- El mensaje es claro: los jueces que castigan los excesos de la corte sanchista son mafiosos vestidos con toga. Y serán denunciados por los ejemplares guardianes de las esencias periodísticas.
La cámara hace zoom sobre la foto de un rostro y después se va desplazando, a lo largo de un tablero, sobre otro y otro, y así hasta cinco.
Pudiera parecer el tráiler de una película de mafiosos, con sus fotos pinchadas en el corcho de una comisaría de Nueva York. Pero las imágenes corresponden a la entrevista que le ha hecho Jordi Évole a Álvaro García Ortiz.
Y no, las fotos no incluyen la del primer fiscal general del Estado en ser condenado e inhabilitado en España. Son fotos de magistrados del Tribunal Supremo. Los cinco magistrados de la Sala Segunda del Tribunal Supremo que lo condenaron.
Los jueces con la chincheta y el delincuente, fuera del corcho.
Y, naturalmente, cada foto con el nombre y apellidos del retratado escritos en mayúsculas, bien grandes y rotundas. Que las dianas solo son útiles si marcan los blancos con precisión.
El mensaje es claro: los jueces que hacen su trabajo y castigan los excesos de la corte sanchista son mafiosos vestidos con toga, comprados por una oligarquía corrupta y al servicio de una conspiración fascista. Y serán denunciados por los ejemplares guardianes de las esencias periodísticas.
Hay veces en que la sofisticación tiene que sacrificarse en beneficio de la eficacia. Porque cuando el mensaje es importante, Évole sabe que no merece la pena arriesgarse a que alguien no lo entienda.
Como también lo sabían los tres ministros que el pasado 14 de abril participaron en la rueda de prensa posterior al auto de procesamiento de Begoña Gómez, y que se dedicaron a rivalizar entre ellos por liderar la caza al juez que había osado tratar a la mujer de su jefe como si fuera una ciudadana cualquiera. Por eso también ellos fueron muy claros en la labor de acoso y derribo al juez Peinado.
En realidad, Lo de Évole es el segundo acto de la obra que empezó a representarse ese 14 de abril.
O, si se prefiere, la continuación de la guerra contra los jueces por otros medios: antes políticos, ahora mediáticos.
Es verdad que el sanchismo ha sido, desde siempre, la historia de un acoso permanente a la separación de poderes y a la independencia judicial. Pero ahora, con la familia del líder a un paso del banquillo y la financiación del PSOE a punto de exhibir sus vergüenzas, las cosas ya se han puesto más serias. La cuenta atrás ha comenzado y ya no queda tiempo para el maquiavelismo exquisito.
Sánchez y los suyos lo saben. El mensaje tiene que ser claro y, por tanto, brutal.
¿La razón? Urge construir la coartada que legitime lo que va a venir: el indulto.
El indulto en cualquiera de sus formas. Como ejercicio del derecho de gracia por el Gobierno o como estimación de recurso de amparo por el Tribunal Constitucional. Todo es lo mismo porque todo es hijo del mismo padre.
En estos tiempos sanchistas que corren, el respeto a la precisión técnica, lejos de ser encomiable, se ha vuelto definitivamente esperpéntico.
Begoña, Álvaro… y sentados en el banquillo carmesí al fondo de la sala, despreocupados y en alegre camaradería, comparten risas y confidencias la pareja que el primer día parecía rota. Ábalos y Koldo ya no disimulan. Y parecen tranquilos, como si supieran algo que todos los demás ignoramos. Todos, salvo Sánchez. Y, probablemente, Évole.
No lo duden, en breve Lo de Évole irá sobre la debilidad humana y la necesaria virtud del perdón. Que no hay socialistas malos, sino capitalistas corruptores que se aprovechan de socialistas ingenuos que no están acostumbrados a comer caliente. Y que no hay Gobierno más progresista que aquél que sabe comprender y absolver.
Palabra de Évole.
*** Marcial Martelo de la Maza es abogado y doctor en Derecho.