Hasel-Paris Álvarez-El Español

  • El autor sostiene la tesis de que los asaltantes del Capitolio son sólo la vacuna que el imperio americano se inocula a sí mismo para prevenir verdaderas rebeliones.

Un puñado de alborotadores profesionales, actores frustrados y espontáneos ávidos de protagonismo se cuelan en el Capitolio de Washington. Inmediatamente, los grandes medios de comunicación emiten un mismo comunicado:

–Este es el resultado del populismo.

–A esto nos llevan los líderes populistas, todos por igual: Trump y SandersAbascal e IglesiasLe Pen y Mélenchon.

–Queda hoy demostrado: el populismo es el mayor peligro para la democracia y la civilización.

Al poder mediático no le importa que la democracia en América hunda sus raíces en el populismo desde tiempos de Andrew Jackson. Ni que la propia civilización de Occidente tenga entre sus fundadores a populistas como Graco o César.

Y en todo caso, a día de hoy, ¿qué hay de antidemocrático en criticar los dictados de la OMS, la UE o la OTAN? ¿Qué hay de incivilizado en el populismo de Trump, que guerreó y deportó menos que el bárbaro Obama?

Llevamos ya más de un lustro escuchando la misma historieta: populista es toda crítica a las élites políticas, académicas y económicas. Y por lo tanto, populismo es la llamada a masas violentas, ignorantes y no-cualificadas. Sólo constituyen democracia cuando votan lo que la elite mande.

El establishment anhela plasmar su maniquea visión del tema. Como Hollywood en la película Joker: el populismo son payasos, envidiosos, asesinos, locos sin idea política alguna. Y ahora, tras el asalto al Capitolio del 6 de enero, el oficialismo por fin ha conseguido la imagen que buscaba.

La escenita, en efecto, no ha sido tanto un mérito del populismo como del establishment. Las familias de poder han provocado a la gente largo tiempo: “deplorables”, “basura blanca”. La CNN ha estado llamando a medio país a enfrentarse con la otra mitad, tanto o más que la Fox. El Partido Demócrata ha erosionado las instituciones antes que Trump, deslegitimando su victoria en 2016 e investigando durante años una falsa injerencia rusa.

Llegadas las elecciones de 2020, los Demócratas han cuestionado la neutralidad del Poder Judicial de mayoría republicana. El New York Times tuiteó que los medios (y no el pueblo) decidirían las elecciones de 2020. Los disconformes se quedaron sin voz, censurados en las principales redes sociales.

Y finalmente, el 6 de enero, los servicios de seguridad dejaron entrar y salir del Capitolio a selectos grupos de exaltados. Los más estrafalarios aparecieron una y otra vez en los grandes medios.

El principio activo es igual que en las vacunas: se deja acceder al sistema a unos pocos virus medio inútiles para inmunizarnos contra posibles brotes más serios

Las imágenes del 6 de enero son la gran campaña de vacunación de 2021, y no la de Pfizer. Una estampa tragicómica que se usará para prevenir todo brote de disidencia. El principio activo es igual que en las vacunas: se deja acceder al sistema a unos pocos virus medio inútiles para inmunizarnos contra posibles brotes más serios. Y una vez vacunados, a disfrutar de un organismo saludable.

Tras el populismo, ¡ya pueden volver las elites sanas y normales! Esa Unión Europea tan profesional: las borracheras de Jean-Claude Juncker y las fotos de Emmanuel Macron con presidiarios caribeños. Y esos Estados Unidos tan confiables: Hilary Clinton descojonándose con la guerra de Libia y Joe Biden confundiendo a su hijo muerto con su hijo vivo.

Que vuelvan, en definitiva, todos aquellos líderes que financiaban salvajes golpes de Estado en Irak o Ucrania, pero que al menos mantenían limpio su propio Capitolio.

