- La Odisea de Ulises era intentar llegar a casa, la odisea de los españoles es intentar llegar a fin de mes
Mucha gente de mi generación, y todavía más en la de nuestros padres y abuelos, fuimos como el niño de la entrañable película italiana Cinema Paradiso.
Las salas de cine eran recintos fascinantes. Abrían pequeños paréntesis extraordinarios en unas existencias anodinas y predigitales. No se trataba de los actuales cuchitriles de seis o siete salas. Te adentrabas en unos amplios recintos de cuidada decoración y pantallas enormes, con su telón granate que se abría como en un rito, con sus acomodadores disfrazados de almirantes…
El cine Riazor, de moderno diseño setentero, donde vimos de chiquillos las impactantes películas de catástrofes tipo Terremoto, con el estruendo de su innovador sonido Sensurround. Los bonitos teatros Colón y Rosalía. Los cines de batalla Equitativa, Rex y Goya, con sus pelis de romanos y de espadachines, o con los astracanes de Louis de Funès y Terence Hill… Las horas pasadas en aquellas salas de La Coruña son de lo más feliz de mi infancia, al igual que le ocurría a tantos niños en todas las capitales de provincia. Nada equiparable a verte con trece años en un día oscuro de lluvia y Nordés coruñés, que no promete nada, y entrar de repente en el cine y asistir al estreno de La Guerra de las Galaxias. Nos quedamos boquiabiertos durante días y por supuesto las escobas de casa se convirtieron en espadas láser…
Sin embargo, llegó un momento en que dejé de ir al cine, a pesar de que me encanta. Los televisores mejoraron muchísimo y apareció la facilidad del streaming. Además, no me gustaba meterme a ver películas en centros comerciales, ni las microsalas, ni ese olor a ambientador de boîte sesentera, ni el palizas de al lado haciendo cruch-cruch con la masticación de su tanque de palomitas, ni los de los cuchicheos –o la pareja del lote–, ni la plomada del cuarto de hora de anuncios… Así que abandoné.
La última vez que acudí al cine fue en la primavera de hace siete años. La película me gustó, Érase una vez en Hollywood, de Tarantino. Pero nunca me animé a volver, hasta hoy, con Nolan y su Odisea. Mi compañero Ramón Pérez-Maura me advierte de que me voy de cabeza a un truño woke. Pero aunque me fío de su criterio, le voy a dar una oportunidad a mi muy admirado Nolan, el director audaz que rodó Interstellar y Origen. Así que esta noche iré a ver qué ha hecho con la épica clásica de Homero.
Como el cine me queda cerca, me pasé a comprar las entradas in situ. Los tiempos han cambiado. No había taquilla física, sino unas máquinas expendedoras (lo mismo sucede en los McDonald’s, a los que también llevaba más de un lustro sin ir y cuando regresé me vi con cuatro McPollos en vez de los dos que quería, por darle mal a la tecla). Pero mi mayor sorpresa en el cine ha sido el precio. Las dos entradas para ver la Odisea supusieron un estacazo de 40 euros.
Es decir, si unos padres con dos chavales van a ese cine y si suman a las entradas unas bebidas y las chuches, puede salirles la peli por 200 euros (y si luego van a picar algo, se ventilarán 300 euros en una tarde). Todo en un país donde el salario medio neto mensual en 14 pagas es de solo 1.700 euros.
La vida se ha vuelto imposible. Por un paquetito de cuatro cuchillas de afeitar te sacuden 18 euros. Un café en vaso de cartón en una capital grande ronda los tres euros (o los supera). Una simple lata de bonito anda por casi cuatro euros. Los alquileres en Madrid o Barcelona se han convertido en un atraco con trabuco. El tamaño de los objetos ha encogido con la pícara reduflación. El pescado fresco se ha vuelto un artículo de lujo. Los grandes conciertos en estadios obligan a los aficionados a un plan de ahorro… Padecemos una inflación sostenida y una epidemia de bajos salarios, fruto en gran medida de un tejido empresarial con muy pocas compañías de volumen.
Solo un 20% de los españoles dicen llegar con holgura a fin de mes y un tercio reconocen que las pasan canutas. Los pensionistas se han vuelto clase VIP respecto a sus nietos. Un 70% de los españoles ha reducido sus gastos en el último lustro, mientras Mi Persona se pavonea de que «la economía va como un cañón». Como rejón final, una fiscalidad extractiva, que hace que en gran medida trabajemos para el Estado socialista.
Mientras Asia sube, Occidente baja. Cada vez somos más pobres, porque cada vez cunde menos nuestro dinero. Y es ahí donde fermenta el sordo malestar que explica en buena medida el auge de los partidos de soluciones drásticas y populistas, toda vez que la política al uso ha fracasado con las cosas de comer.
La Odisea de Ulises era tratar de volver a Ítaca. La odisea en la España socialista es tratar de llegar a fin de mes.