Apenas habían pasado cincuenta horas de la comunicación formal de su cese cuando nuestro vecino de la calle Diego de León cruzó el umbral de nuestra casa en la calle Núñez de Balboa.
Era Iván Redondo, lívido como un colegial de pantalón corto que acabara de presenciar el primer atropellamiento, el primer atentado, el primer atraco de su vida. Lo tremendo, inesperado. El final de la inocencia.
Cruz Sánchez de Lara recordó ese momento el pasado martes en «Espejo Público» con su precisa memoria emocional. Venía a cuento del libro recién publicado por Redondo.
Aquel lunes 12 de julio de 2021 Cruz y yo nos quedamos atónitos cuando oímos lo que oímos.
Antes de pasar al vestíbulo, antes de sentarse en el chéster negro del salón, antes de darnos los buenos días, con medio cuerpo sumergido todavía en la bruma de la que estaba saliendo, nuestro vecino exhaló aquellas primeras dos palabras: «¡Es Calígula!».
Sonaron como si le hubiera visto la cara al diablo.
La pausa fue tan breve que apenas permitió cruzarnos una mirada de asombro. Enseguida aclaró a quien se refería.
«¡El presidente es Calígula!»
Sonó como un doble mazazo. O más bien como los dos imponentes golpes de gong del esclavo semidesnudo que daba paso a las películas de la Rank, aquella distribuidora británica de las grandes producciones de hace medio siglo.
El Jefe de Gabinete que durante los años decisivos de la conquista del poder había golpeado el gong para atraer la atención hacia las piruetas de Sánchez, nos visitaba cual liberto recién vestido, en abierta rebelión hacia el amo que acababa de despedirle.
Eso quedaba resumido en un diagnóstico de los que quitan el sueño: a sus ojos, Sánchez era el Calígula de la España del siglo XXI.
Nadie podrá decir que el subtítulo que añadió entonces no mantuviera el nivel de la expectación que él mismo había generado con una irrupción tan cinematográfica:
«Y el presidente miente».
Cuando Susanna Griso le preguntó a Cruz cuál era la mentira, ella escabulló la complejidad de lo sucedido hace casi cinco años y respondió, para regocijo de los demás tertulianos, que «el presidente no miente nunca».
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La realidad es que en aquellas horas en las que Sánchez hacía sonar su propia «campana de Huesca» con las cabezas cortadas de Carmen Calvo, Ábalos y su Jefe de Gabinete como principales badajos, existían dos versiones encontradas.
La difundida por el entorno del presidente tras la escabechina del sábado 10 de julio quedó plasmada en un titular de El País: «Iván Redondo quiso ser ministro y acabó fuera de la Moncloa«.
Las primeras líneas del artículo resumían bien la tesis: «El estratega quería ser el titular de Presidencia… Con el núcleo duro de Sánchez fuera, eso implicaba ser el ‘número dos» del Gobierno».
O sea, sustituir a la vez a Carmen Calvo y Ábalos, denunciante y denunciado por el que terminaría siendo el mayor escándalo del sanchismo. Como hizo Franco ante el caso Matesa, Sánchez había resuelto salomónicamente el conflicto: los dos a su casa.
La oportunidad de llenar el hueco que dejaban ambos estaba ahí y era un hecho que Redondo había participado en el diseño y ejecución de la crisis de Gobierno. Ahora el designio imperial se había vuelto contra él: a moro muerto, gran lanzada.
Era lógico que el destituido Jefe de Gabinete atribuyera al propio Sánchez la difusión de la melodramática crónica de su ‘ambición desmedida’, aderezada por otra noticia del mismo órgano oficioso de la Moncloa: «Euforia en el PSOE por la salida de Iván Redondo del Gobierno».
Y era lógico, sobre todo, porque la génesis de ese relato procedía de la cena a la que pocos días antes le habían convocado dos emisarios personales de Sánchez, Miguel Barroso y José Miguel Contreras. Los «Migueles».
