Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Cualquier expresión que lleve la coletilla «de género» contiene ideología. No llamemos violencia de género a la violencia machista. La igualdad ante la ley, sin distinción de sexo, es condición de democracia

Alas manifestaciones del 8-M ya no va nadie. Acaso se empiece a comprender o intuir que los objetivos feministas se alcanzaron hace tiempo. Los que siguen organizando movidas es que viven de la causa, ya sea en sentido pecuniario, ya sea en sentido emocional. Este último no es baladí. No quiero ni pensar en lo que puede llevar a alguien a disfrazarse de mosca o superheroína, formar con cien tías, hacer un baile ridículo y repetir «el violador eres tú» mientras apuntan con el índice hacia delante. La ínfima y grotesca secta que ha heredado la prestigiosa etiqueta del feminismo tiene nuevas reivindicaciones, pero estas suelen ser incompatibles con principios democráticos fundacionales. Sus actos y lemas son agresivos hasta el gruñido. La posibilidad de desprogramar a alguno de los sectarizados es bastante escasa. Pero, como siempre queda la esperanza, aquí abajo dejo algunas afirmaciones de difícil discusión. Son duras, advierto, no se pueden partir.

Este feminismo no bebe de ideas ni transmite argumentos; bebe de frustraciones y transmite rabia. El feminismo de verdad ya cumplió sus objetivos. El actual entra en flagrante contradicción al aliarse con el movimiento trans hasta llegar a fundirse, como sucede. La condición de mujer no depende de la decisión del sujeto, aunque la ley así lo establezca; hacer decir a la ley cosas contrarias a la biología debilita la fuerza de aquella, no de esta. El género como constructo social es un juego personal que no debería vincular a terceros. El sexo, genitalidad, no depende de la voluntad; vincula cuanto vincula la naturaleza. El sexo, no el género, corrige la indefinición de ‘mujer’. El movimiento trans no es aliado de las mujeres: es su enemigo más peligroso, su borrador.

La orientación sexual es asunto de cada cual. Ser homosexual no implica engrosar un colectivo, no condiciona una estética, no determina una ideología. Pretender lo contrario es homófobo. Preguntar o sugerir —aun veladamente— a niños que muestran inclinación por otros niños, y a niñas que lo hacen por otras niñas, sobre el género «del que se sienten» es homófobo. Impedir la intervención de padres, psicólogos o médicos ante menores que creen vivir en un cuerpo equivocado (salvo para darles la razón, reafirmarles) es una medida autoritaria y catastrófica. Las leyes que obligan a ceñirse a interacciones afirmativas tienen consecuencias de pesadilla al traducirse en mutilaciones y tratamientos cuyos efectos no son reversibles. Las víctimas solo comprenden su condición pasado el tiempo; entonces cuentan que han sido privados de deseo sexual para toda la vida, se arrepienten de sus decisiones y no se explican cómo el sistema no solo no les impidió destruirse, sino que les facilitó el camino.

La inmensa mayoría de los hombres no son violadores ni maltratadores. Posiblemente las manifestantes hablen de sus parejas. Cualquier expresión que lleve la coletilla «de género» contiene ideología. No llamemos violencia de género a la violencia machista. La igualdad ante la ley, sin distinción de sexo, es condición de democracia.