Sin embargo, la vacuna es un engaño. La nueva normalidad política no llegará. Biden transformará el lema populista de America First (América antes que todo lo demás) en America Ahead (América en cabeza, arrastrando a todos los demás). Y en Europa crecerán las reivindicaciones soberanas de húngaros o polacos, por mucho que la UE prefiera las exigencias liberales de holandeses o austriacos.

Y, sobre todo, aumentará en todo Occidente aquello que Podemos llamaba el momento populista: picos de desigualdad entre pueblo y casta.

De hecho, los años 2020 y 2021 son el gran momento populista. Familias que no pueden reunirse mientras la Patronal cena junta. Parejas que no pueden visitarse mientras los eurodiputados participan en orgías. Trabajadores que no pueden coger un avión mientras la clase business no tiene límites.

No estamos en el epílogo de un populismo derrotado, sino en el prólogo de una posmodernidad triunfante

Si la izquierda ya no habla del momento populista es porque ahora les pilla más cerca de la Patronal, las orgías y los aviones. Ya no les suena bien lo populista, ni siquiera lo popular. Es incompatible con su nueva posición como elite moralista y culturalista.

Un nuevo elitismo de lo progre, por cierto, financiado por el viejo elitismo del capital. La MTV, Silicon Valley, las filiales de Soros o el eco-feminismo ESG de BlackRock.

Y, pese a tanto dinero y tanto campus, la progresía es incapaz de comprender lo ocurrido en Estados Unidos. No estamos en el epílogo de un populismo derrotado, sino en el prólogo de una posmodernidad triunfante.

Mal que le pese a la opinión pública europea, los frikis del Capitolio no son golpistas contra la libertad americana, sino sus más leales defensores. Son groupies de Trump (como podían serlo de Drake) ejerciendo su libertad de estrenar merchandising customizado, hacerse un selfi en el despacho de Nancy Pelosi o robar un atril para venderlo por Amazon.

Germán Cano se equivoca al compararlos con los “bárbaros que asaltaron el antiguo imperio romano”. Muy al contrario, son los portadores de la civilización, pero de la civilización yanqui.

Consumistas, adictos al espectáculo, ofendidos, obsesionados con su lucha cultural, activistas de la performanceposers de las redes sociales. Cumplen todos los rasgos de la posmodernidad. Una generación cuyos integrantes ansían afecto y sentirse únicos. Baste ver el mensaje que Trump tuvo que dedicarles: “Os queremos, sois muy especiales, pero por favor marchaos a casa”.

No son hijos de la derecha populista, sino gemelos de la izquierda posmoderna.

Allí donde apareció un feminismo scum condenando toda masculinidad, surgieron hombres mgtow e incel rechazando a todas las mujeres.

Allí donde se armaron las milicias negras BLM, se armaron los blancos de Proud Boys.

Allí donde el LGBT Pride propuso relativismo moral, las sectas neo-evangélicas respondieron con puritanismo.

Allí donde aparecieron las tribus urbanas antifa, surgieron los grupúsculos Q-Anon.

Allí donde el movimiento defund the police quebró la seguridad pública, se fortalecieron las facciones secesionistas de survivalists y oath keepers.

Por eso las izquierdas no tienen derecho a burlarse del espectáculo del Capitolio: pertenecen a una misma posmodernidad. Si un trumpista disfrazado de bisonte es ridículo, mucho más lo fue la manifestante de Black Lives Matter twerkeando ante la policía.

Si ha sido ridículo el collage trumpista de simbología vikinga, anarcocapitalista y confederada, mucho más ridículo es el habitual pastiche woke de parafernalia lesbo-indigenista y queer-animalista.

Si el redneck sobre la mesa presidencial es ridículo, mucho más los hispanos trepando la escultura de Junípero Serra para derribar a su benefactor. [Aquel episodio sí fue comparable con los bárbaros en Roma, aunque entonces callaron los Germán Cano].

Pero lo más ridículo de todo es nuestra Europa liberal y progresista, que tanto se está doliendo por este supuesto final de la democracia americana y el imperio americano. ¡Los pobres eurócratas sólo anhelan una América ilustrada que les someta, ser ocupados por una OTAN comprometida y estafados por un TTIP inclusivo! ¿Es tanto pedir?

