- Reparo en el adjetivo que cierra el primer párrafo. Debe algo a los dos versos finales de Antonio Machado: «Estos días azules y este sol de la infancia». Escritos en Colliure, hallados en el bolsillo de su abrigo al morir. Él y su hermano bajaban a desayunar por separado en el Hotel Bougnol porque solo tenían una camisa
Pasé el verano de 1987 en la Universidad de Perpiñán, localidad un día célebre en España por las excursiones para ver El último tango en París. Del peñazo de Bertolucci sabemos ahora que contiene una violación real, según denunció la protagonista Maria Schneider. No me consta que a Marlon Brando lo hayan cancelado por ello. Los jóvenes no saben quién fue Marlon Brando y los viejos le agradecerán todavía que enviara a una india a rechazar su Oscar al mejor actor por El Padrino. El mero nombre de Perpiñán tenía en los setenta connotaciones lúbricas. En los ochenta las había perdido. El barrio gitano era lepenista y hablaba catalán. Aunque la variante más bella de mi otra lengua la encontré en un grupo de ancianos de Colliure, mi destino favorito para las escapadas de fin de semana en aquel verano luminoso.
Reparo en el adjetivo que cierra el primer párrafo. Debe algo a los dos versos finales de Antonio Machado: «Estos días azules y este sol de la infancia». Escritos en Colliure, hallados en el bolsillo de su abrigo al morir. Él y su hermano bajaban a desayunar por separado en el Hotel Bougnol, de Madame Quintana, porque solo tenían una camisa. Si bien la playa de Colliure y sus pubs sesenteros colmaban mis necesidades de asueto sabatino, diurno y nocturno, allí imperaba Berkeley: ser es ser percibido. El lugar donde estaba respiraba una conciencia propia de los templos; era un templo civil, tan grande como la población, en memoria de Antonio Machado.
Así que uno podría yacer al sol, mirar a la izquierda para ver la iglesia, mirar a la derecha para ver el muro de piedra, levantar la cabeza para ver el mar, pero todo estaba lleno de Machado. Y claro, eso solo me pasaba a mí. No a los compañeros italianos (aunque solo recuerdo a las italianas), no a los alemanes, ni siquiera a la joven navarra, tan rubia y vivaz, que transitaba ajena al universo poético. Le di vueltas al hecho de que Machado hubiera percibido en el sol de Colliure, que ahora tostaba mi piel, el sol de Sevilla: «este sol de la infancia». No remite al Sol como estrella, claro, habla de la luz. Mientras, «estos días azules» entroncaban con cierta mitología estrictamente privada. A los dos versos del exilio, en realidad, solo les han reconocido el mérito de ser los últimos. Pero había más. Me interrogué y me adormecí. Luego, al cementerio. Una escala obligada en los paseos al atardecer.
De noche, mientras cenábamos, un grupo de jóvenes magrebíes se acercó a preguntarme si era cristiano. Si eso me sucediera ahora, buscaría la mejor vía de escape. Entonces no percibí peligro. Mi respuesta afirmativa suscitó una réplica, si bien vehemente y colectiva, legítima en su caso y demasiado unánime: «¡Dios no puede convertirse en un hombre!». Preferí responder con una pregunta: «¿Dios no lo puede todo?» Se marcharon discutiendo. Seguimos en la terraza y entrecerré los ojos. Matisse había pintado ese cielo imposible.