Agustín Valladolid-Vozpópuli
- ¿Por qué hoy se permiten en el País Vasco exhibicionismos que hace 20 años, cuando ETA aún mataba, eran impensables?
Déjenme que entre tanto parte de guerra y noticia política de última hora abra un tragaluz para dedicar unas líneas a un aniversario al que apenas hemos prestado atención. Me refiero a los 20 años transcurridos desde que ayer, 24 de marzo de 2006, entrara en vigor el (falso) “alto el fuego permanente” anunciado por ETA dos días antes.
No es el aniversario en sí lo que ha despertado mi interés, sino la coincidencia del mismo con elocuentes ejemplos de un triste fracaso, el de la gestión de la pedagogía contra la violencia, evidenciado una vez más el pasado domingo en Pamplona, donde el alcalde de Bildu, Joseba Asirón, facilitó que se exhibieran, como si de héroes se tratara, carteles con las imágenes de etarras encarcelados; o en Martutene, de cuya cárcel salía en semilibertad la exlíder de ETA “Anboto” ante la indiferencia social.
Es un fracaso de la pedagogía y sobre todo de la política, por cuanto es esta la responsable última de la ineficacia de aquella. Los jóvenes vascos de entre 18 y 34 años votan mayoritariamente a Bildu, pero apenas conocen la verdadera cara del terrorismo de ETA. Muchos, demasiados, incluso han idealizado esas tétricas siglas, probablemente porque los únicos que de verdad han hecho pedagogía de aquellos años, su particular pedagogía, han sido los herederos de la banda.
Jóvenes desinformados
Los vascos que han cumplido o van a cumplir los 34, no saben que el año en el que nacieron, 1992, ETA asesinó a 26 personas. Que el 15 de enero, la mujer de un policía asesinado el día anterior en Bilbao, descompuesta, abofeteaba en la capilla ardiente de su marido a un alto cargo del Ministerio del Interior. Que ese mismo día, en Valencia, moría tiroteado el catedrático y miembro del Consejo de Estado Manuel Broseta.
Tampoco saben que a las pocas semanas, el entonces consejero de Interior del Gobierno Vasco, Juan María Atutxa, pedía extraoficialmente al Gobierno central que presionara para que la Justicia actuara contra el diario Egin, el de Mertxe Aizpurúa y Josu Muguruza, tras las investigaciones que señalaban a la sección de Anuncios del periódico abertzale como buzón de ETA. Años después, julio de 1998, el juez Baltasar Garzón cerró Egin, aunque su orden, jurídicamente endeble -nada extraño-, fue revocada posteriormente por el Tribunal Supremo.
Los jóvenes vascos no tienen en su mayoría ni idea de la muerte, la miseria y el exilio masivo que ha provocado ETA; de que entre 1990 y 2011 más de 3.000 personas tuvieron que vivir con escolta en su tierra. Conoce más la historia reciente del País Vasco un estudiante de la ESO de Valencia o Cádiz que los de Vitoria o Bilbao. Lo contaba esta semana Olga Sanmartín en El Mundo: el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo ha formado a 1.500 profesores sobre cómo abordar el terrorismo en las aulas en colaboración con las comunidades autónomas; excepto País Vasco y Cataluña. No hay más preguntas señoría.
¿Bildu se podemiza o Podemos abdica?
En Euskadi un profesor tiene que tener mucho cuidado, no vaya a ser que por contar la historia tal y como fue le tilden de fascista, le persigan y le hagan la vida imposible. Eso ha pasado, pasa y hemos dejado que pase. Tanto hemos dejado que la verdad se descomponga que será muy difícil restaurarla del todo. Tanto hemos transigido con la versión edulcorada construida por el nacionalismo, con el borrado y el blanqueo de los hechos impuesto por la izquierda radical, que ahora toca gestionar una juventud que vota a lo que representa Otegi porque no sabe quién es Otegi o si lo sabe le da igual.
Cuando ETA anunció que abandonaba las armas, la izquierda radical apenas tenía diez escaños en el Parlamento Vasco. Hoy tiene 27 y los pronósticos apuntan a que muy probablemente sea Bildu el partido más votado en las próximas elecciones autonómicas. Los expertos dicen que el éxito de los abertzales es consecuencia directa de su podemización. Puede, pero yo más bien creo que han sido Podemos-Sumar (de 11 escaños en 2016 a 1 en 2024), y en general la izquierda, los que no han sabido defender su espacio.
Que Bildu sea hoy el partido predominante de la izquierda en una sociedad privilegiada -la segunda autonomía en términos de PIB per cápita-, en la que las pensiones son, de media, entre un 45 y un 60% más altas que en el resto de España, y que recibe unos 6.500 millones de euros anuales en transferencias procedentes de las 15 comunidades de régimen común -todas excepto Madrid más pobres que la vasca-, es más que una incongruencia; es la prueba del estrepitoso fracaso de una izquierda que ha abdicado de defender en Euskadi principios aparentemente innegociables en otros territorios.
Una percepción inconfesable
La izquierda nacional ha asumido que en la “excepción vasca” (también en la catalana) no operan como en otros lugares los principios de igualdad y solidaridad, y que la libertad de cátedra y el relato histórico son cuestiones que hay que dejar en manos del nacionalismo. Hace 20 años, encapuchados de ETA anunciaron un “alto el fuego permanente”. No cumplieron su palabra. La banda aún asesinó a otras doce personas entre aquel comunicado y marzo de 2010.
Hoy todos nos alegramos de que ETA no mate; y muchos de que sus herederos políticos se hayan integrado en el sistema. Yo también. Pero no es esa la cuestión. La cuestión de fondo es el precio. Y la percepción inconfesable de muchos vascos es que, bien mirado, y a pesar de sus terribles efectos, la violencia ha sido rentable. Por eso hoy se permiten hacer lo que hace 20 años era impensable, y exhiben en los grandes momentos, sin que nadie lo impida, los retratos de los asesinos.