Carlos Martínez Gorriarán-Vospópuli
- Nuestras diferencias son muy parecidas a las de nuestros vecinos europeos occidentales.
El historiador y profesor de la Complutense Nigel Townson ha publicado un libro titulado Spain is not different. La historia de un país europeo (1898-2000)” (Editorial Espasa), donde, como advierte el título, sostiene y documenta la tesis de que España no es un país diferente, según el viejo tópico que la dictadura franquista supo convertir en eslogan turístico atractivo y exitoso: España es diferente. Pues no tanto, sostiene Townson, autor de un reconocido resumen en inglés de la historia de España para lectores internacionales, “The Penguin History of Modern Spain. From 1898 to the Present” (en la editorial homónima).
El cuento de la diferencia y el atraso
Townson es un historiador inglés especializado en la historia española, residente en Madrid, y no un hispanista al viejo estilo, importante diferencia porque el hispanismo se consagraba al estudio del incierto exotismo español respecto a la Europa normal. Townson, en cambio, sostiene que los problemas y avatares de España no son únicos ni esencialmente diferentes. Nuestras tensiones políticas y sociales, revoluciones, guerras civiles, desastres coloniales y pérdidas imperiales, crisis de modelo productivo y cambios de economía, son los de las principales naciones europeas, naciones que, por cierto, se han ido haciendo cada una a su ritmo y siempre de modo conflictivo. Así, se habla mucho del atraso español, pero poco de que España es, con Portugal, Francia e Inglaterra, uno de los primeros estados-nación de Europa y de hecho los que inventamos esa estructura política moderna a base de sumar reinos medievales, mientras que Alemania e Italia nacen después de 1860, y buena parte de Europa central y oriental con el colapso de Austria-Hungría en 1918.
España no es diferente, o no tan diferente, porque nuestras diferencias son muy parecidas a las de nuestros vecinos europeos occidentales. El tema tiene interés, porque la falacia de la diferencia irremediable de España, entendida como atraso, ha sesgado muchos análisis y dado lugar a demasiados equívocos. Por ejemplo, el de que los males específicos de España tenían solución en la convergencia con Europa; como sostuvo Ortega y Gasset con su habitual agudeza: “España es el problema y Europa la solución”. En la acera contraria, Unamuno prefería recrearse en las famosas diferencias imaginarias como prueba de excelencia espiritual y rechazar la modernización cosmopolita; uno de sus famosos dicterios fue el de “¡que inventen ellos!”, como si España hubiera sido por decisión divina un páramo para la ciencia y la tecnología.
Los errores de Ortega y Unamuno
Ortega y Unamuno se equivocaban, ambos. Ortega porque España era Europa, y mal iba a encontrar la solución a las tensiones posteriores al desastre del 98 en una colección de países tan parecidos al nuestro y tan enfrentados entre sí, que tras destrozarse en la Gran Guerra del 14 volvieron a la carnicería en la Segunda Guerra Mundial. Se diría que Mussolini y Hitler fueron más perspicaces que los creyentes en la diferencia española, como los de París y Londres, cuando decidieron apoyar con todo a Franco para que España fuera, como era natural, un miembro de la Europa que diseñaban, por fortuna derrotada al final.
Así que Ortega y Unamuno, los dos intelectuales españoles más reconocidos e influyentes en Europa, como es natural, se comportaron como lo que eran, dos típicos intelectuales europeos del periodo, brillantes pero con la manía profesional de buscar soluciones donde no estaban a problemas mal entendidos, fuera en una idealizada Europa solidaria y civilizada en el caso de Ortega (solidario en la ilusión con Stefan Zweig o Romain Rolland, como cuento en Utopía y desastre. Los intelectuales y la estupidez política, Espasa), o en las esencias incomparables de una Castilla especial no menos imaginaria, en el caso del vasco Unamuno.
Convencidos de que España sufría la diferencia atrasada que no podíamos superar sólos, quizás hemos confiado demasiado en el europeísmo utópico y poco en nosotros mismos. Europa no puede darnos soluciones de nuestros problemas que no queramos o sepamos darnos. Punto.
Un pesimismo paralizante
¿Y por qué ese pesimismo? Cuando yo era estudiante de historia tuvo mucho predicamento un ensayo de Jordi Nadal titulado El fracaso de la revolución industrial en España. 1814-1913 (1975). Es un ejemplo de pesimismo sesgado: España comenzó con retraso la revolución industrial y esta tropezó con la fuerte inestabilidad política, resistencia social y la pérdida del imperio. ¿Pero es una diferencia española específica? Pues tampoco, y Nigel Towson la explica muy bien: si nos comparamos con los países más parecidos a nosotros, es decir a Italia y Portugal, y no digamos Grecia o los Balcanes, no hay tanto fracaso. El error es efecto de comparar la economía española con las del Reino Unido, Francia, Países Bajos y Alemania, núcleos de la revolución industrial que se extendió por el viejo eje Londres-Rin-Milán a lo largo de un siglo. Nosotros estamos bastante apartados de la hoy llamada “banana azul”.
El 98 mismo, el desastre nacional por excelencia fue, como tantos otros, consecuencia de la falta de realismo político y estratégico (muchos creían en España que la derrota de Estados Unidos era cosa segura). Tampoco fue único. Italia tuvo su propio desastre del 98 en la fallida conquista de Abisinia, Rusia en la derrota frente a Japón de 1905, o Grecia en sus aspiraciones irredentistas a costa de Turquía y sus vecinos balcánicos. A España no le pasó nada que no les pasara a otras antiguas potencias en declive, sobrepasadas en poder e influencia por las emergentes, como Estados Unidos, o en la cumbre de su poder como el Reino Unido, Francia (con sus propios desastres coloniales) y el emergente Reich alemán, un auge bastante efímero si tenemos en cuenta la vertiginosa crisis imperial europea después de 1939.
Excusas para no cambiar
Olvidémonos de que España tiene diferencias esenciales que la hacen especial, más desafortunada y necesitada de ayuda externa que los demás europeos. Ya ha hecho suficiente daño. Las diferencias existen, por supuesto, porque cada país es un caso particular y precisamente por eso, y por nada más, podemos hablar de “diferencias” entre países comparables: porque cuanto más parecidos somos, como los europeos, más se cultiva el narcisismo de la pequeña diferencia, que explicó con brillantez Michael Ignatieff a propósito de la feroz guerra civil de Yugoslavia entre pueblos tan parecidos. Al final, la melancolía o el orgullo por la pequeña diferencia solo alimentan complejos de inferioridad o superioridad, excusas para no cambiar a mejor.