Editorial-El Correo
- El calentamiento global se convierte en un problema local en el mar, el campo y las ciudades del País Vasco que golpea a su economía y a toda una forma de vida
El calentamiento global se ha convertido en un problema local en Euskadi. Tradicionalmente se percibía a la cornisa cantábrica como una zona refugio frente al calor extremo y la aridez del centro y sur de la Península o de Europa. Sin embargo, el cambio climático ha destapado la vulnerabilidad de regiones que se creían más blindadas a sus perniciosos efectos. El País Vasco ha dejado de ser un oasis y sufre el rigor de la emergencia climática como otros territorios más expuestos a elevadas temperaturas. Lo padecen las ciudades que no estaban preparadas para soportar jornadas tan asfixiantes, pero también el campo y la costa. La sequía y la sucesión de olas con el termómetro disparado han obligado a adelantar las cosechas más señeras, como la vendimia, y han transformado en auténticos secarrales los pastos necesarios para el ganado.
El último dato que ha encendido las alarmas científicas es el creciente aumento de la temperatura de las aguas en el Golfo de Bizkaia, atribuidas a olas de calor marinas cada vez más intensas y precoces causadas por la acción humana. En suma, un fenómeno anómalo que no solo altera el delicado equilibrio del medio ambiente, sino que golpea a la economía y pone en riesgo toda una forma de vida. Es un hecho la proliferación en nuestras playas de la peligrosa carabela portuguesa. Pero es más grave para el sector pesquero el desplazamiento de los bancos de anchoas, verdeles, bonitos o merluzas en busca de aguas más frías. Un mar anormalmente cálido -el Cantábrico ha rozado este verano los 25 grados- eleva además el riesgo de fenómenos meteorológicos extremos como las danas y el litoral vasco ya es demasiado vulnerable a la subida del nivel del mar por la extensión de sus zonas inundables.
La factura suma costes de energía, transporte y logística. Está por ver cuánto le costará a la UE la crisis que sufre media Europa, ahogada por la escasez de agua. De lo que no debe caber ninguna duda es de la rentabilidad de la lucha contra el cambio climático y eso va a exigir abrir una profunda reflexión pública sobre cómo afrontar la necesidad energética sin dañar el entorno de forma irremediable. Ese debate debe girar sobre la urgencia de descarbonizar nuestro modo de vida. Pero también sobre la resistencia social a la implantación de parques eólicos y solares, cuando teóricamente hay un amplio consenso a favor de las renovables para acelerar la transición. La prolongación de la vida útil de las nucleares, introducida por el Gobierno en Almaraz, tiene todos los visos para sumarse a la discusión, asumiendo que el almacenamiento de residuos radioactivos sigue siendo un reto pendiente.