Ignacia De Pano-Vozpópuli

  • Sánchez insistirá en tratarte como si fueras un estúpido y no supieras de sobra el origen de la desgracia

¿Qué se mete en la bolsa cuando ocurre lo impensable y hay que salir corriendo de casa huyendo del fuego?. Mudas, algo de ropa, productos de higiene básicos, la electrónica con sus cargadores. Pero también el juguete favorito de tu hijo, la medicación de tu madre, y ese objeto incongruente que necesitas para vivir porque en él se hacen materia asible tus sentimientos y tus recuerdos. Te vas de tu hogar sin saber si vas a poder volver, si cuando pase el infierno quedará algo del nido que has ido construyendo poco a poco, el único lugar en el que te sientes, te sentías, seguro.

Caben todas las angustias

Ahora, en manos de la amabilidad de extraños, te cruzas en el polideportivo, en el centro polivalente o en el hotel anónimo al que te han llevado con otros pasajeros de este mismo viaje febril. Niños que en un primer momento juegan extrañamente excitados aún percibiendo que está pasando algo que excede con mucho a la omnipotencia acostumbrada de sus padres, ancianos que en el traslado a la fuerza se han dejado en la casa que han tenido que abandonar los últimos mimbres de su cordura, porque fuera de su ambiente no recuerdan los caminos que les unen al presente. En su mirada vacía caben todas las angustias de los que saben demasiado bien que esta noche pueden perderlo todo. También su medio de vida, su explotación agraria, sus animales o sus puestos de trabajo.

Tanto los voluntarios como los políticos a escala local, que no dejan de ser los vecinos a los que se encomienda la gestión diaria del pueblo, hacen lo que pueden entre el miedo, la angustia y la frustración. En las pantallas de los evacuados aparecen los ministros del gobierno de Sánchez, esos dos Óscares que son la vergüenza de su nombre, que ven en la tragedia un aprovechable ángulo electoral. No pueden evitarlo, les puede el ansia de atizar a la Presidenta de la Comunidad de Madrid cuyo pueblo también está en zona de peligro. Confunden el insulto por redes sociales con trabajar, la gestión ministerial con darle con todo a Ayuso ahora que es vulnerable. No se percibe en sus argumentarios ninguna empatía con los afectados por las llamas, víctimas colaterales de esta vendetta que parece caída del cielo.  En qué momento entregamos el poder a malas personas, pensarás, mientras te sacudes como puedes la sensación de irrealidad que te domina.

El gobierno que no invierte en políticas de prevención, que pretende controlar 500.000 kilómetros cuadrados de país con seis malditos hidroaviones, que no deja a la gente del campo cuidar de su entorno como siempre ha hecho, lo achacará todo a la excusa perfecta del cambio climático. El presidente del Gobierno, que usa el Falcon como si fuera un patinete y que ha dejado él solo en las últimas semanas más huella de carbono en la atmósfera que tú en toda tu vida, culpará de todo lo ocurrido a los ‘negacionistas’, aunque todos sepamos que ese cambio climático en este caso concreto tiene nombre y apellidos. Puede que haya sido un despiste o una actuación voluntaria derivada de una patología mental, pero  estos fuegos tienen origen humano. Y en la zozobra e impotencia de esta noche tampoco te va a ahorrar Sánchez el insulto de tratarte como si fueras un débil mental y no supieras demasiado bien el origen de la desgracia.

Mientras tanto, César Sallén, un inventor de Binéfar, mi pueblo y el suyo, ha patentado un producto que consigue hasta apagar baterías de litio incendiadas. Biodegradable y de una eficacia certificada que marca un antes y un después en la lucha contra el fuego. Está harto de predicar en el desierto, de demostrar su efectividad para perimetrar los focos. Los encargados de la lucha contra incendios siguen sin comprarle el producto, dispuestos a seguir intentando apagar fuegos del siglo XXI con tecnología del siglo XIX. Las grandes multinacionales eléctricas, sin embargo, que sí saben lo que hacen, son sus mejores clientes. Le compran su protector antifuegos para proteger sus instalaciones de los efectos devastadores de estos incendios que prenden en los montes mal cuidados como si fueran yesca.

Acostumbrarse al dolor

Puede que esta noche dé paso al día y puedas volver a tu casa, que por la azarosa lógica del fuego tu hogar se haya salvado, por esta vez, del incendio. Pero tu paisaje, el telón de fondo de tu vida, habrá desaparecido pasto de las llamas. Muchos ya no lo veremos de nuevo llegar a ser como fue. Una vez me dijeron que lo único que el dinero no puede comprar es un jardín maduro hecho por ti. Necesariamente hay que esperar los años que hacen falta para que el parsimonioso paso del tiempo dé a las plantas y a los árboles el esplendor que soñaste. Lo mismo ocurre con los paisajes en los que te anclas y reconoces. Una vez perdidos, no hay dinero en el mundo que pueda traerlos inmediatamente de vuelta. Deberás acostumbrarte a mirarlos acostumbrándote al dolor de ver destruido lo que fue hermoso y a contarles a las generaciones que vienen cómo eran aquellos bosques y aquellos campos. Oíras en la radio,  cuando menos lo esperes, la canción de moda que cantan los jóvenes, y se te saltarán las lágrimas cuando susurres el estribillo que tendrá ahora para ti un sentido completamente nuevo. Debí tirar más fotos de cuando te tuve.