el precio que España le está pagando a Marruecos, el propio accidente de Adamuz recientemente declarado «reservado». O los 379 asesinatos de ETA por resolver. Ese secreto pendiente de descifrar, presidente. Se lo piden las víctimas. Transparencia para todo.