Y son aún más ridículos si se tiene en cuenta que Estados Unidos no es ni una democracia clásica ni un imperio tradicional, al menos tal y como la vieja Europa definió estos conceptos.

Desde los inicios de Estados Unidos, los founding fathers evitaron expresamente la idea europea de democracia. Hoy, su democracia estadounidense no es directa (como la griega) ni representativa (como la francesa).

Estados Unidos es otra cosa: una democracia posmoderna. Se caracteriza, en palabras de Jesús G. Maestro, por:

1) Representar más al dinero que al pueblo, más a las ideas minoritarias que al bien común.

2) Promover falsas discordias para imponer falsos consensos.

3) Funcionar como dogma ideológico en vez de como mera forma política.

4) Disolver el Estado en pequeños partidos y grandes multinacionales.

5) Crear un ciudadano atomizado que piensa en escoger su clase social, su raza o su sexo.

El poder yanqui nunca se ha parecido a los imperios que hubo desde Alejandro Magno hasta Carlos I de Austria. Aquellos administraban territorios y construían universidades

Tampoco ha existido nunca un imperio estadounidense como tal. Los primeros yanquis llegaron a América huyendo, precisamente, de los imperios europeos. De hecho, Estados Unidos les hizo la guerra durante un siglo, empezando por el Imperio Español y acabando por el Imperio Soviético.

El poder yanqui nunca se ha parecido a los imperios que hubo desde Alejandro Magno hasta Carlos I de Austria. Aquellos administraban territorios y construían universidades. Pero Estados Unidos sólo ha administrado inversiones y construido McDonalds. Robinson y Gallagher lo llamaron imperialismo del libre mercado.

Ya en 1835 profetizó Tocqueville este “nuevo tipo de poder inmenso, que les mantendrá en permanente adolescencia, les hará buscar constantemente placeres vulgares, les hará indiferentes entre ellos, reblandecerá y controlará sus voluntades, reducirá los pueblos a rebaños”. El diplomático francés no encontró un término “para esta nueva tiranía, que degrada el alma sin torturar el cuerpo”.

Hoy lo habría llamado imperialismo posmoderno.

Imperialismo porque es lo contrario de imperio (como feminismo de femenino o liberalismo de libertad). Imperialismo, porque será la fase superior de un capitalismo financiero. Posmoderno, porque niega las verdades antiguas y modernas. Niega incluso la mera existencia de la verdad, que será definida a cada momento por el fact-check de Twitter. Posmoderno porque no predicará al mundo las leyes ni los evangelios, sino los post-colonial studies y la gender theory.

Este nuevo Homo Americanus ya está quebrando la cáscara del mundo (como en la pintura de Dalí), con la caída de Trump y el alzamiento de Joe Biden-Kamala Harris. Este imperialismo se entenderá con China en cuestión de inversiones y con Europa en cuestión de perversiones.

Con su hábil manejo de las identidades posmodernas, someterá tanto al negro de Minnesota como al blanco de Michigan, al pobre de Massachusetts y al rico de California, al hippie pacifista de Portland y al halcón belicista de Virginia.

¿Y qué será de España bajo este imperio posmoderno? Seremos la última colonia del investment management y las rating agencies. Con suerte, nos beneficiemos de algún plan Marshall que incluya free-trials de Netflix y Satisfyers.

Ya no nos acordaremos de los que entraron al Capitolio jugando a ser Braveheart o Benjamin Franklin. Pero sí recordaremos a los de nuestro capitolio, que durante años jugaron a ser gringos. Aznar jugando a ser BushZapatero a ObamaAbascal a TrumpSánchez a Biden. Y los españoles pagando sus Irak, sus crisis subprime, sus trade wars y sus great reset.

Catón les hubiera dicho: Delenda est Civitates Federate America.

*** Hasel-Paris Álvarez es politólogo y especialista en geopolítica.