Beatriz Becerra-El Español

  • China es ya el mayor socio comercial de Cuba y el actor externo con mayor capacidad de influencia en la dictadura comunista.

Lo que está ocurriendo hoy en Cuba no puede entenderse sin el vuelco del 3 de enero de 2026. La caída de Nicolás Maduro desactivó el sistema de supervivencia cubano. Durante más de dos décadas, La Habana externalizó su energía, su liquidez y parte de su estabilidad en Caracas.

El petróleo venezolano no era un apoyo, sino la condición de posibilidad del régimen.

Aquel vínculo era orgánico. La presencia de cuadros de seguridad cubanos en la guardia de corps de Maduro evidenció hasta qué punto ambos sistemas eran uno solo.

Por eso la isla se ha precipitado a una crisis estructural inmediata: lo que ya era sistémico (los apagones, el hambre, la miseria, la parálisis), es llevado al colapso con el endurecimiento de la política de Donald Trump.

Es la consecuencia de un modelo dictatorial de partido único e injerencia extrema que ha perdido su sostén externo.

Rusia acompaña, pero ya no sostiene. Sus promesas de inversión (limitadas, aplazadas, inciertas) contrastan con su incapacidad para sustituir el papel energético y financiero que desempeñó Venezuela.

Moscú sigue presente, pero ya no es decisivo.

Quien sí lo es, cada vez más, es China, y no desde la retórica, sino desde los hechos. Es ya el mayor socio comercial de Cuba y el actor externo con mayor capacidad de influencia.

Tras inyectar en las últimas dos décadas cerca de 8.000 millones de dólares en financiación al desarrollo, China se ha convertido en su principal socio económico de facto, gracias a una triple inversión en infraestructuras críticas como el puerto de Santiago, en energía con cientos de proyectos solares y en control tecnológico y de comunicaciones a través de Huawei o ZTE.

Y, por supuesto, el uso de instalaciones en Cuba vinculadas a capacidades de inteligencia y seguimiento.

Y todo ello acompañado de una cobertura política explícita. China respalda a Cuba frente a lo que denomina “injerencias externas”, consolidando una alianza que combina afinidad ideológica y oportunidad estratégica.

Mientras ese proceso avanza, Europa mira a España y España se ausenta. No por falta de instrumentos, por supuesto, sino por falta de decisión.

España tiene una presencia económica directa y masiva en la isla.

Los grandes grupos hoteleros como Meliá, Iberostar o NH son actores estructurales del turismo cubano. Tiene interlocución política, vínculos históricos y una diáspora creciente.

Y, sin embargo, ese peso no se traduce en influencia. La política de nuestro Gobierno se ha reducido a la gestión de la incomodidad: un poco de ayuda humanitaria por aquí, una dosis potente de prudencia retórica por allá.

El viaje de los reyes en 2019 fue la expresión de esa lógica: desinterés y ausencia de liderazgo, presencia forzada sin contenido.

Pero la realidad cubana nos interpela y nos exige algo más, porque Cuba no es sólo un régimen en crisis: es una sociedad que resiste. Y esa sociedad necesita algo más que compasión. Necesita aliados.

El premio Sájarov ha recaído tres veces en disidentes cubanos: en 2002 fue premiado Oswaldo Payá, fallecido en el año 2012 en circunstancias que no se han aclarado; las Damas de Blanco fueron distinguidas en 2005; y Guillermo Fariñas lo recibió en 2010.

El legado que encarnan hoy Rosa María PayáJosé Daniel Ferrer o Yunior García Aguilera y la generación que salió a la calle en 2021.

Es también la diáspora que sigue llegando a España y la que, desde Miami, condiciona buena parte de la política estadounidense hacia la isla.

Siempre digo que el Sájarov es más que un premio. Es una herramienta de activismo político que debe servir para reforzar a los luchadores por la libertad y la democracia.

Para que así sea, es necesario el compromiso de las autoridades europeas y de los gobiernos nacionales. Honrarlo debería ser un deber de la máxima importancia para los gobernantes.

Un deber que Pedro Sánchez ha ignorado en sus casi ocho años de Gobierno, que inauguró precisamente con su visita oficial a Cuba, la primera en tres décadas.

Sánchez se reunió en un mar de sonrisas con Díaz-Canel, pero no dedicó un segundo a la oposición y a la sociedad civil, ignorando la resolución que acababa de aprobar el Parlamento Europeo acerca de su preocupación por los Derechos Humanos en Cuba tras el cambio en la Posición Común.

Atrapada entre la presión de Estados Unidos, la penetración estratégica de China y el agotamiento de su propio sistema, Cuba es hoy el centro de un tablero del que España podría ser algo más que un espectador.

Desde su papel en la Unión Europea, podría articular una posición propia, exigir reformas, equilibrar fuerzas, liderar en Iberoamérica. Firme contra la asfixia externa, firme también frente a la represión interna.

Podría utilizar su peso económico para condicionar cambios. Podría dar visibilidad y respaldo a quienes se juegan la vida por abrir espacios de libertad.

Podría utilizar la próxima Cumbre Iberoamericana para articular una respuesta común que no sea ni complaciente ni cínica.

Podría, en definitiva, estar a la altura de lo que dice (y debe) ser.

Porque el vínculo histórico entre España y Cuba es real y profundo. Somos familia. Y a la familia hay que cuidarla siempre. ¡Si hasta Felipe González invitó a Fidel Castro a España para que visitara a su familia en Lugo!

Pero para eso, nuestro gobierno tendría que abandonar la política de tembladera ante los autócratas y los tiranos. Porque la peor política exterior no es la que se equivoca, sino la que evita decidir.

La que se esconde detrás de equilibrios imposibles mientras la realidad se desmorona.