Jesús J. Hernández-El Correo
- Víctor Legorburu cuenta la historia de su padre, que fue asesinado siendo alcalde de Galdakao: «Cada día veo cosas que me reabren las heridas»
Víctor Legorburu se llama como su padre. Tenía 23 años cuando le mataron. Él estaba estudiando en Madrid aquel 9 de febrero de 1976. «Eran como las ocho y media. Llamó a mi residencia un amigo íntimo de la familia. ‘Te quiere hablar tu madre’, me dijo. Ella me dijo que aita había sufrido un atentado pero que estaba bien. Que estaba en el hospital pero que quería que fuéramos mi hermana y yo. Antes de colgar, la oí sollozar». Ahí, justo en ese instante, algo se rompió.
Los dos hijos compraron un vuelo a Bilbao que se retrasó por la niebla o el viento. Al llegar a la capital vizcaína, el piloto dio varias vueltas en torno a Loiu a la espera de mejores condiciones meteorológicas. «Intentó aterrizar dos veces, pero fue imposible. Bajaba y tuvo que elevarse a toda velocidad. Era imposible y anunció que volvíamos a Madrid». Al regresar a Barajas, Víctor Legorburu compró un diario vespertino, el Informaciones. En portada se destacaba una noticia: «Asesinado el alcalde de Galdakao».
Tres meses antes, ETA había iniciado una campaña contra los alcaldes que habían sido nombrados durante el franquismo. La banda les exigía abandonar sus cargos antes del 9 de febrero y no tardó en cumplir su amenaza. Aquel mismo día asesinó a Legorburu. Y al día siguiente, el 10 de febrero, mató a Julián Galarza, un mecánico al que confundió con el alcalde de Zizurkil. Antes, en noviembre de 1975, la banda ya había tiroteado en su casa al regidor de Oiartzun, Antonio Echeverría.
«Han pasado cincuenta años y, para mí, es como si hubieran sido diez días», se duele Víctor mientras evoca la figura de su padre, un hombre al que «nunca vi como un político porque entonces los alcaldes eran otra cosa. Cobraba seis mil pesetas y mi padre nunca las recibió porque pidió que lo dieran a un convento de monjas. Mi padre era muy honesto, hasta mas allá del alma. Y muy trabajador, dormía apenas cuatro horas y aprovechaba ese tiempo». Se enorgullece de que le dieron «la medalla de plata al mérito deportivo, un reconocimiento nacional» y el primer presidente del club de montaña Ganguren. «Le apasionaba el montañismo, no el alpinismo. Subía todo aquí y allá».
Nació en el barrio de Bekea, una zona entonces rural de Galdakao, y en casa sólo hablaba en euskera. No aprendió español hasta los 6 años. Cuenta su hijo que llegó a la política municipal «porque quería hacer cosas por el pueblo y luego le eligieron como diputado provincial». En casa no gustó mucho la idea porque aquello suponía más trabajo para un hombre que tenía una imprenta y era subdirector de la Caja de Ahorros Municipal de Bilbao. «Como alcalde, hizo muchas cosas: amplió el abastecimiento de aguas y las zonas con luces, hizo un gran polideportivo, asfaltó muchos caminos para llegar a los baserris y luchó mucho con Durango para que el hospital estuviera en Galdakao… Su intención y su ilusión era retirarse cuando se pusiera la primera piedra del hospital». También era muy futbolero y fue presidente del equipo de fútbol de la localidad. «El fin de semana anterior a que le mataran estaba en San Mamés, porque mi padre era del Athletic, hablando con unos directivos para ver si cedían algún chaval joven al Galdakao».
El hijo de Víctor Legorburu charla con EL CORREO en el centro de Bilbao, rodeado de recuerdos e imágenes de su padre, pero evita mostrar su rostro para la fotógrafa. Quiere seguir en el anonimato. «La gente no conoce mi historia. Cada día veo cosas que me reabren las heridas. ETA ya no existe pero ha dejado un legado que permite que el nacionalismo vasco lo controle todo. Ha habido una connivencia entre el nacionalismo moderado y el radical basado en la hispanofobia. Y esos 300.000 exiliados que se calcula que hay fuera cambiaron muchas cosas. Sólo hay que ver los apellidos vascos en los listines».
«Destrozada, pero fuerte»
Su madre, la esposa del alcalde, quería quedarse en Bizkaia pero, al final, buena parte de la familia se instaló en Madrid. Muchos siguen allí. «Aquí le removían muchas cosas», admite. Ella era «una mujer que sufrió mucho y se quedó destrozada. Ella era una mujer muy fuerte; se había quedado huérfana de padre y madre con 5 años. Separaron a los hermanos entre abuelos y tíos. Sólo podía hacerse fuerte o quedarse en el camino y lo hizo». Habían pasado diez o doce años desde el crimen y un día Víctor encontró a su madre en su cuarto «llorando de rodillas ante una foto grande mi padre».
No era la primera vez que la banda intentaba matar al alcalde de Galdakao. El 22 de enero de 1974 unos encapuchados con metralletas entraron en su imprenta, un negocio que había comenzado años atrás con un socio. Le empujaron hacia el interior, donde estaban las tintas y comenzaron a rociar el lugar con gasolina. «Si me vais a dejar aquí, disparadme ahora que no quiero morir quemado», les espetó Víctor. Uno de los encapuchados ordenó a los demás que le dejaran salir antes de prender la llama. «Se sentían con el poder de decidir sobre la vida y la muerte».
Un día, la vida. Y otro, su reverso. El 9 de febrero de 1976, cuando salía de casa a las ocho de la mañana, cuatro hombres con metralletas acribillaron a tiros a Víctor Legorburu, que murió poco después. Hirieron a sus escoltas y uno de ellos -Francisco Ruiz Sánchez- salvó la vida pese a recibir once impactos de bala. Unas horas después, sonó el teléfono en una residencia madrileña. Y la vida cambió para siempre.