Olatz Barriuso-El Correo
Digamos algo desde el principio: las diferencias en los gobiernos de coalición son, como recuerda Pradales, algo «natural». Lo normal entre partidos distintos es que no estén de acuerdo en todo o, incluso, que dejen fuera del pacto cuestiones espinosas. Quedarse a pesar de los choques con el socio mayoritario o marcharse dando un portazo tampoco depende del calado de las divergencias sino de los intereses partidistas de turno. Se dice que fuera de los gobiernos hace mucho frío, pero no para todos. Vox decidió irse a la francesa de los ejecutivos autonómicos que compartía con el PP en 2024 (con la excusa del reparto de menores no acompañados) y desde entonces no ha hecho más que crecer. Sumar, en cambio, soporta un ninguneo constante del PSOE en los asuntos de los que hace bandera –singularmente, la vivienda– cuando no ve cómo Sánchez regala bazas a sus archienemigos de Podemos como la regularización de migrantes, pero permanece estoicamente bajo el ala presidencial. Bastante tiene Yolanda Díaz con esquivar los cuchillos en la izquierda.
¿Y en Euskadi? Lejos de la calma pretérita, aunque sin llegar a la guerra cultural en la que las discrepancias se dirimen en nombre de Elon Musk, Vito Quiles y Bad Bunny, PNV y PSE exhiben a conciencia un nivel de disonancia que, o bien tiene una parte impostada y teatral que juzgarán los electores, o bien les abocaría directamente al divorcio. Es llamativo que, donde hasta hace no tanto, lograban pactar enmiendas conjuntas, ahora blandan orgullosos sus respectivas bazas, a un año largo de las municipales.
El choque afecta a casi todo. A cuestiones en las que se ventila el pulso entre nacionalismo y «españolismo» (en palabras dedicadas por la jeltzale Euge Arrizabalaga a los socialistas), como la relación de igual a igual con Moncloa que impide pactar un nuevo estatus, dónde se pone el listón de la exigencia de euskera en el sector público, hasta qué punto se vacía de competencias el poder central y Euskadi se convierte en ‘menos España’ o incluso quién se lleva el gato al agua en el tradicional relato abertzale del Estado opresor, que les enfrentó ayer por el 3 de marzo pero les ha separado antes en Gernika. Los asuntos que tienen que ver con el desarrollo económico e industrial de Euskadi giran en el fondo sobre lo mismo. ¿La culpa de la situación de Tubos Reunidos es de la española Sepi? ¿El puerto de Pasaia es español de primera o vasco de segunda? Y así todo. Por no hablar del eje ideológico clásico en el que libran una batalla sorda con la cuestión migratoria como munición: véase el pulso por la publicación del origen de los detenidos o la próxima apertura del centro de refugiados de Arana. Hasta se pisan la manguera por ponerse la medalla de la vivienda protegida.
La pregunta inevitable es si están de acuerdo en algo. Cunde la impresión de que PNV y PSE van a lo suyo para salvar sus respectivos muebles. Los jeltzales giran a la derecha para no diluirse en la amalgama de socios de Sánchez sin renunciar a su papel clásico de abertzales conseguidores, mientras los socialistas pugnan para que el desplome de la sigla PSOE no les arrastre. De fondo, sin meterse en líos, sin gobernar, erre que erre con su discurso de freno al fascismo, de alianzas inviables en clave nacionalista y de izquierda estilo Rufián pero sin Rufián, Bildu hace su camino sin despistarse. A piñón fijo y a veces, como en los Presupuestos de Vitoria, hasta saliendo en la foto. Por comentar.