Juan José López-Burniol-Vozpópuli

  • Buena parte de los ciudadanos que son administrativamente españoles no tienen sentido de pertenencia a la comunidad nacional española

He venido sosteniendo durante mucho tiempo, que la grave y evidente crisis que padece España como entidad histórica y como proyecto político de futuro es una crisis de Estado, es decir, del sistema que la articula jurídicamente, pues he defendido hasta hace muy poco que España es una “nación de tomo y lomo con una mala salud de hierro”. Aunque, quizá por una última reserva, nunca repetí la frase atribuida a Bismarck -y que éste nunca pronunció- de que “España es el país más fuerte del mundo, pues lleva siglos queriendo destruirse a sí misma sin conseguirlo”. Es decir, que siempre hasta ahora había afirmado, quizá con decreciente convicción, que la crisis de España era una crisis de Estado y que la nación subsistía inmune a los ataques recibidos gracias a su innegable fortaleza.

Pero ya no es así. Pienso ahora que la crisis de España es mucho más grave que una crisis de Estado, es decir, de la estructura jurídica que ahorma la nación. La crisis de España es una crisis existencial, es una crisis de ser o no ser, es una crisis de nación: la nación se muere. ¿Por qué defiendo ahora esta idea de una forma tan contundente y sin matices? Porque he llegado a la conclusión de que buena parte de los ciudadanos que son administrativamente españoles no tienen sentido de pertenencia a la comunidad nacional española. Y si no hay sentido de pertenencia, no hay solidaridad posible. De lo que se deduce a su vez que, al no haber solidaridad, no hay nación. Porque una nación no es otra cosa que un ámbito de solidaridad primaria e inmediata definido por la geografía y por la historia, en el que todos sus ciudadanos son iguales y se sienten iguales. Y este requisito básico de solidaridad “sine qua non” no se da hoy en España.

Nacionalistas: tigres de papel

Pensará el lector que me estoy refiriendo, como causantes de esta deriva fatal, a los separatistas de toda laya, que se manifiestan como tales en España bajo el apelativo de nacionalistas. Es cierto que todos ellos carecen de sentido de pertenencia a España, hacen alarde de ello, la denigran y la befan de continuo. Por consiguiente, no ven a España como un ámbito de solidaridad, sino, bien al contrario, como una “cárcel de pueblos”. Pero no son ellos, en absoluto, los causantes principales de la honda crisis nacional española. Y no porque no quieran, sino porque no pueden. Carecen de fuerza suficiente para ello. Son, en el fondo, unos tigres de papel. Lo que sí hacen es aprovecharse torticeramente de la situación, como carroñeros, con la adición del escarnio, el desdén y la jactancia.

La causa grave y profunda del mal que nos corroe como nación es la polarización en dos Españas enfrentadas entre sí, que es provocada por una clase dirigente en la que se integra una partitocracia éticamente átona, intelectualmente roma y políticamente sectaria, concertada con unos medios de comunicación que operan como tropas auxiliares, así como con unos dirigentes empresariales proclives a concertarse con el poder político de turno, en aras de su solo beneficio. Hablemos claro: los dos grandes (sólo lo son por su tamaño) partidos españoles –PSOE y PP– son incapaces de pensar en algo que no sea su particular interés, lo que se manifiesta en la imposibilidad de que lleguen a acuerdos sobre la media docena de cuestiones básicas (incluido el problema territorial), de las que depende no sólo el bienestar de todos los españoles, sino incluso la subsistencia de España como nación, es decir -insisto en ello- como entidad histórica y como proyecto político de futuro. Ha escrito hace poco Ignacio Varela que “la mañana del 11 de marzo de 2004, en cuanto entré por la puerta del comité electoral del PSOE, casi sin saludar me lanzaron a bocajarro la pregunta: ¿qué efecto tendrá esto sobre las elecciones del domingo?”. Y añade: “Al parecer, el presidente del Gobierno (Aznar) convocó esa mañana en la Moncloa un peculiar comité de crisis al que fue llamado el asesor electoral del PP y no el director del CNI. La primera pregunta fue exactamente igual: ¿qué efecto tendrá esto sobre las elecciones?”.

Ahí se condensa todo: sólo importa el poder, el poder, el poder… Todo por el poder. Pasando por encima de todo. Aunque sea vendiendo a trozos el Estado. Sin mostrar, cuando llega la hora, ni un atisbo del auténtico coraje que la dignidad exige. Unos y otros. A babor y a estribor. ¿Todo para qué? Para su provecho. Por eso coleccionamos fracasos, frustraciones y desengaños continuos como comunidad, como país. Somos ya una nación sin autoestima. La larga lista que hace trece siglos inauguró Don Opas se incrementa hoy sin tasa. ¿Cuándo aparecerá un líder? Si se demora, quizá ya sea tarde.