Fernando Díaz Villanueva-Vozpópuli
- Lo que estamos presenciando es, en el fondo, un juego tan viejo como la navegación misma
Hay lugares en el mapa que parecen diseñados por un estratega con muy mala idea. Estrechos, pasos de montaña, canales angostos donde el destino de imperios enteros se ha jugado una y otra vez a lo largo de los siglos. El estrecho de Ormuz es uno de ellos, probablemente el más importante de todos en nuestros días. Desde hace poco más de un mes se ha convertido en el epicentro de una crisis que amenaza con poner patas arriba la economía mundial. No es la primera vez que ocurre algo así, ni será la última, porque la geografía es terca, la geografía es el destino que dijo Napoleón y nunca se termina de aprender la lección. Ormuz es, para entendernos, un embudo entre Irán y la península arábiga por el que circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas natural que consume el mundo entero. El estrecho es aparentemente ancho, tiene en su punto más estrecho unos 50 kilómetros, pero la realidad es que los carriles de navegación útiles apenas tienen tres kilómetros de ancho. Por ese pasillo ridículamente estrecho pasan cada día millones de barriles de crudo, además de fertilizantes, helio y toda clase de mercancías muy demandadas en todo el mundo. Cuando alguien cierra ese grifo (o amenaza con cerrarlo), los precios del petróleo y el gas se disparan y todo el mundo el mundo se pone muy nervioso, que es exactamente lo que está pasando ahora. La guerra está siendo un desastre para Irán. Tanto EEUU como Israel han efectuado decenas de miles de ataques aéreos en el ultimo mes y han conseguido liquidar a buena parte de la cúpula dirigente del régimen. Todo lo más que han podido hacer los iraníes es responder con drones y misiles a los países del golfo, la mayor parte de los cuales han sido interceptados. Cualquier otro país se estaría planteando la rendición, pero Irán no es cualquier país, tiene el estrecho de Ormuz y puede cerrarlo a placer.
Pero merece la pena detenerse un momento en la historia de este lugar, porque lo que estamos viendo no es ninguna novedad. Ormuz ha sido un lugar disputado desde que el ser humano descubrió que el comercio marítimo era la forma más rápida de mover mercancías a larga distancia. Los persas lo controlaban en la antigüedad y por allí pasaban las especias y la seda que viajaban desde la India hacia Bagdad y, de allí, hacia los puertos del Mediterráneo. Marco Polo habló de los marineros que surcaban aquellas aguas. Zheng He, el gran navegante chino del siglo XV, visitó el estrecho en una de sus expediciones. Los otomanos y los portugueses se pelearon por él durante décadas, porque quien dominaba Ormuz dominaba buena parte del comercio entre Oriente y Occidente. Los portugueses llegaron incluso a levantar una fortaleza, la de Nuestra Señora de la Concepción, por órdenes de Alfonso de Albuquerque. La idea de los portugueses era controlar quien entraba y quien salía de allí y, ya de paso, cobrar peajes, cosa que estuvieron haciendo durante más de un siglo.
En el siglo XIX los comerciantes británicos bautizaron la costa sur del estrecho (lo que hoy son los Emiratos Árabes Unidos) como la “costa de los piratas”, porque de allí salían los saqueadores que asaltaban sus barcos. No era un lugar para pusilánimes. Nunca lo ha sido. El estrecho tiene algo magnético para los aventureros, los mercaderes y los señores de la guerra, y esa mezcla explosiva se ha mantenido intacta durante siglos. En la década de 1930, los grandes descubrimientos de crudo en Arabia Saudí y Bahréin transformaron el golfo pérsico. Pasó de ser un rincón polvoriento y remoto lleno de protectorados británicos a ser en el epicentro de la geopolítica mundial. En muy poco tiempo aquella vía de agua entre Irán y Arabia se convirtió en la arteria principal de la economía moderna. Durante décadas la vigilancia del Golfo en correspondió a los británicos, que tenían una larga tradición colonial en la zona. Después, el sha de Irán se encargó de mantener el orden.
La revolución islámica
Todo se vino abajo en 1979 con la revolución islámica. Meses antes de que los estudiantes iraníes tomasen la embajada estadounidense en Teherán, la CIA ya había identificado que el verdadero riesgo era el cierre de Ormuz. Jimmy Carter entendió la gravedad de la situación. En su discurso del estado de la Unión de 1980 enunció lo que se dio en llamar como la doctrina Carter, una doctrina que se condensaba en que cualquier intento por interferir en el Golfo Pérsico sería considerado un ataque a los intereses vitales de Estados Unidos. Era una declaración de principios que todos sus sucesores han mantenido, con mayor o menor convicción, durante más de 40 años. El paralelo más cercano a lo que estamos viviendo hoy se produjo durante la presidencia de Ronald Reagan. A finales de los años ochenta, Irán e Irak (que estaban en guerra desde 1980) atacaban mutuamente la infraestructura petrolera del otro y, de paso, ponían en peligro todo el tráfico marítimo del golfo. Reagan ordenó que se formasen escoltas navales para proteger los petroleros, en lo que se conoció como la guerra de los petroleros. Fue un pulso arriesgado que estuvo a punto de escalar varias veces.
