- Ya no caben más dudas sobre cómo afrontar la crisis de Groenlandia ni las amenazas arancelarias, porque ya sabemos que las cesiones solo alimentan más y más exigencias y humillaciones. Es tiempo de firmeza y dignidad, aunque en el corto plazo conlleve sacrificios que, por otra parte, están garantizados
Agachamos la frente ante Trump en la OTAN porque tenía razón en lo fundamental, aunque las exigencias de inversión carecieran de rigor. La volvimos a agachar en el marco de las relaciones comerciales de la Unión Europea, aunque aquí los argumentos tenían más que ver con actitudes populistas y perspectivas mercantilistas domésticas. Estos ejercicios de sumisión no sólo no han dado paso a un ambiente más positivo en las relaciones transatlánticas, sino que han animado al presidente norteamericano a nuevas exigencias, envueltas en grosería y arrogancia. Un año después de su acceso a la Casa Blanca los dirigentes europeos ya no tienen ninguna duda de que la Alianza Atlántica se encuentra en crisis y de que Estados Unidos ya no es un aliado sino un rival.
Restar importancia a la crisis sería inmaduro por nuestra parte. Exagerar la situación podría llevarnos a echar gasolina al fuego, dificultando la reparación de los daños. Hay que asumir la realidad y reaccionar en consonancia con la magnitud del problema. Partamos de una idea fundamental: los intereses de Estados Unidos y de la Unión Europea en el conjunto de la política internacional son, en gran medida, los mismos. Esto es algo que Trump parece no entender, pero que nosotros no deberíamos olvidar. Hay elecciones de mitad de legislatura en un año y generales en tres, cuyo resultado puede provocar cambios importantes en la deriva diplomática norteamericana o confirmarla de manera definitiva. Demos tiempo al tiempo.
Se ha convocado Consejo Europeo para fines de esta semana y, para bien o para mal, será histórico. Hay que tomar decisiones de calado que tendrán consecuencias en el medio y largo plazo y que deberían afectar al núcleo de la política europea. Para responder a Trump hay que ir más allá de la mera reacción a sus actos, porque eso supondría continuar en la órbita de los Estados Unidos. Esté o no el trumpismo de paso, lo único seguro es que el «vínculo trasatlántico» está muerto. En el futuro quizás podamos recomponer la relación, pero será otra.
El grupo parlamentario del Partido Popular Europeo ha propuesto la aprobación del «mercado único» como elemento esencial de la respuesta. Estoy totalmente de acuerdo, porque el campo de batalla fundamental no es Groenlandia ni las barreras arancelarias, sino nuestra creciente dependencia económica de Estados Unidos en todo lo referente a la Revolución Tecnológica. Trump quiere consolidar una relación de vasallaje, que nosotros deberíamos tratar de evitar a toda costa. Para ello no tenemos mejor alternativa que consolidar la Unión Económica y Monetaria, poniendo fin a barreras de todo tipo entre nuestros productos y estableciendo una legislación y una fiscalidad apropiada para facilitar la fusión de empresas y la innovación en los sectores críticos. Trump alimenta los nacionalismos europeos porque son garantía de nuestra división, de la misma manera que trata de volar la Unión Europea, dique de contención de la arbitrariedad de las grandes corporaciones norteamericanas.
Ya no caben más dudas sobre cómo afrontar la crisis de Groenlandia ni las amenazas arancelarias, porque ya sabemos que las cesiones solo alimentan más y más exigencias y humillaciones. Es tiempo de firmeza y dignidad, aunque en el corto plazo conlleve sacrificios que, por otra parte, están garantizados. La crisis de Groenlandia es tan gratuita como irresponsable. El uso de la política comercial como un instrumento de continuo chantaje es algo inadmisible. Puede parecer que tenemos poco margen de maniobra, pero no deberíamos olvidar que el flanco débil de Trump es el doméstico.
Durante un año los legisladores republicanos se han mantenido en una silente docilidad, temerosos del control que el presidente ejerce sobre el presupuesto del partido para apoyar candidaturas. Las cosas han empezado a cambiar ante comportamientos inadmisibles, en el fondo y en la forma, del propio Trump. El trato que está recibiendo el presidente de la Reserva Federal, equivalente al gobernador del Banco Central Europeo, o el gobierno danés, con el conjunto del bloque europeo a su espalda, está escandalizando a propios y extraños en el Capitolio y disparando las alarmas sobre el estado psicológico del presidente. Ya no se trata de debates ideológicos o programáticos sino de batallas absurdas e innecesarias que acaban afectando negativamente a los intereses nacionales y a la imagen de Estados Unidos en el mundo. Hay mucho trabajo diplomático que hacer en Washington, pero de nada servirá si no damos en Bruselas los pasos necesarios para afrontar un nuevo tiempo.