- Lo que dicen Sánchez y Puente (la buena) es que los hispanos son españoles, y punto. Ya sé que no son sus palabras exactas, pero ya me contarán ustedes cómo hay que interpretar la extensión hacia atrás, hasta el siglo XIX, de las naturalizaciones de descendientes de españoles
Vivir en Toledo –ocho años ya– está compensando tanta hispanofobia como tuve que aguantar en los años salvajes de Cataluña. Se va aplacando la furia que arde en un español de Barcelona con algún orgullo y con sangre en las venas. Ah, aquel basuriento, paupérrimo discurso de los zomboficados… Nacionalistas al mando los hubo desde el año 1980; el grueso de la población se dejaba hacer. Resulta bastante interesante, a la vez que penoso, constatar la vocación de rebaño del grueso de la población. La educación en el odio diseñada por Pujol y su banda (Sánchez no es el primer gobernante con una banda, ni con una famiglia) fue haciendo su trabajo, trocándose la indiferencia de la mayoría en odio puro, ciego, al llegar nuevas generaciones. La acumulación de mentiras, la fabricación incesante de agravios sin base, más la estupidez acanallada de Artur Mas, borraron casi todo lo bueno de la sociedad que recuerdo. Se habla poco de Artur Mas. Me parece injusto: él fue el inventor e impulsor del procés. Estaba convencido de ser un brillante estratega, un maestro de la teoría de juegos, un Von Neumann redivivo. Tiene una responsabilidad principal en lo sucedido, que nos afectó a todos, aunque a unos más que a otros. Por mi parte, no le olvidaré nunca. Mai de la vida, Artur, mai.
O sea, que Toledo ha restañado las heridas de este excatalán, pero necesitaría ochenta años, no ocho, para olvidar el daño gratuito que es capaz de infligir una gentuza como la que miente desde hace cincuenta años. Han reducido el inagotable universo a tres consignas (falsas, por demás). Dieron un golpe de Estado, rompieron las familias, quemaron las calles y aplastaron amistades de infancia. Lo siguen haciendo, por cierto. Lo que le sucedió a la lengua alemana, algo que solo comprendió en su profundidad George Steiner, le ha pasado a la lengua catalana. Cuando uno lee la prensa en ese idioma hoy en día (evítenlo) se da cuenta de algo siniestro: connotaciones inefables manchan las palabras que llegaron limpias a los años setenta. Han oxidado, reducido, jibarizado los significados. Los catalanohablantes sin zombificar deben leer El milagro hueco (en ‘Lenguaje y silencio’). Después me cuentan sus impresiones.
Ahora estoy muy contento con Pedro Sánchez y con la hermana de Óscar Puente porque van a recuperar la Hispanidad. Lo hacen por una vía muy radical, reconozcámoslo. Se acabó la retórica de los pueblos hermanos. Vamos más allá de la madre patria. Lo que dicen Sánchez y Puente (la buena) es que los hispanos son españoles, y punto. Ya sé que no son sus palabras exactas, pero ya me contarán ustedes cómo hay que interpretar la extensión hacia atrás, hasta el siglo XIX, de las naturalizaciones de descendientes de españoles. ¡Pero si todas las emancipaciones se dieron en ese siglo! En un signo de racismo ajeno a nuestra tradición y que debemos denunciar sin timidez, los únicos no considerados españoles serían los indígenas que no se hayan mezclado. Si quedan.