Curiosamente aquella crisis captó la atención de un joven promotor inmobiliario de Nueva York llamado Donald Trump. En 1987 publicó una carta abierta a página completa en varios periódicos en la que pedía que su país mostrara «determinación» en el golfo Pérsico. Pero, y aquí viene lo interesante, también decía que aliados como Japón y Arabia Saudí debían asumir los costes de proteger las rutas petroleras en una zona que, según él, tenía «una importancia solo marginal» para el suministro de crudo de Estados Unidos. Casi cuarenta años después, ya como presidente, Trump tiene delante el escenario que describía en aquella carta, pero con un matiz importante, ahora es él quien tiene que tomar las decisiones. Y las decisiones no están siendo fáciles. Desde que Estados Unidos atacó Irán a finales de febrero, la Guardia Revolucionaria iraní ha tomado el control efectivo del estrecho de Ormuz. Efectivo, sí, porque aunque Estados Unidos y sus aliados llevan décadas preparándose para esto, la realidad es que el estrecho está, a efectos prácticos, cerrado. El tránsito de petroleros durante todo el mes de marzo no equivale a lo que antes pasaba en un solo día. El precio del petróleo ha superado los 107 dólares por barril y sigue subiendo. Y la economía mundial, que consume más de cien millones de barriles diarios, empieza a acusar el golpe.
La aduana de los ayatolás
Lo fascinante (y lo inquietante) de la estrategia iraní es lo diferente que resulta del bloqueo que los hutíes impusieron en el mar Rojo entre 2023 y 2025. Los hutíes, apoyados por Irán, atacaban barcos y los asustaban para que tomaran rutas alternativas. Irán ha ido un paso más allá. No se ha limitado a atacar, ha convertido el estrecho en un canal de pago. Desde mediados de marzo, Irán desvia el tráfico de las rutas habituales (dos carriles bien señalizados en el centro del estrecho) hacia un paso alternativo pegado a la costa iraní, entre las islas de Qeshm y Larak. Allí, la Guardia Revolucionaria inspecciona la nacionalidad del buque, su propietario, la carga y la tripulación, y si lo considera oportuno, les deja pasar. Unos veintitantos barcos han utilizado esa ruta hasta ahora. Pero lo verdaderamente insólito es que algunos han tenido que pagar para continuar con su viaje.
Es pronto para saber si esto se convertirá en lo normal, pero las señales son preocupantes. Es perfectamente posible que Irán convierta Ormuz en un estrecho de pago como sucede con los canales. Eso sí, bastante más caro. Para un petrolero de gran tamaño atravesar el canal de Suez le cuesta aproximadamente medio millón de dólares, por cruzar Ormuz los iraníes están pidiendo dos millones. No se esconden. En una carta enviada esta semana a la Organización Marítima Internacional, comunicaron que los barcos de países «no hostiles» podrán transitar el estrecho siempre que cumplan las condiciones iraníes. Es más, convertir Ormuz en una máquina de hacer dinero al estilo del Canal de Suez se ha convertido en una de las exigencias iraníes en las conversaciones preliminares con Estados Unidos.
Restringir el paso por un estrecho internacional contraviene el derecho marítimo. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar es bastante clara al respecto. Pero Irán, aunque firmó el tratado, nunca lo ratificó (igual, por cierto, que Estados Unidos, lo cual le quita a Trump cierta autoridad moral para invocar esa ley). En cualquier caso todo esto es ilegal. Pero la legalidad internacional, como sabemos, vale exactamente lo que vale la fuerza que la respalda. Hay un problema adicional que complica las cosas para los armadores: pagar un peaje a Irán podría violar las sanciones estadounidenses, tanto las que afectan al sector petrolero como las que prohíben proporcionar apoyo material a una organización terrorista extranjera, que es como EEUU clasifica a la Guardia Revolucionaria. El Reino Unido y la Unión Europea pusieron sanciones similares. Así que los navieros se encuentran entre la espada y la pared: o pagan a Irán y se arriesgan a sanciones occidentales, o no pagan y se quedan sin pasar con el crudo.
¿Cómo abrir el cerrojazo?
Lo que estamos presenciando es, en el fondo, un juego tan viejo como la navegación misma. Una potencia se apodera de un estrecho y decide quién pasa y quién no. Los portugueses lo hicieron en el siglo XVI, los piratas árabes en el XIX, y ahora la Guardia Revolucionaria iraní lo hace en el XXI, con la diferencia de que hoy en juego no están las especias ni la seda, sino el suministro energético de medio planeta. Irán ha descubierto que su posición geográfica es un arma más poderosa que cualquier misil. Ha amenazado durante décadas con utilizarla y, finalmente, lo ha hecho. Y de paso ha encontrado una forma muy lucrativa de rentabilizarla, aunque sea al margen del derecho internacional.
A menos que Estados Unidos y los aliados que se sumen consigan abrir el estrecho, ya sea por la vía diplomática o por la fuerza, la nueva situación se enquistará. Sirva esto de recordatorio de que la geografía, esa asignatura que tantos desprecian, sigue mandando sobre los asuntos del mundo con la misma autoridad silenciosa de siempre. Ormuz lleva miles de años siendo lo que es, solo cambian los porteros.