- El tiempo ha corrido y el comunismo pervive en China formando una quimera con el capitalismo. Rige en Corea del Norte. Su miseria homicida castiga aún Cuba, Nicaragua. Ahora bien, oír ortodoxias comunistas aquí, tras una década larga de ‘wokismo’ llorón, nos deja perplejos una vez evaporada la nostalgia
No sabía nada de la señora Bergerot. Nada de nada. Por ignorar, ignoraba su existencia. Eso se ha terminado y ahora estoy muy interesado en el personaje. Pensaba que los ejemplares de marxista con arrebatos se habían extinguido con la caída del comunismo, su exhumación, el reciclaje del cadáver y la subsiguiente consagración de los arrebatos a causas como el insoportable calentamiento del planeta, el derecho a tener un género cada día, la urgencia de que España pida perdón a América, la necesidad de recuperar la censura, o la concesión ininterrumpida de privilegios a los separatistas periféricos. Resumiendo, había olvidado que antes de los intensitos de hoy, proclives al ataque de nervios cuando oyen opiniones contrarias, estaban los intensos con lecturas marxistas y hasta marxianas. Émulos de los revolucionarios primeros, que argumentaban y fusilaban con similar frialdad.
Bergerot, cuyas expansiones seguiré de cerca a partir de ahora, está en tierra de nadie. Verán, se indigna mucho, como los woke, pero escoge una causa del comunismo eterno: la propiedad privada como robo. En una primera aproximación al curioso fenómeno Bergerot, diríase que sí admite la propiedad privada, aunque con límites. En su caso, el límite serían nueve casas. Pero si se atiende a su entero arrebato de justicia social (nunca adjetiven la justicia), veremos que puso número por necesidades del guion. Considérese este argumento de Bergerot: «Para que un casero tenga diez casas, tiene que haber diez familias que no tengan ninguna». Sí, sí, está claro que es una estupidez, que su lógica es abyecta, que non sequitur. Pero no es ahí donde iba, sino a lo que realmente esconde el, digamos, pensamiento de Bergerot: si cree eso, entonces también cree necesariamente que su ley vale para nueve casas, ocho casas, siete casas… dos casas y una casa.
Bergerot, con la generosidad propia de los enemigos de la propiedad privada que en el mundo han sido, está dispuesta a admitir que las familias «tengan una casa». Gracias. Pero ese tener no es el tener que parece. Es habitar, como mucho. Al ser una sola casa (dos no son aceptables en su modelo), y al tener que usarla para vivir en ella (va de suyo), su enajenación condenaría a la intemperie a la familia que la tiene asignada. Ergo la casa no puede ser para Bergerot objeto de comercio. ¿Se van dando cuenta de los recuerdos que nos trae Bergerot, de la nostalgia que sentimos todos los que un día fuimos hipnotizados por tal basura ideológica?
El tiempo ha corrido y el comunismo pervive en China formando una quimera con el capitalismo. Rige en Corea del Norte. Su miseria homicida castiga aún a Cuba, Nicaragua. Ahora bien, oír ortodoxias comunistas aquí, tras una década larga de ‘wokismo’ llorón, nos deja perplejos una vez evaporada la nostalgia. Al reencontrarnos a palo seco con el discurso de la vieja izquierda, vemos brillar sin sombras el primus movens del espíritu progresista: la envidia. Los arrebatos que la camuflan nos dan pena, grima, sueño o risa.