Emilio Contreras-El Debate
  • Si en 1977 fue la presión serena de la ciudadanía la que empujó a los dirigentes políticos a crear una zona de convivencia, ahora medio siglo después debe ser también esa presión la que derribe con sus votos el muro con el que tratan de dividirnos

Cinco millones de españoles han roto relaciones familiares y de amistad por motivos políticos, el 14 % de la población mayor de edad con derecho a voto. Es el dato más demoledor y preocupante del ‘Atlas de la polarización en España en 2025’, un estudio que hace unos días ha publicado, con un discreto eco en los medios, la organización More in Common, un organismo privado internacional que combate la polarización social para construir sociedades más unidas.

El Atlas mide la temperatura social de nuestro país y afirma que está demasiados grados por encima de lo que es deseable en una sociedad estable. Revela que padecemos un nivel de polarización cada vez mayor, superior al de Alemania o Francia. Y añade que son más las diferencias y enfrentamientos por motivos políticos –derecha o izquierda- que por motivos sociales -ricos o pobres-.

¿Por qué hemos llegado a esto? Porque estamos ante el resultado de una estrategia desplegada por el presidente del gobierno, con la que pretende desandar el camino que los españoles emprendieron en 1977.

La reconciliación fue el cimiento sobre el que se construyó en paz la transición de la dictadura a la democracia. Fue el origen de todo lo que vino después. Sin ella habría sido imposible el entendimiento entre los dirigentes de los partidos más opuestos y enfrentados para construir el sistema político que más libertad, progreso y estabilidad ha tenido España a lo largo de su historia. La reconciliación puso fin a un régimen de excepción cuajado de pronunciamientos que duró más de un siglo, y cerró un ciclo de violencia que nos había arrastrado a cuatro guerras civiles.

Los líderes políticos sólo tuvieron que «elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es plenamente normal», como afirmó el primer presidente de la democracia a los dos meses de su nombramiento, porque los españoles ya se habían reconciliado. Se creó una nueva zona de convivencia política en una España de todos por encima de la lucha partidista. Aquellos años no fueron fáciles; aunque el cimiento social fue tan sólido que aguantó el terrorismo de ETA con 853 asesinatos, un intento de golpe de Estado y varias crisis económicas, algunas muy duras.

Pero también sabemos que así como la industria militar produce bombas perforantes capaces de atravesar los blindajes de hormigón más profundos y de destruir las instalaciones estratégicas más protegidas, también hay cargas de profundidad política capaces de demoler la estabilidad de un país.

El 15 noviembre 2023 el presidente del gobierno lanzó una de ellas cuando anunció que iba a levantar un muro entre los españoles con el pretexto de enfrentarse a la extrema derecha. Desde entonces las cargas de profundidad han sido constantes. Se remueven los odios del pasado, se recupera el recuerdo de una guerra civil que nos desangró hace casi un siglo, se resucita la figura de Franco, que murió hace cincuenta años, y se demoniza a la derecha por su supuesta oposición a la democracia y a las políticas sociales.

Se ha desplegado una estrategia de polarización permanente en los medios de comunicación públicos, en los afines, en los subordinados y en las redes sociales. Frente a la reconciliación, el muro.

Es el argumento base de quien poco o nada ha hecho para desarrollar una política socialdemócrata que le permita mantener el apoyo del electorado histórico del PSOE. Es la única estrategia electoral que le queda al gobierno en teoría más a la izquierda desde 1977 porque, aunque España es el país cuya economía más crece de la UE, tiene uno de los más altos índices de desempleo de la Unión, lidera el paro juvenil y arrastra, entre otros, un problema grave de acceso a la vivienda, especialmente para los jóvenes. Frente a la incompetencia en la gestión, el muro y remover los odios.

Esa estrategia ha tenido como consecuencia que la polarización y la tensión en el debate político alcancen niveles sin precedentes en medio siglo. Durante años, el Congreso ha sido el reflejo de la sociedad española, que desde 1977 quiere que la discrepancia, incluso en los momentos más tensos, que los hubo, se ejerza alejada del enfrentamiento radical. Pero en los últimos años ese reflejo está recorriendo un camino inverso, y la sociedad española empieza a estar contaminada por la tensión y la polarización que tiene su origen en los dirigentes políticos y en el Parlamento.

El panorama que describe el Atlas sería desolador si al final del estudio de More in Common no quedara un lugar para la esperanza: seis de cada diez españoles creen que todavía es posible superar las diferencias. Y esa esperanza que ha salido de un estudio sociológico la han confirmado los extremeños. Como se ha recordado en estos días, ellos han comenzado la demolición cívica del muro con su voto o con su abstención; por cierto, no se sabe qué es más demoledor para la estrategia de Pedro Sánchez. Los sondeos apuntan a que aragoneses, castellano-manchegos y andaluces podrían transitar por el mismo camino en las elecciones autonómicas de los próximos meses.

Si en 1977 fue la presión serena de la ciudadanía la que empujó a los dirigentes políticos a crear una zona de convivencia, ahora medio siglo después debe ser también esa presión la que derribe con sus votos el muro que nos divide.

Entonces podremos hablar de fracaso del muro y de éxito de España.

  • Emilio Contreras es periodista