Jesús Cacho-Vozpópuli
- Pérez es el perfecto arquetipo de ese tipo de capitalismo madrileño, más que español, acostumbrado a vivir agarrado a las faldas del Gobierno de turno cual garrapata.
Un ya anciano Johann Buddenbrook contempla impotente la lenta agonía del imperio familiar por él fundado en la Mengstrasse de Lübeck en la primera mitad del XIX. Su hijo Jean ha logrado no solo mantener la herencia recibida sino llevarla a su punto de gloria, pero con Thomas, tercera generación educada ya en el boato, el ímpetu empieza a perderse. Es sin embargo la cuarta, representada en el enfermizo y sofisticado Hanno, un chico con alma de artista alejado de las bases filosóficas del fundador, la que va a presenciar el viaje hacia el ocaso del negocio. Thomas Mann recrea en Los Buddenbrook la decadencia de una gran saga familiar con la precisión del cirujano manejando el escalpelo. Decadencia es lo que estas semanas hemos visto con motivo de las elecciones a la presidencia del Real Madrid, quizá el club deportivo más glamuroso del mundo. Florentino Pérez, 79, ha vencido por la mínima, un ajustado 2 a 1 (65% frente al 35%), a un tan joven como osado Enrique Riquelme, 37, un completo desconocido hace apenas unas semanas. Manifestación clara del desgaste y la pérdida de facultades de un multimillonario convertido en eximio representante del capitalismo castizo madrileño, un tipo tan duro y frío como inteligente, acostumbrado a mandar con Gobiernos de cualquier signo y a comprar a todo el mundo porque todo el mundo tiene un precio. A diferencia de Johann Buddenbrook, Florentino corre el riesgo de dilapidar el imperio por él creado sin necesidad de esperar a sus herederos. Su decadencia es una buena metáfora del paralelo viaje a los infiernos de un país llamado España.
Un Pérez en su plenitud jamás hubiera presentado batalla en los términos en los que lo ha hecho frente a un parvenue como Riquelme. Casi 20 años sin elecciones a la presidencia del club (Floro ha hecho de la dirección del Real Madrid un cargo vitalicio, se ha convertido en el amo indiscutible del club, al punto de que cuando advierte a los socios de que «se quieren quedar con el Real Madrid» lo que en realidad les está diciendo es «me quieren quitar lo que es mío»), de repente las plantea en el peor momento posible, tras dos años en blanco sin ganar un solo trofeo en un club obligado a ello por sistema. Lo explicaba así a uno de los pocos amigos que le quedan: «Lo hago por dos razones: para desmentir que estoy mal, que tengo un cáncer y que prácticamente me estoy muriendo, lo que me da mucho por el saco; y para abortar en pleno despegue la operación de unos señores que vienen a tomar el Real Madrid al asalto y que considero muy peligrosa para el club». Florentino olfatea un riesgo en el horizonte tras el que camina emboscado su gran enemigo, el hombre que le infligió su mayor derrota como empresario (el frustrado asalto a la Iberdrola de Ignacio Sánchez Galán por parte de ACS). Sabe que tras la candidatura de Riquelme se esconde como hombre fuerte David Mesonero Romanos, yerno de Sánchez Galán, y sospecha que el tycoon eléctrico prepara su definitiva venganza con esta emboscada. Y quiere impedirlo, abortarla antes de que esa alternativa gane cuerpo. Y anuncia unas elecciones a la presidencia por sorpresa, con solo 8 días para presentar candidatura y avales, porque al trono del Real Madrid sólo puede presentarse Florentino y dos más, al tener que avalar el 15% del presupuesto de gastos del club.
Y mal aconsejado, el también presidente de ACS protagoniza una rueda de prensa esperpéntica para anunciar esas elecciones, un espectáculo capaz de abochornar al más lego en materia de relaciones públicas, una exhibición de rancia soberbia que mantiene pegado a la pantalla a medio país incapaz de perderse un espectáculo por el que no poca gente hubiera pagado dinero. El almuerzo de aquel día lo hace Pérez con sus dos hombres de confianza. José Ángel Sánchez, director general del club, y Anas Laghrari, el financiero hijo de un constructor marroquí amigo suyo y a quien Pérez presenta como «mi ahijado», seguramente imaginando en él al hijo talentoso que le hubiera gustado tener. Florentino ha ido reduciendo el círculo de sus íntimos, se ha ido encerrando en su torre de marfil, ha ido cortando lazos y son contados los que consiguen acercarse a su oído. «No escucha a casi nadie». Tolera a Sánchez, al que trata como a un mero sirviente (Pitina lo llamaba el «aplaudidor») y al que paga de forma espléndida (en el ejercicio 2025, José Ángel facturó al Madrid nada menos que 12,8 millones de euros, más que mucho banquero de postín). El capo de ACS nunca ha querido nadie que le haga sombra en su círculo interior. El talento lo quiere en el exterior, y es talento comprado a buen precio, talento carísimo, representado sobre todo por Anas, un rey en el corazón de Florentino, un hombre de vital importancia en el universo actual del empresario en su doble vertiente de presidente del Real Madrid y de la constructora ACS. «Es la persona de su absoluta confianza que le aconseja en todo».
