Carlos Souto-Vozpópuli
El sanchismo ya solo se aferra con uñas y dientes al absurdo, pero el absurdo tiene un límite
Así están los lazos del gobierno sanchista con sus aliados más marginales. Son frágiles, improvisados, funcionales mientras sirven. Una coalición que se sostiene más por la necesidad que por la convicción. Pero ya no hay forma de disimular las costuras: se están abriendo grietas. Cada actor empieza a mostrar sus verdaderos intereses, y aunque el gobierno de Pedro Sánchez parezca, en principio, dispuesto a todo —y a todos— para mantenerse en pie, esa voluntad ya no garantiza los mismos resultados.
Porque sí, Sánchez es, sin duda, el mejor jugador de la política española del momento. No el más honesto, ni el más transparente, pero sí el más hábil. Sabe moverse entre los escombros de sus propias promesas, cambiar de piel sin despeinarse, retroceder para luego avanzar dos casilleros. Y lo ha hecho muchas veces. Tiene una cualidad camaleónica: no se le nota el giro hasta que ya está en otra posición. En ese sentido, recuerda a esos ilusionistas de feria que te hacen aplaudir mientras te vacían los bolsillos.
Pero la pregunta ya no es si Sánchez quiere seguir gobernando —eso está claro—, sino si puede. El poder que ostenta ya no es el mismo que tenía hace unos meses. Las fisuras ya no son discretas ni silenciosas. Hay desertores morales en sus propias filas. Algunos se van por hartazgo. Otros porque empiezan a notar que la música del Titanic no era una serenata.
Y no es un fenómeno exclusivo del PSOE. Increíblemente, también está ocurriendo en Vox. La descomposición no respeta colores ni extremos: sucede en la izquierda más radical y también en la derecha más encendida. Sucede, simplemente.
Hasta ahora ha demostrado una habilidad quirúrgica para resistir bajo fuego cruzado. Su política de alianzas es una mezcla de pragmatismo sin escrúpulos y cinismo con buena dicción
Entonces aparece la pregunta de siempre: ¿Se va Sánchez? ¿Cuándo? ¿Por qué? Y más de uno responde con una carcajada nerviosa: “¡No! ¿Cómo se va a ir?”. Y empieza el catálogo: la esposa imputada, el cuñado complicado, el suegro sospechoso, los contratos bajo investigación, la manzana judicial rodeada… pero él sigue. Y es cierto. Sigue. Porque hasta ahora ha demostrado una habilidad quirúrgica para resistir bajo fuego cruzado. Su política de alianzas es una mezcla de pragmatismo sin escrúpulos y cinismo con buena dicción. Lo que en otro político sería una mancha, en él es una anécdota. Como si todo le resbalara en una chaqueta impermeable de institucionalidad.
Pero la política no es sólo racional. No es una suma de expedientes ni un cálculo frío de fuerzas. Hay variables invisibles que operan en la sombra: egos, estados de ánimo, señales, gestos, traiciones, humores colectivos. Sánchez ha contado con la suerte del momento, con una oposición débil y fragmentada, y con una prensa que en general ha preferido mirar hacia otro lado. Pero todo eso tiene fecha de vencimiento.
El poder es sólido… hasta que deja de serlo. Y cuando eso pasa, cuando un líder como Sánchez —acostumbrado a dictar las reglas del juego— pone una rodilla en tierra, la política se vuelve cruel. Muy cruel. En este oficio, como en el octógono, no se perdona a los caídos.
Ha usado todos los recursos a su alcance con maestría. El problema no es su falta de talento. El problema es que el talento, cuando no tiene límites éticos, se torna venenoso
No olvidemos que Sánchez ha gobernado con un presupuesto incomparable al de sus rivales. Ya lo dije alguna vez y lo repito: “Político pobre, pobre político”. Y él lo sabe. Ha usado todos los recursos a su alcance con maestría. El problema no es su falta de talento. El problema es que el talento, cuando no tiene límites éticos, se torna venenoso. Y ese veneno empieza a intoxicar incluso a los que lo acompañan.
Hay una frase de Talleyrand que le calza perfecto al momento: “Todo lo excesivo es insignificante”. Y el sanchismo, en su afán de controlarlo todo, está empezando a volverse insignificante. Porque cuanto más pacta, más se disuelve. Cuanto más se aferra, más se desgasta. Y cuanto más sobrevive, más evidente se vuelve que sólo sobrevive.
Y si ese equilibrio se rompe, si finalmente la grieta en la estructura se convierte en fisura abierta, lo que viene después no es la gloria ni la retirada digna. Es la caída.
Entonces uno se pregunta si esto tiene arreglo, si todavía hay alguna brújula en el medio de esta feria. Pero ahí aparece la política real, la de todos los días, la de pasillos, cuchicheos, traiciones, silencios, encuestas escondidas, broncas que se fermentan como sidra. Y uno entiende que el derrumbe no es un acto: es un proceso.
Ojalá que cuente con alguna cuerda aferrada a un gancho en alguna piedra, y que no espere que ninguna mano tire de la cuerda y lo rescate. Porque en política cuando, el abismo se acerca, las manos se sueltan. Siempre se sueltan
Hay gobiernos que avanzan a paso firme, otros que caminan a los tumbos y algunos, como el de Sánchez, que apenas cuelgan casi de la nada. Como esos escaladores temerarios que se aferran a una roca lisa, en ángulo inverso, sabiendo que cualquier punto de apoyo es precario. Ojalá que cuente con alguna cuerda aferrada a un gancho en alguna piedra, y que no espere que ninguna mano tire de la cuerda y lo rescate. Porque en política cuando, el abismo se acerca, las manos se sueltan. Siempre se sueltan.
Albert Camus escribió: «El absurdo nace de la confrontación entre la llamada humana y el silencio irracional del mundo”.
El sanchismo ya solo se aferra con uñas y dientes al absurdo, pero el absurdo tiene un límite. Y la gravedad -política, ética o literal – siempre termina haciendo su trabajo.