Manfred Nolte-El Correo

  • La encuesta anual de la empresa Edelman refleja una impresión inquietante del país, con el Índice Confianza por los suelos

No es la biblia de la predicción ni posee el rigor del ‘Eurobarometer’ de la Unión Europea, el ‘Pew Research’ o los estudios de la OCDE. Tampoco es una fuente absolutamente neutral: Edelman es una firma privada que asesora a gobiernos y grandes corporaciones, circunstancia que inevitablemente condiciona el alcance y la contundencia de sus diagnósticos.

Pero durante más de un cuarto de siglo, el ‘Edelman Trust Barometer’ ha ofrecido cada enero una radiografía sobre las condiciones de la convivencia en los países centrales. No se trata de un actor secundario: la firma, con unos 6.000 empleados y más de 60 oficinas en todo el mundo, ha construido un aparato de observación global y goza de un pedigrí indiscutible. Su foco en la confianza y su capacidad para articular una narrativa económico-social coherente lo han convertido en referencia habitual en ámbitos empresariales y mediáticos.

La edición de este año, titulada ‘Restablecer la confianza en medio de la insularidad’, refleja una impresión inquietante sobre España. El Índice de Confianza se sitúa en 45 puntos sobre 100 –promedio de confianza en empresas, gobierno, medios y ONGs–, un nivel que sitúa al país en la parte baja del mundo desarrollado. Los cambios respecto a 2025 son leves: las empresas mejoran ligeramente, mientras el resto de las instituciones apenas se mueve dentro de un cuadro general de fragilidad estructural.

Pero el verdadero eje del informe no es ese ligero ajuste, sino un fenómeno más profundo y corrosivo: la insularidad. El 75 % de los españoles se muestra reticente –o directamente opuesto– a confiar en quien piensa distinto, interpreta la realidad desde otros marcos o propone soluciones diferentes a las propias. No es solo polarización política. Es algo más íntimo y preocupante: un repliegue emocional e intelectual, un emboscamiento en lo ya conocido, alimentado por la inseguridad económica, el pesimismo persistente sobre el futuro y la percepción, cada vez más extendida, de que lo ajeno constituye una amenaza, el ancestral miedo a lo desconocido, actualizado (‘horror vacuum’). Tras años de crisis sucesivas, la reacción dominante reduce círculos en lugar de ampliarlos.

La polarización política ha dejado de ser un fenómeno latente para convertirse en una realidad casi física

Ese cierre se refleja con crudeza en otros indicadores. Apenas entre el 13 % y el 19 % cree que la próxima generación vivirá mejor que la actual, uno de los registros más bajos del estudio. Los más acomodados conservan cierta fe en las empresas, mientras los más vulnerables apenas encuentran anclaje en institución alguna. La idea de que el sistema favorece de manera sistemática a unos pocos se recoge con fuerza en el texto.

Las consecuencias trascienden lo emocional y penetran en el propio funcionamiento de la economía. En el ámbito laboral, un 38 % de los empleados preferiría cambiar de departamento antes que depender de un superior con valores contrarios a los suyos. A escala social, una proporción significativa aceptaría menos competencia exterior –de empresas o de mano de obra– incluso a costa de precios más altos. Esta lógica erosionaría la cooperación, debilitando la productividad y penalizando el funcionamiento de una economía abierta como la española, dependiente de la inversión exterior, el turismo y el talento.

El informe añade otro rasgo inquietante: solo una minoría visita otras fuentes de información –prensa o cadena de televisión– de orientación distinta a la propia. En consecuencia, por repetición y rutina, acaba haciendo suya la línea editorial del medio favorito. Así, la conversación necesariamente se encapsula y alimenta un círculo de intolerancia.

Frente a este paisaje, Edelman apunta a las empresas como el actor con mayor capacidad para tender puentes. Son la institución relativamente mejor valorada y el espacio donde la confianza interpersonal aún resiste con cierta solidez. El informe anima a que acentúen su papel como intermediarios de confianza, promoviendo entornos diversos, facilitando el diálogo real ante el desacuerdo y ejerciendo un liderazgo más activo y plural.

El mensaje final, sin embargo, no invita al optimismo. España se mueve en círculos de confianza cada vez más estrechos y excluyentes. Basta observar el clima público para advertirlo: la polarización política ha dejado de ser un fenómeno latente para convertirse en una realidad palpable, casi física, que atenaza la conversación social. Y la cuestión que queda en el aire es inquietante: si no remite la deriva, esos círculos se convertirán en guetos cercados por muros infranqueables.