Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- Dejen de banalizar la corrupción sistémica reduciéndola a las andanzas de una pandilla de golfos y golfas, porque la corrupción también mata
La fatiga de materiales puede ser la causa inmediata del atroz accidente ferroviario de Adamuz, pero la causa remota es otra: la inmensa fatiga de mentiras de los gobiernos de Sánchez, que han tocado fondo en el estatus de mentiras homicidas, mentiras que matan personas y esperanzas colectivas.
El AVE parecía protegido de la corrupción y las mentiras por su condición de joya de la corona de la ingeniería española y emblema de capacidad nacional: ¡la segunda red de alta velocidad ferroviaria del mundo tras la china, ahí es nada! ¡Una industria ferroviaria a la altura de la mejor mundial! Pero sólo hasta que llegaron los socialistas y sus políticas de progreso.
El AVE ha sido durante largo tiempo la muestra más elevada de las esperanzas materiales y políticas nacionales. Se le atribuían virtudes mágicas como poder articular la red espacial del país, religando la desarticulación autonómica y las diferencias territoriales. A pesar de las obvias deficiencias económicas de un proyecto que tardaría generaciones en amortizarse, las voces disidentes no eran tomadas en cuenta: la mía, sin ir más lejos.
Cuando tuve el honor de ser diputado en la XI legislatura, edad de oro de las esperanzas ferroviarias del Estado de las Autonomías, a excepción de IU y UPyD, el resto compartía la creencia, a medias mágica, en que el objetivo de conectar todas las capitales de provincia por AVE -como lo leen, este era el proyecto oficial- era sumun de patriotismo, clarividencia económica-industrial y envidia del mundo entero. ¿No vino el secretario de Estado de Transportes del presidente Obama a asombrarse en persona de que España asumiera una inversión pública que no osaba hacer Estados Unidos, ni en realidad ningún país europeo?
La corrupción mata
¿En qué quedarán estas ilusiones tras la tragedia de Adamuz? Poco antes del desastre, el singular ministro del ramo había proclamado que “el tren vive el mejor momento de su historia en España”, y que para demostrarlo iba a aumentar la velocidad punta a 350 kilómetros-hora, comprar a China -el nuevo emperador favorito de Moncloa- trenes muy avanzados (y de Talgo, ¿qué se hizo?), y todo esto sin invertir más en mantenimiento y seguridad sino menos, vanagloriándose de que el kilómetro de alta velocidad español fuera mucho más barato de media que el francés o japonés. En eso no mentía, los resultados tampoco.
A nadie pudo extrañar que Óscar Puente despreciara las críticas y avisos de técnicos, ingenieros, maquinistas y pasajeros sobre la caída de la calidad y seguridad de los trenes, ratificada por la cascada de averías injustificadas, accidentes y retrasos que han ascendido hasta los 43 muertos de Adamuz. Es el estilo de Óscar Puente: juzgar la prudencia cobardía, la responsabilidad debilidad y el buen sentido algo absurdo, así que el rey de los insultos y bloqueos en X tiró por donde suele: más insultos, temeridad histérica y mentira incesante.
Su modo de ser y hacer ha convertido el sistema ferroviario en un peligro indudable entreverado de los múltiples indicios de corrupción: contratos trucados para amiguetes y familia, materiales reutilizados e inadecuados, mantenimiento y seguridad deficiente, partidas presupuestadas para obras nunca ejecutadas. La corrupción mata, y si alguien lo dudaba en Adamuz tiene la prueba y en la hemeroteca la causa.
Al fondo Zapatero (con José Blanco)
Como todo lo sucio, corrupto y autocrático de este gobierno, el declive ferroviario también comenzó con Rodríguez Zapatero. El accidente de Angrois, cerca de Santiago, que se cobró 80 vidas, fue hijo de la prisa gubernamental por inaugurar un supuesto AVE de propaganda a Galicia antes de las elecciones autonómicas gallegas de 2012 (dio igual, los votos del PP casi doblaron los socialistas). El tren, conocido como tren Frankenstein porque era un híbrido de diésel y eléctrico, hizo honor a su siniestro nombre el 12 de julio de 2013. Lo había inaugurado en diciembre de 2011 el ministro de Fomento José Blanco, otro nombre usual en las cloacas del sistema.
El accidente tuvo lugar durante el primer Gobierno de Rajoy, que asumió sin revisarlo el plan ferroviario; Renfe siguió vendiendo el falso AVE a Galicia como uno auténtico hasta poco después de Angrois (quizás porque demostré en la Comisión del Congreso que era un AVE falso). Siguió adelante la quimera de conectar todas las provincias a través del AVE. Fíjense si es quimera que el AVE a Hendaya, la famosa “Y vasca”, lleva un retraso de veinte años (y un sobrecoste de 2.200 millones €) a pesar del interés en la conexión con Francia -que sigue sin estar interesada- y de la habilidad del PNV en ordeñar al gobierno de turno en Madrid.
Angrois mostró tres cosas lamentables: la irresponsabilidad gubernamental capaz de sacrificar la seguridad a las urgencias de la propaganda electoral; la ascendencia del pensamiento mágico que rechaza cualquier crítica razonada al plan AVE como delito de lesa patria; la habilidad de los responsables políticos de la inseguridad en culpar al maquinista y frustrar una verdadera investigación independiente. La sentencia judicial tardó 12 años; 23 años después, los supervivientes disconformes del tren Frankenstein siguen esperando justicia, ahora de Estrasburgo.
Una auditoriía independiente
Pues bien, los mismos que piden que no politicemos el dolor, a pesar de que el dolor en cuestión ha sido causado de nuevo por las mentiras políticas, ya están perpetrando un segundo Angrois para la investigación de Adamuz, con expertos de Renfe y Adif investigando a sus empresas… en el papel de juez y parte. Nada bueno saldrá de eso. Adamuz pide a gritos una auditoría independiente exhaustiva de las actividades de Adif, Renfe y el Ministerio de Fomento, territorio de bandidaje de los Ábalos, Koldo, amiguetes varios, familia y amigas de pago.
Por favor, dejen de decir y pedir que no politicemos lo que urge politizar, es decir, de hacer públicas las causas y depurar responsabilidades políticas y penales. Dejen de banalizar la corrupción sistémica reduciéndola a las andanzas de una pandilla de golfos y golfas, porque la corrupción también mata. Como matan las mentiras por sistema evacuadas por Moncloa en sus cámaras de resonancia mediática. Mata personas en accidentes anunciados, y mata las esperanzas colectivas de un país enfrentado a la penúltima exasperante decepción: la de los trenes milagro, admiración del mundo entero, también degenerada a farsa, estafa y peligrosa ruina.