Ramón Pérez-Maura-El Debate
  • «El acto del Congreso, impresentable: el discurso de la presidenta de un sectarismo impúdico, la lectura cargada de matices progres de la historia constitucional de España, subrayando las progresistas y denigrando a las moderadas o incluso la de 1876…»

La ceremonia ayer para conmemorar que la Constitución de 1978 se ha convertido en la más longeva de nuestra Historia fue verdaderamente bochornosa en el fondo y en la forma. Empezando por el hecho de que no se hiciera ni la más mínima mención a la única persona que aparece en la carta magna con su nombre: el Rey Juan Carlos. Ni en la celebración, ni en la exposición que posteriormente se inauguró. Como bien ha apuntado en estas páginas Almudena Martínez Fornés, Félix Bolaños ha conseguido una hazaña memorable: juntar 40 fotos de la Transición y que Don Juan Carlos no apareciese en ninguna. Sólo les faltó borrar su firma del ejemplar original de la Constitución de 1978. El típex es muy útil para estas cosas.

El resumen de todo lo sucedido en el hemiciclo me lo hacía llegar una persona que asistía allí después de haber presidido esa Cámara en su día: «El acto del Congreso, impresentable: el discurso de la presidenta de un sectarismo impúdico, la lectura cargada de matices progres de la historia constitucional de España, subrayando las progresistas y denigrando a las moderadas o incluso la de 1876, y la lectura luego del consenso constitucional sin mencionar el papel de la Corona ni de las Cortes, ni el de la octava ley fundamental, ni nada de nada. Un horror progre nauseabundo. Me he ido sin esperar al coctel, ni la exposición». Mucho me parece que aguantó.

El sanchismo prosigue inmutable su intento de derribar el régimen de 1978. Aquella constitución, conocida como «la de la concordia», quiere ser presentada ahora como un texto de parte. Las libertades que trajo son olvidadas y se aprovecha el acto de ayer para que Francina Armengol, elogie la Constitución de 1931, que, según ella, «llevó al país a ser una república democrática». Señaló también que «aquel texto fue uno de los más renovadores y progresistas de su tiempo, pero se vio truncado, como tantas vidas en nuestro país, por el golpe de Estado, la Guerra Civil y la instauración de la dictadura franquista, que duró hasta 1975, casi cuatro décadas». No hubiera estado de menos señalar el dato incuestionable de que tan maravillosa constitución nunca fue sometida al voto popular. Y que tan benéfica no debió ser cuando desembocó en la Guerra Civil. Porque, aunque algunos parezcan olvidarlo ahora, nadie va a la guerra por diversión o entretenimiento. A la guerra van los que temen morir en sus propias casas. Y de eso no se habla nada hoy en día.

El acto del 17 de febrero en el Congreso de los Diputados debió ser una festividad llena de alegría. Pero la polarización que ha provocado este Gobierno se puso de manifiesto desde el primer momento. Los partidos independentistas se negaron a participar en los actos. Ya no quieren recordar que en Cataluña tuvo la Constitución de 1978 el respaldo más alto de toda España. Los hijos de la Constitución de 1978 somos cornudos y apaleados. Quieren borrar que con esta carta magna y con el reinado de Don Juan Carlos fue posible la convivencia a pesar de los crímenes de ETA. Fue posible construir una sociedad mejor y en paz. Y eso no se lo perdonan ni a la Constitución ni al Rey Juan Carlos.