Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • Con su estrategia de partido a partido, en vez de aplicar una mirada larga y desacomplejada, el PP sigue sin convencer a miles de huérfanos de la política

Septiembre de 1982. Alfonso Guerra enseña a un reducido grupo de periodistas un documento con las conclusiones de un trabajo, encargado por el Gobierno de la Unión de Centro Democrático (UCD), en el que se recomendaba al candidato a las elecciones de ese partido evitar públicamente comentarios, actitudes o posturas que acentuaran su religiosidad. El candidato se llamaba Landelino Lavilla, y efectivamente era, además de un destacado jurista -fue quien diseñó en 2014 el proceso de abdicación del Rey Juan Carlos-, un hombre de profundas convicciones católicas.

Landelino fue en aquellas elecciones, las de la aplastante victoria del PSOE (202 diputados), el cabeza de lista del partido que fundara Adolfo Suárez, pero el Gobierno, tras el fallido golpe de Estado del 23-F, lo presidía Leopoldo Calvo-Sotelo. Junto al informe cualitativo -filtrado al PSOE desde el propio Gobierno, según dio a entender Guerra-, el vicesecretario de los socialistas mostró a los allí presentes un periódico en el que aparecía el candidato centrista en un reclinatorio y en actitud de profunda introspección. La conclusión a la que llegaba Guerra parecía la más lógica: a Landelino le estaban haciendo la cama desde sus propias filas.

“¡No le han pasado el informe! ¡Quieren que gane la derechona!”, exclamaba, divertido, el número dos del PSOE en su despacho de la calle Santa Engracia. Y así fue. La UCD pasó de los 168 escaños obtenidos en 1979 a 11, y Manuel Fraga, exministro de Franco, logró 107 asientos al frente de un nuevo partido que agrupaba a las derechas de toda la vida, Alianza Popular. Supongo que a Alberto Núñez Feijóo no le pasa lo mismo; no le ocultan información. Me refiero a los suyos, claro; y a información relevante, no a los cotilleos de pasillo. Aunque hay detalles que podrían hacernos sospechar que sí, que hay un sector en el PP que se resiste a ocupar el espacio natural de un partido que se dice liberal, que añora a Fraga, que va a su bola y que sigue pensando que Vox es el hijo descarriado que algún día volverá a la casa del padre.

Sánchez sí sabe a qué juega

No sé si le cuentan todo, pero de lo que no hay duda es de los goles que le cuelan, como lo de Vito Quiles cerrando campaña en Aragón. Lo de Quiles tiene importancia porque se ha interpretado, y lo es, como un síntoma de doble debilidad. Por el temor que revelaba la presencia del activista, y porque debiera haber provocado más de un despido fulminante y no parece que lo haya habido ni lo vaya a haber. Te llevas a Quiles y a Los Meconios a Zaragoza y a renglón seguido entras al trapo que te tiende Pedro Sánchez alimentando el debate de quién es más culpable del ensanchamiento electoral de Vox. Conclusión: salvo tú -y no todos los días- casi nadie sabe a qué estás jugando.

Y ahí es donde gana Sánchez de calle, como ha apuntado Javier Redondo con su habitual perspicacia. Él, Sánchez, sí sabe a qué juega. A Feijóo lo desprecia, y a Abascal le provoca. Busca que la opinión pública, en especial la de centro-izquierda, identifique al líder de Vox como su verdadero rival y a él como único contrapeso. Y tú, Alberto, no aciertas a impedirlo. Sánchez sabe que ha podemizado tanto al PSOE que solo empujándote para que te difumines en los contornos de la derecha dura puede evitar que ocupes una parte del territorio que el PSOE ha abandonado. Pero tú no lo ves; o no lo quieres ver. Históricamente, a los socialistas el CIS les ha situado, con un 4, en la zona templada de la izquierda de la escala ideológica (0 ultraizquierda, 10 ultraderecha). Ya no. Con Zapatero se produjo una cierta radicalización, pero ha sido Sánchez el que ha confirmado la metamorfosis.

Un reciente estudio de Juan Jesús González catedrático de Sociología de la UNED y autor de Las razones del voto en la España democrática (1977-2023; Catarata, 2024), revela que mientras el votante medio se ha desplazado hacia la derecha, pasando de un 4,5 a un 5, el PSOE se ha alejado de la centralidad, cayendo en solo dos años (2023-25) del 3,4 al 3,1. Una barbaridad en clave de medición sociológica. ¿Le han contado esto señor Feijóo, o se lo están ocultando? Porque la pregunta que hay que hacerse a continuación parece obvia: ¿Cuántos españoles mayores de edad caben entre ese 3,1 colindante con la izquierda radical y el 5 de la España moderada?

Desierto emocional

A la espera de que cuaje alguna operación que rescate al PSOE de las garras del kirchnerismo, es entre esos dos guarismos donde se sitúa ese vasto espacio de orfandad tantas veces invocado y que nadie parece estar dispuesto a explorar. Es ahí donde puede estar la gran oportunidad de un partido de centro liberal, y no en la inútil disputa con quien no tiene la menor intención de volver al redil. Según el estudio del profesor González, a los votantes del PP les separa de los de Vox solo un punto en esa escala de auto ubicación: 6,6 (PP)-7,6 (Vox). Mala cosa. Porque, ¿dónde hay más espacio: en esta estrecha franja o en la que va de ese escorado 6,6 al todavía más sesgado 3,1 del PSOE?

Carlos Souto vaticina aquí con acierto que “si algo verdaderamente nuevo va a surgir en España, tiene más posibilidades de hacerlo desde el flanco donde el sistema ha agotado su relato que desde aquel donde las estructuras ya están blindadas. Por la derecha hay siglas y techo. Por la izquierda hay aparato, pero también desierto emocional. Y en política, los desiertos emocionales son terreno fértil”.

La cuestión de fondo, señor Feijóo, no es si pactar o no pactar con Vox. La cuestión es previa, y consiste en lograr que de una vez se visualice un proyecto y un modo de actuar propios, abandonando el cholismo político al que juegan sus asesores. Y luego ya se verá. La estrategia del partido a partido, de la ocurrencia efectista nuestra de cada día, se ha demostrado muy poco útil, por no decir corrosiva. Lo que los huérfanos y otros esperan es una apuesta de mirada larga, sólida, desacomplejada, sin miedo a lo que pase en los flancos. De otro modo, no es descartable que, salvando las distancias y las circunstancias históricas, el PP entre en una dinámica similar a la que acabó disolviendo la UCD; más lenta, pero irreversible.