El propio Iván Redondo se refiere a ellos en «El Manual» como «los susurradores» —denunciando subconscientemente un caso de intrusismo profesional— y concluye que «la cena no acabó bien».
Era lógico que el destituido Jefe de Gabinete atribuyera al propio Sánchez la difusión de la melodramática crónica de su ‘ambición desmedida’, aderezada por otra noticia del mismo órgano oficioso de la Moncloa: «Euforia en el PSOE por la salida de Iván Redondo del Gobierno».
El planteamiento de ‘los Migueles’ fue percibido por él como una mezcla de ultimátum y amenaza: si no aceptas otro ministerio o continuar como jefe de Gabinete, tu salida será interpretada como un desafío al presidente.
El hecho de que Sánchez ni siquiera le mencionara en su pública despedida a los salientes encajaba a la perfección con lo «susurrado» en el restaurante La Trainera. Y Redondo no podía pasar por alto que Barroso había sido nombrado cuatro meses antes consejero editorial de El País.
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Frente a lo que percibía como una manipulación injusta y dañina para su reputación, Iván nos explicó esa mañana, con vehemencia a tono con su entrada teatral, que él había pedido a Sánchez que le permitiera dejar el cargo porque había sentido que «le tocaba parar».
Y que fue entonces cuando el presidente trató de retenerle «por todos los medios», ofreciéndole nombrarle ministro, tal y como ya había ocurrido tres años antes tras la moción de censura.
«No llegamos a un acuerdo y él entonces envió a esos amigos comunes para que me convencieran. Yo les dije que no cambiaría de opinión y que el presidente estaba al tanto».
Coincidiendo con la publicación de su libro de memorias, Redondo ha revelado una circunstancia hasta hoy desconocida que reabre la polémica y apuntala la verosimilitud de su versión. Siete meses antes de la masacre política de aquel sábado de julio había pasado por el quirófano para someterse a una operación coronaria de cierta gravedad.
No había cumplido aún los cuarenta, pero las cuerdas de su salterio amenazaban con romperse. Tenía todo el sentido que su familia y él llegaran a la conclusión de que «tocaba parar». Y Sánchez lo sabía.
Este dato cambia el encuadre. Redondo no era un «spin doctor» desbordado por una ambición incontrolable, sino un colaborador leal que buscaba una salida ante su desgaste físico.
Pero la maquinaria del poder que él mismo había engrasado con tanto esmero y obsesiva dedicación tenía ya vida propia y necesitaba contar otra historia. Más ejemplar y disciplinaria.
Aunque fuera una versión que, en vez de explicar los hechos, los sustituyera. Como tantas otras veces antes y después. De ahí el presente continuo. Sí, es uno de sus defectos: resulta que «el presidente miente».
No cabía otra explicación. El propio Sánchez había alentado la falacia de que Iván le había echado un órdago y lo había perdido. Nadie podía abandonar por las buenas a un emperador que ya empezaba a creerse dios.
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Cuando se conoció la noticia escribí que Redondo había sido «el mejor jefe de Gabinete que ha pasado nunca por Moncloa». Un lustro después, ninguno de sus dos sucesores me ha hecho cambiar de criterio.
Puede que su «inteligencia estratégica» y su «estilo organizativo» estén siendo suplidos coralmente dentro de la onerosa maquinaria monclovita. Pero la pérdida de su «capacidad de interlocución siempre con buen talante» ha deshumanizado mucho más a Sánchez que ninguna de las campañas que atribuye a la «fachosfera».
El propio Sánchez había alentado la falacia de que Iván le había echado un órdago y lo había perdido. Nadie podía abandonar por las buenas a un emperador que ya empezaba a creerse dios.
Cuestión distinta es la posterior trayectoria de Redondo, simultaneando el análisis periodístico con la bien remunerada gestión de influencias en sectores estratégicos como la Defensa e incluso con algunos pinitos bastante chungos en el área de la demoscopia. Pero lo cortés no quita lo valiente.
