Rosa Palo-El Correo
- Porque el que está convencido de que ya lo hemos conseguido todo siempre es el que no ha renunciado absolutamente a nada
En un tardeo (esa palabra tan fea a la que nos hemos acostumbrado, como al tren de borrascas), un señor con gomina en el pelo y chupitos en la cara me pidió que le explicara qué era «eso del feminismo». Me lo dijo mirándome como un entomólogo mira a una araña rarísima, con el gesto extrañado de por qué eres así, mujer. Pero, antes de que yo pudiera contestarle, me soltó: «Si ya lo habéis conseguido todo».
Aquella tarde entré al trapo porque a mí también se me suelta la lengua cuando me tomo un agua con misterio. Pero nunca más. Al menos, con hombres de esa calaña. Porque el tipo no quería escuchar, sino escucharse. Porque no buscaba entendimiento, sino quedar por encima. Porque el que está convencido de que ya lo hemos conseguido todo siempre es el que no ha renunciado absolutamente a nada. Porque sabe interpretar al dedillo los números de su negocio, pero no los que dejan patente la desigualdad, la discriminación. Porque decir «yo respeto mucho a las mujeres porque tengo madre» solo le convierte en hijo. Porque, si realmente está tan interesado, en vez de ir a cursos sobre gestión y a charlas motivacionales impartidas por un exfutbolista, que asista a un seminario sobre feminismo. Y porque si siente amenazados sus privilegios, que vuelva a la barra del bar a hacer terapia con sus compadres y sus cubatas, pero a mí que me deje tranquila, que tengo cubierto mi cupo de pedagogía para señores. Que se busquen a otra, que canta Pantoja.
Eso sí: mañana sacará a relucir en las redes de su empresa a sus compañeras de trabajo, esas que esconde el resto del año en los cajones de los archivadores junto a la decoración de Navidad. El mercado sí ha entendido bien de qué va eso del feminismo.