- Que nos haga el Gobierno un manual para saber qué se puede denigrar y qué no se puede ni citar y así nos quedamos tranquilos
«Arriba, arriba, arriba, arriba con la Goma 2, que en Euskadi se prepara, que en Euskadi se prepara, pim pam pum, la revolución». Este es el cántico masivo que se ha escuchado repetidamente en San Mamés, el campo del Athletic de Bilbao, como señaló la pasada temporada (no hace tres décadas) la Real Federación Española de Fútbol en al menos ocho expedientes. Todo pasó desapercibido.
También los cánticos contra España en un reciente partido entre las selecciones autonómicas de las Vascongadas y de Cataluña, cuyas ínfulas nacionalistas les permiten ya, gracias a Sánchez, soñar con competir oficialmente en torneos internacionales al margen del país al que pertenecen.
Se puede cantar «Español el que no bote», animar a ETA, insultar al Rey, pitar contra el himno y, además, ofender y denigrar todo símbolo nacional o religioso, con la seguridad de que nadie en el Gobierno protestará ni hablará de «odio» y, al contrario, impulsará reformas legales para despenalizar las posibles consecuencias legales que pudiera tener ese tipo de comportamientos.
Pero si en Barcelona se canta «musulmán el que no bote» en un partido amistoso entre España y Egipto, el escándalo está servido. No es un cántico del que enorgullecerse, de acuerdo, pero hay que ponerlo en su contexto y darle la importancia que tiene: en el fútbol pasan cosas que no superan los controles educativos más elementales pero que, en esas circunstancias de rivalidad, masificación y competencia, no tienen el sentido literal que tendrían ya fuera del campo.
No está bien, pero no representa del todo ni siquiera a quienes cantan esas soflamas, y si lo hacen hemos de ir pensando entonces en jugar a puerta cerrada: siempre habrá un tonto, o un grupo notable de ellos, dispuesto a insistir en la raza, la religión, la condición sexual, el acento, las pintas o lo que sea de un rival y si nos lo tomamos todo literalmente y a pecho va a ser inviable la continuidad de competiciones con público.
Pero si ese es el nivel de exigencia, debe serlo siempre y no cuando, además de ironizar contra Egipto, se recupera la «canción del verano» contra Pedro Sánchez y se llena de españoles un campo catalán, algo que sin duda molesta profundamente a Puigdemont, Junqueras y toda la tropa que les secunda.
Los españoles no son racistas, pero sí sufren a menudo hispanofobia institucional: la de cargos públicos que transforman su historia en un «genocidio», con infames brochazos sin réplica; la de cientos de eventos de exaltación o condescendencia con el terrorismo; la de incontables separatistas con tribuna hacia los símbolos nacionales y la de un Gobierno que ve franquistas, homófobos, machistas y racistas por todas partes pero se vuelve sordomudo ante todos los ataques aquí descritos y otros tantos más que no proceden de una grada anónima hiperventilando durante unos minutos, sino desde partidos, organismos, instituciones y gobiernos perfectamente reconocibles e insistentes en su tarea.
Y queda pendiente otro asunto, no menor, que también subyace en el fondo del cántico en Cornellá: no es la manera, desde luego, pero a ver si no va a poder preocuparse España de un incipiente fenómeno, la islamización, de graves consecuencias en todos los órdenes que en unas cuantas ciudades de Cataluña conocen y padecen como nadie. Le guste mucho, poco o nada a Lamine Yamal y a Pedro Sánchez.