- Resignificar un descomunal símbolo pétreo y sagrado comporta eliminar la sacralidad, primero, y volar la piedra, después. Desengañémonos, no hay modo de resignificar la cruz más grande del mundo
«Resignificar» algo es, obviamente, darle un significado diferente del que tiene. Cuando se pretende resignificar el Valle de los Caídos, tan simbólico, es preciso entender lo que este significa y lo que se pretende que signifique. No parece discutible que una operación tal tiene como objetivo primero borrar lo que hay (aquello que el objeto de resignificación suscita o sugiere), y como objetivo último legar a las futuras generaciones una interpretación diferente de nuestra historia contemporánea. ¿A tanto llega? Sí. Ello es consecuencia del alcance que el lugar ha tenido y sigue teniendo no solo en el imaginario de todos, sino también en el plano espiritual de muchos. Veamos.
El significado del Valle de los Caídos es la reconciliación, la paz después de una guerra a cuyos muertos se honra en su totalidad, de ahí la indiferenciación de los restos de víctimas de ambos bandos. Como dicta el principio de realidad (que antes no hacía falta invocar pero ahora sí), el impresionante complejo monumental lo levantó el vencedor. Y aquello que para el vencedor atañía a la trascendencia, como la muerte, se trató y condujo de acuerdo con la religión católica. No podía ser de otro modo. Principio de realidad: la religión católica es la fe de España.
¿Y qué hay del descreimiento? Pues, cuando se da, también es un descreimiento católico. Hasta nuestros ateos son católicos, como han reconocido los más brillantes de entre ellos. España no existiría sin la fe y la monarquía, sin la Cruz y la Corona. Contra ese ideal nacional gobernó el Frente Popular, contra él combatió. Se trataba, al cabo, de una querencia de la República, que tuvo sus primeras quemas de iglesias y conventos antes de cumplir un mes. Como siempre, las organizaciones de masas prendían el fuego destructor, en tanto que los republicanos burgueses —reductibles a Azaña, su mayor figura— se encogían de hombros. La expresión es del propio Azaña y se refiere a su reacción en aquel preciso trance. Por eso resulta intrascendente que el presidente Alcalá-Zamora, y quizá el jefe de Gobierno Negrín, fueran creyentes. El genocidio católico fue socialista, anarquista, comunista y ‘esquerrà’, gustara o no a sus socios republicanos. Negrín ni se inmutó; don Niceto sufrió en silencio.
Resignificar un descomunal símbolo pétreo y sagrado comporta eliminar la sacralidad, primero, y volar la piedra, después. Desengañémonos, no hay modo de resignificar la cruz más grande del mundo. No estamos pues ante una alteración de significado sino ante una operación de destrucción de la historia para suplantarla con un cuento chino de chequistas buenos y religiosos malos. Con la incomprensible colaboración de algunos de estos. Los más listos y sinceros de entre los ejecutores no ocultan que al final está la voladura de la Cruz. Esa simbología de dinamita quiere inspirar el futuro de España una vez liquidado el sistema del 78 a manos de una partida de traidores. Sin embargo, la operación se puede abortar. Basta con que Isabel Díaz Ayuso quiera, como demostraré mañana.