FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • El PP había dado por fin con un líder que lo aproximara al conservadurismo liberal de corte europeo. Así las cosas, va Mañueco y pacta con Vox

La ultraderecha es el grupo político europeo que se va a ver más afectado por la desmesura de Putin. No ya solo porque hasta ahora le venían bailando sus gracias, o porque les proporcionara ayudas económicas; también porque sus objetivos doctrinales, los propios del nacionalpopulismo, se acaban de derrumbar como un castillo de naipes. Frente al repliegue estatalista, ahora toca acentuar el europeísmo; frente al retorno a los valores nacionales y al patriotismo de campanario, los que ahora nos guían son los cosmopolitas arraigados en el universalismo ilustrado; frente a los hombres fuertes de regusto autoritario ansiosos por eliminar los mecanismos de control del poder, lo que ahora apunta al alza es la defensa de la dimensión liberal de la democracia; frente al confusionismo civilizatorio y las divisiones causadas por las políticas culturales, en este momento trágico volvemos a abrazar, unidos, ese núcleo de principios que nos cohesionaban como miembros de la comunidad occidental. El movimiento de la historia acaba de dar una patada en la boca a los particularismos identitarios, los nacionales o de otro signo. Estando así las cosas, va Mañueco y pacta con Vox.

El PP parecía haber salido de su ensimismamiento. Por fin había dado con un líder que lo recondujera hacia el centro, que lo aproximara al conservadurismo liberal de corte europeo y le permitiera recobrar la confianza. Ante la posibilidad de ganar las próximas elecciones generales, era cuestión de tiempo que aquellos a los que consideraba sus votantes descarriados retornaran al partido madre. Estando así las cosas, va Mañueco y pacta con Vox. El mensaje es claro: no pasa nada porque sigáis apostando por ese partido, recurriremos a él cada vez que sea necesario para gobernar. O sea, todo este giro para al final seguir como antes. Ahora Feijóo se las ve y se las desea para salir de esta contradicción.

Como se ve, la gran pregunta es por qué se ha caído en esta trampa. Y la respuesta es obvia: ¡es el poder! No vamos a perder una comunidad autónoma por sostener determinados principios. Unas nuevas elecciones habrían colocado al PP ante una situación muy parecida. La alternativa, pedirle al PSOE que se abstuviera, hubiera convertido la gobernanza en una pesadilla. Y este último partido tampoco querría, claro. Esta nueva situación le viene de perlas para sus propias ambiciones de poder. ¿Hay algo que más movilice a la izquierda que eso de “que viene Vox”? Cuando al PSOE le tocó hacer sus propios cálculos para acceder al poder tampoco hizo feos a quienquiera que fuera necesario para conseguirlo o mantenerse en él. Y hasta el mismo Aznar manifestó en una ocasión que hablaba catalán en la intimidad cuando tuvo que depender de Pujol.

Algo parecido ocurre en los países que practican el cordón sanitario. Si se fijan, este solo es eficaz en aquellos que en realidad no necesitan los votos de la ultraderecha. En Francia, porque el sistema electoral a dos vueltas la dejan con una representación parlamentaria irrisoria, y en Alemania, aunque por su misma historia se presenta como una cuestión de principio, porque todos están siempre dispuestos a pactar con todos. Conclusión: la solidez de los principios se mide por las exigencias del poder. Hablamos mucho de amor, pero en realidad queremos decir sexo. Nos queda la esperanza de que este momento tan dramático nos obligue a cambiar las prioridades y tomemos conciencia plena de cuáles son los principios que importan y nos agrupemos en torno a ellos. O, por parafrasear el conocido verso de Borges, que aunque no nos una el amor, al menos nos una el espanto.