MANUEL MONTERO-EL CORREO

  • El discurso de aire inclusivo, progre y resiliente de la izquierda abertzaleno oculta la atrocidad ética de equiparar a víctimas y terroristas

No se sabe qué asombra más, si el empeño de la izquierda abertzale por presentarse como una modernidad progresista libre de su pasado violento o su empecinamiento en aferrarse a ese pasado violento. A ambas tareas se aplica con intensidad, pues no le frena la contradicción, quizás convencida de su capacidad de imponer relatos fantasiosos, por la repetición machacona de los mismos mantras.

Esta gente tiene experiencia probada en retorcer argumentos hasta el sarcasmo. En tiempos anunciaban a ETA como la representación genuina del pueblo vasco, en guerra por la libertad, y sus huestes eran «alegres y combativas» mientras apoyaban el terror. En épocas más cercanas, sus líderes (y los terroristas) son «luchadores por la paz» y llaman «mayoría social» al entramado próximo a sus tesis. Entre otros desatinos.

Los esquemas se mantienen pétreos. La incapacidad de evolucionar resulta propia de un movimiento que, más que una alternativa política, representa a una especie de comunidad -el auténtico pueblo vasco dentro del pueblo vasco (nacionalista), distinto a la sociedad vasca-. Mantenerla requiere repetir lemas simplones, que glorifiquen sus esencias -entre ellas, ETA y la violencia- y menosprecien a los demás, en distintos grados según acepten o no sus dictámenes: el PNV actuará con responsabilidad «como pueblo» si se aviene a sus ideas estatutarias unilaterales o se verá tratado como traidor si no le sigue la corriente; hasta lo tildarán de enemigo del pueblo vasco si les lleva la contraria.

Cualquier perspectiva novedosa pondría en riesgo su noción comunitaria, hecha de radicalidades y adhesiones inquebrantables. Un intento de cambio que no fuese cosmético les pondría en riesgo de resquebrajase, algo inconcebible en unos líderes de perfil arcaico, forjados para gestionar políticamente la violencia.

Así que, erre que erre, ahora su discurso estiliza sus rasgos tradicionales, los simplifica mientras les busca una apariencia vistosa. La fascinación por el terror no es ya expresa, pero va implícita. Quieren que se equiparen su versión sectaria del terrorismo y la de quienes defendieron la democracia. El apoyo a ETA se iguala a su condena, como si tal barbaridad fuese posible desde un punto de vista moral. Así legitiman a posteriori la apología del terrorismo.

Estamos en algún parque jurásico de la inhumanidad si se justifica la movilización por Parot

El discurso del director general de EH Bildu muestra los nuevos despliegues a desarrollar en las trincheras. Sólo en apariencia son a la defensiva, pues conllevan una carga rotundamente destructiva, en esto no hay novedad en el frente. Sugiere que ya no son lo que eran, pues reconocen y defienden «a todas las víctimas». Como nunca se les ha oído defensa de las que ocasionó ETA, la impostura no tiene más función que justificar su apoyo a los terroristas, transmutándolos en víctimas.

El volatín engañabobos resulta propio de algún fanatismo refractario a la lógica. Sólo así puede entenderse la siguiente vuelta de tuerca argumental. El hallazgo de que todos somos víctimas se eleva a categoría: somos «un país en el que lo que nos une a todos y a todas es el sufrimiento». Tal como lo dice, parece que el sufrimiento colectivo forma parte de la identidad esencial de los vascos. Los terroristas sufrieron/ sufren, sus víctimas también, luego formamos parte de la misma comunidad…

¿Las víctimas tienen que sentir el sufrimiento del terrorista, por las circunstancias subjetivas que le llevaron a agredir y por tener cárcel tras la condena? Que se pueda establecer tamaño disparate confirma que estamos donde estábamos, en algún parque jurásico de las insensibilidades. Y de la inhumanidad, si se tiene en cuenta que las palabras remilgadas dejan de serlo al justificar la manifestación por Parot que han convocado para septiembre.

Es una movilización «para reivindicar derechos», como si no contase el pedigrí del asesino. Y el director general de EH Bildu sugiere una consecuencia, casi una moraleja: no habrá normalidad política mientras les sean necesarias sus movilizaciones. Así que las convocatorias de la izquierda abertzale definen nuestra situación y nos ponen nota. Avisados quedamos, aunque espanta cómo será esto cuando decidan que ya no les hará falta movilizarse.

Este lenguaje alambicado resulta poco convincente. Como esas «reflexiones» de Otegi sobre «los cambios climáticos» que amenazan a «nuestra especie». Inspirado por Fidel Castro, experto en la materia, ha llegado a la conclusión de que tal cambio climático es por el capitalismo y pone en riesgo a la Humanidad. Suena a tomadura de pelo tal preocupación humanitaria después de tanta indiferencia por agresiones a personas humanas, sin que haya llegado el arrepentimiento por la insolidaridad.

El discurso de aire inclusivo, progre y resiliente no oculta la atrocidad ética de equiparar a víctimas y terroristas. Tampoco que su ideario se ha fosilizado.