
Elena Moreno Scheredre-El Correo
A menudo consideramos que la vida es aquello que cuentan los titulares de los informativos, esas sacudidas de consciencia que nos produce la desvergüenza de quienes deben gestionar nuestros impuestos a cambio de una retribución privilegiada. Te desayunas con las fotografías del contenido de una caja fuerte en la que el rey de la concordia guarda joyas propias del disfraz de Cenicienta el día del baile con su príncipe o más concretamente de la coronación de Farah Diva como emperatriz en el Teherán de 1967. Las escenas, como la medicación, se distribuyen en desayuno, comida y cena, con lo que la digestión se convierte en una zozobra inquietante.
A fuerza de recordarnos la decrepitud, la osadía de los ignorantes o la avaricia del poder, nos confundimos y acabamos pensando que la basura acabará ahogándonos y que el fin de esa dicha que rescatamos a los días está a la vuelta de la esquina. Pero como en todos los estercoleros, los desechos, gracias a procesos químicos, con frecuencia espontáneos, pasan por un proceso biológico llamado compostaje que transforma la mierda, propiamente dicha, en un abono orgánico, rico en nutrientes y muy necesario para el suelo.
En el caso que nos ocupa, el estercolero está en manos de los medios de comunicación y de la Justicia, acusados hoy por el poder de la falsa mansedumbre que poseen. Los tibios farfullan decisiones que saben deberían tomar, pero no toman, los parásitos revolotean buscando donde esconderse para seguir medrando, los que formaron ese ejército sin cerebro buscan abogado y los listos, esos presentan su rostro sin mácula y su eterna sonrisa mientras se van de rositas. Pero la vida no es esto.