Como queda patente en el libro, la biografía del susurrador susurrado está aún a medio escribir. Lo que hoy regurgita en el recuerdo es esa inaudita mirada del asesor hacia el asesorado como respuesta espontánea a un caso de maltrato psicológico… de manual.
Basta constatar la buena base cultural de Iván Redondo que reflejan sus memorias, para darse cuenta de que su referencia a Calígula fue mucho más y mucho menos que un exabrupto.
Fue la síntesis política de un profesional con la mente entrenada para el procesamiento de elementos variopintos y su ensamblaje en imágenes sencillas de comunicar.
Cuando Redondo exclamó «¡El presidente es Calígula!» no estaba diciendo que Sánchez incurriera en los aberrantes excesos del sucesor de Tiberio que arrastró al Imperio a la sentina de la depravación.
Estaba describiendo un sistema de gobierno en el que el poder no sólo se ejerce sino sobre todo se representa. En el que el principio de arbitrariedad, emancipado de la vigilancia institucional, se convierte en un método de trabajo. Y en el que el factor sorpresa, la audacia del gesto inesperado, actúa como herramienta de control sobre la opinión pública.
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Sánchez no es Calígula, pero los relatos de Suetonio y Dion Casio incluyen rasgos generales de inquietante actualidad, cobijados bajo el lema «Oderint dum metuant»: «Que me teman, aunque me odien».
Es el caso del desdén de Calígula por las instituciones romanas y especialmente por el Senado, al que marginaba y bloqueaba apelando directamente al apoyo del pueblo. Un pueblo entre el que repartía dádivas y monedas.
Cuando se conoció la noticia escribí que Redondo había sido «el mejor jefe de Gabinete que ha pasado nunca por Moncloa». Un lustro después, ninguno de sus dos sucesores me ha hecho cambiar de criterio.
Es el caso del trastorno narcisista de la personalidad del emperador que convertía el ejercicio del poder en el cumplimiento de una misión sobrenatural mediante el despliegue de su egolatría.
Es el caso de la implacable eliminación de sus competidores. Primero como aspirantes al trono imperial y luego como sucesores en potencia. Sólo sobrevivió Claudio, a base de hacerse el tonto.
Y es el caso también de la inhumana crueldad con que Calígula se desprendía de sus colaboradores e incluso familiares cuando ya no les eran de utilidad. No faltaron quienes, como ahora Pilar Alegría o María Jesús Montero, fueron arrojados a la arena del circo con una espada de madera, en la seguridad de que serían devorados por las fieras.
Resultaría absurdo detallar estos paralelismos porque las analogías históricas no tienen sentido como equivalencias forzadas sino como señales de alarma.
Lo relevante no es la precisión del disparo de advertencia sino el emplazamiento del cañón. Abascal y algún comunicador extremista también han comparado a Sánchez con Calígula y ni el uno se ha inmutado ni el otro se ha revuelto en su tumba.
Lo importante de ese relámpago que intempestivamente iluminó aquel mediodía el salón de casa es que se había gestado en las entrañas de quien más conocía al «homo ludens» ventajista que sigue habitando la Moncloa.
En términos generales eso sugiere que, visto desde dentro, el poder puede percibirse como algo más crudo, personalista e imprevisible de lo que el rigodón institucional proyecta hacia el exterior.
También sugiere que el relato no es sólo una herramienta de comunicación externa, sino un ámbito previo de conflicto interior.
Porque lo trascendental no es si Sánchez es o no Calígula. Sino que alguien que lo tenía tan cerca sintiera la necesidad transgresora de decirlo a viva voz.
Y conste en acta que el reinado de Calígula sólo duró cuatro años, mientras Sánchez acaba de advertir que pretende extender su imperio diecisiete. Como mínimo.