Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • Han pasado 30 años, y no queda línea nuclear de aquel PSOE que Pedro Sánchez no haya retorcido. Incluida la manera de afrontar los casos de corrupción

En estos últimos años, he comprobado cómo entre los defensores más acérrimos de Pedro Sánchez hay personajes que hicieron carrera y prosperaron -algunos más allá de lo previsible-, en las cercanías de los gobiernos presididos por Felipe González; o directamente, desde dentro, como altos cargos de aquellos equipos ministeriales.

Unos apoyan a Sánchez por fidelidad a la causa y a la marca, al margen de quien sea el patrón del barco. Otros porque, para no perder la costumbre, siguen ordeñando la vaca, en nombre propio o mediante persona interpuesta: hijos, nietos, cuñados o amigos. Unos y otros, pero sobre todo estos últimos, nutren el club de los “quien te ha visto y quien te ve”, en alusión a la que consideran intolerable evolución ideológica del expresidente del Gobierno.

Achacan a González un cambio radical de criterio en cuestiones que su religión considera inalterables, como si la modificación de las opiniones provocada por la aparición de nuevas variables sociales, económicas o geopolíticas fuera una debilidad inadmisible y no una muestra de viva inteligencia. Pero es que además no es verdad. Si leemos lo que Felipe defendía en, por ejemplo, 1993, comprobaremos que su visión política, su modelo de país, en lo esencial, siguen teniendo parecidos razonables.

‘Quién te ha visto y quién te ve’

Es en todo caso evidente que el exlíder socialista no es el que era cuando cogió las riendas del PSOE en Suresnes (1974). Como tampoco son los mismos aquellos que enarbolan el carné del partido para llamarle facha o incluso fascista en redes sociales. Bien es verdad que los que así califican a Felipe o a Alfonso Guerra o a García-Page también tienen todo el derecho del mundo evolucionar, y a ser mucho más lerdos de lo que eran cuando el PSOE ganó por primera vez, y con mayoría absoluta, las elecciones (1982).

A Felipe le dicen lo de “quien te ha visto y quien te ve”, pero ellos no se miran ni de reojo en el espejo. Probablemente porque saben que lo que verían reflejado es el retrato desfigurado de quien sí ha cambiado, no ya de opinión, sino, mucho más trascendente, de principios. Porque cuando hablamos de esto, de los fundamentos profundos que sostienen una ideología, lo que no es opinable es que Sánchez, en dos semanas, decidió alterar los principios del partido infinitamente más que González en 23 años de liderazgo y 14 de gobierno.

Noviembre de 2019 y julio de 2023, son las fechas que marcan la transformación del PSOE en otra cosa. La entrada en el gobierno de los que le quitaban el sueño, y la compra, a un precio desorbitado en clave de decencia política y dignidad institucional, de los 7 votos de Puigdemont, son la Caja de Pandora de Pedro Sánchez. Pero de eso no dicen nada nuestros dogmáticos exfelipistas.

Diez diferencias

Han pasado exactamente 30 años desde que Felipe González perdiera las elecciones (ganó el PP con un margen del 1,16%). Treinta años, una cifra redonda que ya permite enfrentar realidades: la que refleja cómo dejó el PSOE (y el país) Felipe, y cómo lo va a dejar ahora Sánchez. Una ocasión inmejorable para comparar liderazgos e itinerarios personales, y para que cada cual saque sus propias conclusiones.

Aquel momento y este tienen indudables puntos comunes: clima político irrespirable, crispación, corrupción, sensación de fin de ciclo. Y muchas diferencias, ciertamente. Pero sin entrar en el cuadro macro, sujeto a interpretaciones complejas; ni en la política exterior y sus consensos dinamitados; ni tampoco en la distancia que separa contextos difícilmente comparables en lo que se refiere al papel y comportamiento de las concretas instituciones; ni aún menos en el cotejo de las metodologías aplicadas al objetivo de conservar el poder, estas son las diez principales diferencias (hay más) que a mí me salen cuando ponemos en ambos platos de la balanza aquel 96 y este 26:

1.- Apoyo popular. Felipe González perdió las elecciones con un 37,63% de los votos (el PP ganó con un 38,79%), pero dejó un partido con una base electoral muy sólida. Las encuestas más favorables (a excepción de las manipuladas del CIS) le dan al PSOE de Sánchez, en el mejor de los casos, una expectativa del 26% de los sufragios.

