Rebeca Argudo-ABC
- No entiendo que algunos estén celebrándolo, por mucho que esta haya sido elegida, como celebran el gol de su equipo
No acabo de comprender que alguien sea capaz de celebrar la muerte de Noelia Castillo como si de un triunfo se tratase. Ni siquiera en el caso improbable de que alcanzase a comprender que la ausencia de ganas de vivir de una joven, en absoluto desahuciada pero con inmensa colección de desgracias a cuestas, merezca asistencia estatal para facilitar su muerte. Incluso en ese caso, improbable insisto, creo que pensaría antes que es el fracaso de un sistema incapaz de ofrecer otra alternativa a alguien con ese perfil. Entiéndanme, estoy a favor de la eutanasia. Pero como artefacto piadoso para auxiliar a quien, sin esperanza ni posibilidad alguna de mejora en sus perspectivas vitales, precisa de ayuda para tornar digna una ansiada e irremediable (aunque quizá demorable en demasía) muerte. Me parece una opción, la última a tener en cuenta, desesperada y dramática, pero humanitaria. Por eso creo que no está mal que nuestro código ordenatorio la contemple y regule. Pero nunca, en ninguno de los casos, creo que deba ser interpretada y aplicada como una suerte de suicidio asistido. Sería, salvando las distancias, como estar a favor del aborto pero no como uno más de los métodos anticonceptivos a disposición de la ciudadanía. Por ese motivo, precisamente, no entiendo que algunos estén celebrándolo, por mucho que esta haya sido elegida, como celebran el gol de su equipo preferido o que suban unas acciones. No alcanzo a entender, además, que puedan confluir en la misma cabecita la idea de «poner en el centro» (ese sintagma detestable, al nivel de «ventana de oportunidad», tan en boga) la salud mental y, al mismo tiempo y sin conflicto, la muerte por intervención ajena como solución unívoca a una patología psíquica. Y es que la ley de Eutanasia no contempla la enfermedad mental como causa para solicitar la eutanasia, aunque sí el sufrimiento psíquico, constante e intolerable, y que debe derivar de una enfermedad médica grave, independiente de diagnóstico aislado.
Es por eso que, confiando en que los profesionales que evaluaron a Noelia para dar el visto bueno a su muerte provocada lo hicieron con la mejor de las voluntades, no dejo de preguntarme si una muchacha de 25 años con trastorno límite de la personalidad (uno de cuyos síntomas frecuentes es la ideación autolítica) y trastorno depresivo mayor se encuentra en facultades mentales óptimas para solicitar que le sea aplicada la eutanasia. Pero incluso, como digo, en el supuesto de que así sea (como parece), o de que se trate, como sostienen algunos, de un avance en materia de derechos humanos y libertades personales (que a mí no me lo parece), no creo que haya absolutamente nada que celebrar en que una criatura en la veintena desee dejar de sufrir y el Estado solo sea capaz de ofrecerle facilidades para morir.