JUAN CARLOS GIRAUTA-EL DEBATE
  • Pilar era un ingeniero agrónomo hecho a sí mismo a partir de una niñez de vareo de olivos, calor y silencio
La doctora irrumpió en la habitación 405 abriendo la puerta doble de par en par. Estaba convencida de que su energía animaba a los pacientes. Dejó tras de sí un complejo aroma de champú Botanocal Repair y Chanel 19, hechizando como solía a cinco de los seis residentes varones que la seguían, y provocando ligeras muecas de asco en varias de las residentes. Una agitó la mano delante de la nariz.
—¿Cómo estamos hoy? —preguntó con inadecuado volumen de voz y sonriendo de oreja a oreja, como si hablara con un párvulo sordo.
—Usted bien, por lo que veo.
Pilar era un ingeniero agrónomo hecho a sí mismo a partir de una niñez de vareo de olivos, calor y silencio. Sus facciones y su complexión hablaban de ese pasado. El hombre nuevo solo aparecía cuando hablaba. Tenía voz de locutor de doblaje. La doctora hojeó el historial unos segundos.
—El Ministerio nos ha pedido… Pilar…
—Le extraña mi nombre —interrumpió el paciente—. Tranquila, a todo el mundo le pasa.
—¡Pero si es un nombre muy bonito, muy bonito! La Virgen del Pilar, Zaragoza, la Basílica… —la doctora enrojeció—. Qué bonita, Zaragoza…
Los residentes bajaron la mirada y las residentes se dieron codazos. Fue el paciente quien deshizo el alipori que ocupaba la habitación.
—Somos veintiocho hombres los que nos llamamos Pilar en España, y ciento treinta y siete mil mujeres.
—Precisamente de eso iba a hablarle. —La doctora carraspeó—. El ministerio nos ha pedido que les hagamos unas preguntas para completar los historiales de los pacientes. —Un residente le entregó el cuestionario. —¿Qué sexo le asignaron al nacer?
—¿Lo dice por el nombre?
—¡No, claro que no! Es el ministerio..
—Era broma, doctora.
—Entonces, ¿qué sexo…?
—Al médico hay que enseñárselo todo, como decía mi madre. Este sexo.
El ingeniero agrónomo se apartó la sábana con su trabajada mano derecha y luego, con la izquierda, cuyo dorso mostraba una gran cicatriz, se levantó la bata, dejando a la vista sus genitales.
—No hacía falta… No me refiero a eso.
—Bueno, esto es lo que vieron cuando nací. En pequeño, claro. Y me asignaron el sexo correspondiente.
—Entiendo. —Parecía que iba a rellenar un cuadrito del cuestionario, pero se detuvo. —¿Le importaría verbalizarlo?
—Hombre, varón, macho, pedazo de tío.
—Entendido. —Puso la equis muy seria, evidentemente contrariada—. ¿Cuál es su identidad de género actual, Pilar? —La risita de una residente mereció una mirada asesina de su superior, que parecía ir perdiendo energía.
—No lo entiendo.
—Verá, al ser el género un constructo cultural…
—No, no, la chorrada esa sí la entiendo. Lo que no entiendo es que me pregunten por ello. ¿Afectará de algún modo al tratamiento de mi próstata? ¿Tendré una próstata relativa si me identifico como mujer? ¿Desaparecerá la próstata?
—No vamos bien, Pilar, no vamos bien. —La doctora se giró y se abrió paso entre su corte con un resoplido que significaba: no voy a discutir con este energúmeno.
—No, no vamos bien —constató Pilar rascándose la barba.