Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • Existe un serio riesgo de que la aventura bélica de EEUU e Israel no sea favorable a ni a los legítimos intereses de Occidente ni a los de la población iraní

Desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca en 2016 proclamó que su política MAGA iba a basarse en el pragmatismo más descarnado y que su prioridad absoluta sería la seguridad y la prosperidad de los Estados Unidos y que cuestiones tales como el respeto a los derechos humanos, el cumplimiento del Derecho Internacional o la fidelidad a las alianzas establecidas pasaban a un segundo plano. Otro aspecto que quiso dejar claro desde el inicio de su primer mandato y que ha reiterado en el segundo, es que su enfoque de las relaciones con otros países es puramente comercial, do ut des, tú me das, yo te doy, y habrá trato siempre que yo gane lo suficiente. A partir de estas premisas, comenzó el baile arancelario, puso sus ojos codiciosos sobre Groenlandia, intentó sin éxito acabar con la guerra de Ucrania marginando a Zelenski y se dedicó a abroncar a los europeos acusándolos de parásitos del presupuesto de defensa norteamericano, de adeptos a la ideología woke y de débiles frente a la inmigración irregular masiva. Sin negar que buena parte de sus críticas a Europa tienen fundamento y que el buenismo hedonista de Bruselas y su insuficiente aportación al sostenimiento de la OTAN requerían una seria revisión, hay elementos de la ejecutoria del presidente norteamericano que incurren en franca incoherencia.

Su Estrategia Nacional de Seguridad fue publicada a finales del año pasado y constaba de tres partes bien definidas: atención preferente al hemisferio occidental, contención de China tanto en Asia Oriental como en el plano global y alejamiento de Oriente Medio, considerada una región de relevancia menor. Pues bien, hoy Estados Unidos ha declarado una guerra de enormes proporciones a Irán que exige ingentes recursos militares y financieros que se detraen de otras necesidades y de otros teatros del globo y que está llevando al colapso a la economía internacional. Se puede pensar que Trump, al igual que Sánchez, que no leyó su propia tesis doctoral, no se dignó recorrer las sesudas páginas de su Estrategia Nacional de Seguridad. ¿Cuáles pueden haber sido las razones de semejante incoherencia? Se habla de la influencia de Netanyahu, que le habría convencido de que el régimen criminal y terrorista de los ayatolás caería al primer embate, de que su éxito en la extracción de Maduro de Venezuela y en la Guerra de los Doce Días contra Irán le obnubiló hasta llevarle a la convicción de que era omnipotente, de que era inminente que la República Islámica se dotase de armas nucleares, amén de otras diversas hipótesis más o menos sofisticadas, como que un Irán libre de la dictadura islamista privaría a China de un suministro abundante y barato de petróleo. En cualquier caso, la contradicción con el documento base que debe orientar la política de seguridad de Washington es flagrante. El cambio de régimen en Irán sólo será posible mediante un levantamiento general de la población organizado por la oposición democrática y es ahí donde debe centrarse el trabajo de las democracias occidentales porque la mera acción militar, como se está viendo, no es suficiente.

Arquitectura de seguridad

Una consecuencia letal de la guerra de Irán es que está desmontando una estructura de alianzas de la que Estados Unidos es la cabeza, que se ha construido a lo largo de ochenta años y que ha probado repetidamente su utilidad y eficacia. Esta arquitectura de seguridad está formada por cincuenta países en Europa, Asia y América y no tiene parangón en el mundo. China sólo tiene un aliado militar indubitado, Corea del Norte, Rusia unos pocos, forzados por la coacción y la dependencia. Sólo Estados Unidos es la punta de lanza y la cúpula de un formidable despliegue de fuerza que abarca todo el planeta y que ha funcionado satisfactoriamente en la primera guerra de Iraq, en el 11-S e incluso en la equivocada segunda guerra de Irak. Ahora, cuando Trump ha llamado a sus aliados a apoyarle en la apertura del Estrecho de Ormuz, ninguno ha atendido su requerimiento y, lo que es peor, están intentando llegar a arreglos bilaterales con Irán para sus petroleros, desentendiéndose de una acción conjunta.

El resultado de la aventura bélica emprendida por Estados Unidos e Israel en una de las zonas más sensibles del orbe es incierto, pero existe un serio riesgo de que no sea favorable a ni a los legítimos intereses de Occidente ni a los de la población iraní. Operaciones de esta envergadura requieren una planificación y una preparación muy cuidadosa e inteligente y no se deben lanzar de forma unilateral y precipitada. El planeta puede resistir, mal que bien, a un presidente de los Estados Unidos transaccional, pero lo tiene más difícil con uno temperamental.