Gabriel Albiac-El Debate
  • En el recinto que resuena con las palmas de los fieles, la señora ministra se siente confortada por la tierna sonrisa del superhéroe. Nada es más deleitoso que la dulzura de un jefe, se dice. Sobre todo, si el jefe ha tenido la bondad de hacerla nada menos que ministra. ¡A ella!

«No olvides que es comedia nuestra vida…» Alguien está apaciblemente en casa, releyendo a don Francisco de Quevedo. Desde una radio, o un televisor, o lo que sea, que ronronea al otro lado del tabique, le llegan prolongados alaridos de éxtasis. Es una voz de mujer. No demasiado armónica. Puede descifrar sus entusiasmos: «…Gracias presidente, eres el superhéroe de la democracia…».

Como monólogo cómico no es que le parezca gran cosa. Salvo por un sobreactuado tono extático, que no deja de tener su punto dadaísta. Pero no acaba ahí la cosa. Sube en hilaridad el panegírico «Eres el superhéroe…» Aquí, puntos suspensivos de vacilación retórica, que suenan puerilmente falsos. Enseguida, el planificado hallazgo. Que la eleva hasta las moradas celestiales: «Eres el superhéroe… de la paz». Y en ese punto conclusivo, la voz se quiebra, y el que la oye malamente no sabe demasiado bien si es entusiasmo o sollozo.

No parece gran cosa, la verdad, esta monologuista. En el teatro desde el que se debe de estar retransmitiendo eso, los espectadores, seguro que empiezan ya aburrirse de tanto bocinazo. Y de tanta trascendencia. Solemnidad y humor no ajustan mucho. Un crescendo tembloroso anuncia ahora el vértice del clímax: «Eres el superhéroe de la dignidad, de los derechos y del feminismo». No hay carcajada apoteósica que premie el jaque al pudor de la entusiasta actriz. Mala cosa. Apenas unos comedidos aplausos. Como de encargo.

Pero ella vuelve al ataque: un cómico de verdad profesional jamás se rinde. Por más sinsorga que sea la clientela. Declaración ahora de amor supremo. No sólo amor de la hilarante monologuista a su adorado. Eso no es nada, comparado con lo que está aquí en juego: la ferviente proclamación de amor por el ungido lo es del rendido universo. «En el mundo te quieren a ti». Y no le falta al universo motivo para fenecer de amor ante ese tal ungido, dejémoslo claro. «Te quieren a ti, porque representas la dignidad humana»: nada menos. «Porque representas la democracia, la paz y la civilización»: mejor aún.

Ahí sí, los aplausos empiezan a parecer menos tímidos. Pero la monologuista no ha jugado aún su última carta. Fuerza las cuerdas vocales, no muy graciosamente, y hace palmas. A su compás, un definitivo sortilegio. Funcionará, aunque en la voz se le cuele algún gallo: «¡No a la guerra! ¡No a la guerra! ¡No…!» Y, aunque la clientela no parezca enloquecer de emoción precisamente, aplaude un rato a la esforzada actriz. Mucho aplauso es para tan poco ingenio. Pobrecita. El ridículo, ya lo hace ella sola. Y, más que ovación, aquello parece un benévolo acto de piedad o de consuelo.

En el recinto que resuena con las palmas de los fieles, la señora ministra se siente confortada por la tierna sonrisa del superhéroe. Nada es más deleitoso que la dulzura de un jefe, se dice. Sobre todo, si el jefe ha tenido la bondad de hacerla nada menos que ministra. ¡A ella! Y no ministra de cualquier cosa, no. De lo mejor: ministra de igualdad, nada menos; el pivote del porvenir más luminoso. «Superhéroe» es decir muy poco, se repite. No hay amor en el mundo suficiente para premiar a un bienhechor tan principesco como Sánchez. ¿Quién que no fuera epítome de democracia, paz y civilización, de dignidad humana en suma, se hubiera atrevido siquiera a pensar en su humilde persona para honor tan alto? Sí, sí, seguro que todos en el mundo lo quieren por lo menos igual que ella. Un pequeño esfuerzo más, queridos compañeros: «¡No a la guerra! ¡No a la guerra! ¡No a la…!»

No suena ya la radio. O la televisión. O lo que sea. En el silencio recuperado, alguien retoma, perezoso, el volumen cuarto de la maravillosa edición Blecua de la Obra poética de don Francisco de Quevedo. «Epicteto y Focílides» toman de nuevo la escena. Reina la calma. Algún alma piadosa, en la habitación de al lado, ha desconectado aquel molesto ruido de cómicos gritones. Y alguien aquí susurra, para sólo él oírlo: «No olvides que es comedia nuestra vida / y teatro de farsa el mundo todo / que muda el aparato por instantes / y que todos en él somos farsantes».