2.- La sucesión. Poco después de la derrota, González anunció que no repetiría como candidato. El partido estaba tocado, pero había banquillo donde elegir. Sánchez ha puesto el partido a su servicio. No ha dejado crecer la hierba a su alrededor. El sanchismo no tiene relevo convincente dentro del sanchismo.

3.- Los ‘patxilópeces’. El Grupo Parlamentario socialista de aquella lejana legislatura (1993-1996) estaba repleto de nombres con criterio propio y un bagaje profesional y político notable: Solana, Solchaga, Solé Tura, Borrell, Fernández Marugán, Rubalcaba… El de hoy tiene menos autonomía que los diputados de Vladimir Putin en la Duma.

4.- El Parlamento humillado. En 1996 el Parlamento era el centro de la vida política. En 2026 ha alcanzado sus más bajas cotas de protagonismo e influencia política y social.

5.- Desprecio institucional. Hace 30 años existían casos de colonización institucional. Sin duda. En especial, las maniobras para ejercer el control indirecto del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), que tras la reforma de 1985 seguía siendo principal terreno de la batalla institucional. Pero en la mayoría de instituciones y empresas públicas se solían guardar las formas, valorando por lo general la capacitación profesional a la hora de elegir a sus responsables. Hoy: Correos, Paradores, etc.

6.- La Monarquía. A pesar de que la tradición del PSOE que heredó González era republicana, el partido asumió la Monarquía parlamentaria como el punto de partida para construir un modelo de convivencia en el que cupiéramos todos. Lo mismo hizo el Partido Comunista de Santiago Carrillo. Eso se ha cuestionado de forma frívola e irresponsable, como nunca antes, en estos últimos ocho años.

7.- Sin límites. En el pasado, los gobiernos socialistas (también del PP) hicieron discutibles concesiones a los nacionalismos periféricos, pero siempre buscando su implicación en la gobernabilidad del Estado. Y con líneas infranqueables a la hora de negociar: los herederos de ETA y el secesionismo. Esos límites ya no existen. Fueron suprimidos no para mejorar la vida de la gente, sino para satisfacer una ambición personal.

8.- La Constitución depreciada. Hasta Sánchez, la Constitución mantenía su plena vigencia como gran contrato social. Con Sánchez, el menosprecio mostrado a su espíritu (último ejemplo: la pretensión de aprobar en la Diputación Permanente los decretos, ahora tuneados, que fueron derogados por el pleno del Congreso), y la práctica habitual de intentar esquivar el cumplimiento de su letra, han sido dos de las señas de identidad de este gobierno.

9.- Las dos Españas. Nada más lejos de mi intención dramatizar, pero una de las más graves secuelas de estos años es el deterioro de la convivencia, la búsqueda permanente de un enemigo para mantener un discurso populista de confrontación extremadamente dañino. González dejó un PSOE gravemente herido por la corrupción, pero se hizo cargo de la culpa y no buscó en otras lindes a los responsables. Tras cada escándalo conocido, después de cada revés político, los spin doctors de Sánchez, alineados en la escuela que defiende la mentira como legítima herramienta de la lucha política, han provocado un incendio, alimentando casi siempre el relato de buenos y malos, de la España megaprogresista contra la retrógrada, de las élites por un lado y los pobres desgraciados a los que los sueldos que impone la oligarquía no les dan para alquilar una vivienda por otro. El enfrentamiento como patrón de conducta. El muro. Las dos Españas. De nuevo.

10.- Vivienda y huelga general. Última diferencia. Esta de ahora mismo. La media anual de las viviendas sociales construidas entre 1983 y 1996 fue de 81.000. La media del período 2019-2016 es de 8.789. Felipe González construyó cada año diez veces más viviendas sociales que Sánchez. A González los sindicatos le convocaron cuatro huelgas generales. Sánchez le ha montado una huelga general a la Oposición. Y no parece muy preocupado porque la izquierda radical, de aquí al 29 de noviembre, monte un incendio diario en las calles.

Pues eso: que quien os ha visto y quien os ve. Agur.