JOSÉ MARÍA RUIZ SOROA-EL CORREO
Ser vasquista es una forma especial y concreta de ser ciudadano y de ser vasco que no a todos alcanza y que requiere una identificación plena con unos valores. «Primero, lo nuestro»
 
Se ha cumplido recientemente la predicción hace muchos años formulada por Gurutz Jauregui de que la práctica política en Vasconia exigiría inexorablemente a todos sus participantes la condición de ser vasquistas, so pena de quedar fuera de toda posibilidad de influencia en el devenir del país. Y así, en efecto, el último que faltaba, el Partido Popular vasco, se ha declarado recientemente vasquista. Los socialistas dieron ese paso en 2005, los de Podemos ni siquiera han necesitado planteárselo expresamente pues su aceptación del marco teórico del vasquismo es tan obvio en la izquierda que ni siquiera se percibe como cuestión a debatir. Ya solo quedan fuera, y por ello condenados al ostracismo político, los de Ciudadanos y Vox.

Por cierto, de parecida manera, como un deslizamiento hacia la vasquitud política, hay que comprender lo sucedido recientemente en Navarra con el decantamiento del Partido Socialista navarro hacia una acción política común con el nacionalismo vasco y su alejamiento de la derecha, foral sí pero recelosa de lo vasco. Lo relevante del corrimiento político no está en sus aristas hirientes de complicidad con los exetarras, lo más publicitado, sino en el movimiento de fondo de los socialistas navarros hacia una política marcadamente vasquista.

Ahora bien, esta del vasquismo es una connotación política que resulta un tanto borrosa. Cierto que casi todos los ciudadanos activos intuyen qué significa ser vasquista para un partido político o una persona que no es ya nacionalista vasca. Perciben, por ejemplo, que esa condición exige un cierto alejamiento de sus matrices políticas nacionales (españolas), una reivindicación de diferencia y autonomía por respeto a Madrid, un respeto deferente por ciertos rasgos característicos de la sociedad vasca histórica y actual, y un compromiso con ciertos valores particulares de aquí que se renuncia a cuestionar. Pero si se intenta ahondar en la cuestión y precisar con mayor exactitud y concreción qué es eso de ‘ser vasquista’ como forma de asunción de una política diversa de la de los ‘no vasquistas’ la cosa requiere un poco más de reflexión. La que sigue es mi aportación a ello.

Empecemos por una tautología: ser vasquista no es lo mismo que ser vasco, puesto que si lo fuera todos lo seríamos y sería una condición indistinguible de la de ciudadano empadronado aquí. No, ser vasquista es una forma especial y concreta de ser ciudadano y de ser vasco, que no a todos alcanza y que, además, requiere para existir de una identificación activa con ciertos valores que se predican como vascos, que tienen ese preciso label. En cierto sentido, implica hacer de la identidad colectiva una parte esencial de las metas políticas a diseñar y desarrollar, supone incluir en el paquete de la ideología partidista un condicionamiento étnico o histórico que no es de por sí obvio ni necesario. Ser vasquista está en la línea de ser nacionalista, porque en ambos casos se politiza la identidad étnica o ancestral que se descubre en la sociedad (que ‘se construye’ en puridad), la diferencia está en la exclusividad de ese sentimiento de pertenencia o su compatibilidad con otras lealtades. Los vasquistas son unos políticos que han empezado a hablar la poesía nacionalista, aunque todavía lo hagan en prosa y de manera balbuceante.

Más en concreto, el vasquismo de una fuerza política implica la asunción de que la sociedad regional a que atiende es una sociedad distinta y particular de la común española y de otras regionales no tanto por sus características contingentes (composición, riqueza, índices de bienestar, ocupación, especialización económica, desarrollo, etc.) como por sus caracteres históricos y étnicos que se presentan como esenciales para su misma supervivencia. El vasquismo dice que la sociedad vasca es ante todo y sobre todo vasca. Y la política que es posible y es obligado hacer en ella atiende sobre todo a sus necesidades características. Crear riqueza es también ‘hacer país’, claro está, pero lo más relevante para el vasquista es hacerlo de una manera especial que respete sus valores e instituciones peculiares. Hacer el país material sí, pero conservar el inmaterial, el heredado, el esencial.

La extensión del vasquismo a más y más fuerzas políticas conlleva -es relevante señalarlo- la disminución del pluralismo político de nuestra sociedad, un pluralismo que había sido señalado como rasgo esencial de la sociedad vasca desde Juan Pablo Fusi. Probablemente esta es una asunción que es preciso revisar hoy, en que el parque temático vasco está dominado por un sentimiento muy homogéneo de satisfacción bienestarista y un poco supremacista que conecta con la vasquitud difusa y general.

Si vamos a términos más concretos, el vasquismo implica aceptar como dogma de fe que la situación del País Vasco no es privilegiada de manera alguna, sino que se justifica en la historia y (¿por qué no decirlo?) en nuestro carácter probo y ahorrador. Implica asumir que las políticas de construcción nacional (por mucho que en privado las critiquemos) son intocables y no tienen marcha atrás. Que la mejor relación con el Estado es una bilateral y pactista, no una de ‘café para todos’. Que todo lo que se obtenga como rédito del poder de arbitraje vasco en la política madrileña es merecido. Vamos, que aunque suene mal oído de los labios del teñido ese, la idea de fondo que expresa el lejano líder americano es bastante correcta: ‘Euskadi first’. Pues eso.