Almuerzan ambos con Florentino y ninguno le dice que abandone la idea de esa rueda de prensa enloquecida, a la que se va a enfrentar sin la menor preparación. Nadie le dice que un número uno no puede dedicarse a hablar mal del aspirante. «No se va a presentar; es un bocazas». Sostiene Pérez que la gran operación que ha elevado a Riquelme a los altares empresariales, la reciente adquisición de los activos de Iberdrola en México, una operación que ronda los 4.000 millones, es un mero aparcamiento. «Tengo todas las pruebas», y exhibe como demostración el hecho de que la acción de Cox Energy, que cotiza en el mercado continuo, no se haya prácticamente movido en bolsa a pesar del fenomenal golpe mexicano. Pero Riquelme venía ya muy apoyado en la sombra por muchos Mesoneros. Sánchez Galán ha reunido a la familia en su finca de Salamanca y delante de su hija le ha dicho a su yerno que ni se le ocurra figurar en la candidatura de Riquelme. Que haga lo que quiera por detrás. El asunto había generado cierta inquietud en el Consejo de Iberdrola. Pero Riquelme consigue el aval. Se lo extiende finalmente un banquito andorrano, Andbank, seguramente tras haber apalancado la suma con un tercero desconocido, porque la banca española le da la espalda. El Santander de Ana Botín, que es la entidad con la que trabaja el Grupo Cox, se lo niega. Hasta ahí llega el poder de intimidación de Florentino Pérez. Llama también a Atresmedia para impedir la entrevista que Riquelme ha pactado en El Hormiguero, pero Pablo Motos se rebota y amenaza con llevarse su programa a otra parte.
Riquelme consigue el aval y arma una candidatura exitosa que en la noche del pasado domingo, a la hora del recuento, lleva la zozobra a las filas de Florentino. El capo esperaba un 85/15, a lo sumo un 80/20, pero el aspirante termina alzándose con un 65/35. Le ha salido el tiro por la culata. Ha consolidado a un enemigo poderoso allí donde no tenía ninguno; le ha puesto cara, ojos y apellidos. Muchos miles de votos que probablemente son más anti Florentino que pro Riquelme. Y nadie sabe lo que hubiera podido pasar de haber durado la campaña una o dos semanas más. Florentino se ha despegado del mundo que antaño le rodeaba, y en ese viaje está cometiendo errores de bulto. Uno importante: haber construido una oposición a la que solo le queda esperar el paso del tiempo. Y todas las miradas se han vuelto hacia Anas Laghrari, al que acusan de «llevárselo crudo». Todos le hacen responsable de los más recientes fracasos del tycoon. La Superliga europea, por ejemplo, una merienda de la que el marroquí titulado en ingeniería y matemáticas aplicadas por la École Centrale Paris pretendía salir convertido en multimillonario. O el fiasco de la remodelación del Estadio Santiago Bernabéu. ¿Cómo es posible que el Ayuntamiento de Madrid concediera los permisos para remodelar un estadio situado en pleno corazón de la ciudad, robando espacio vital a viandantes y vecinos, en lugar de aprovechar la oportunidad para sacar semejante mamotreto al extrarradio? Lo mismo cabe decir del aparcamiento anexo, entrañas del Paseo de la Castellana, ahora también paralizado. La explicación está en Florentino Pérez, un experto desde los tiempos de Juan de Arespacochaga en macerar en su salsa a alcaldes y concejales de urbanismo. El tycoon vive ahora pendiente de que José Luis Martínez-Almeida se atreva a recalificar (¿este finales de junio?) las 85 hectáreas que el club mantiene sin uso en Valdebebas, cuya calificación pasaría de deportivo a terciario, lo que le permitiría protagonizar otro gigantesco pelotazo capaz de despejar los nubarrones que se ciernen sobre un club que está atravesando incluso por tensiones de liquidez.
El Business Plan de ese proyecto de remodelación incluye un flujo de caja cuya importancia iba a depender, además de los acontecimientos deportivos, de la utilización del estadio como marco idóneo para macroconciertos de todo tipo. Y Anas, banquero sin remilgos, como bien sabe un Borja Prado que durante un tiempo le acompañó en su Key Capital Partners (KCP), viaja a Nueva York y se trae de la mano al private equity norteamericano Sixth Street, al que vende el 30% de los futuros ingresos del nuevo estadio, con talegada de comisiones para KCP incluida. Pero tras los conciertos iniciales estalla el escándalo del ruido al que ponen coto los influyentes vecinos que rodean al monstruo, que no es precisamente gente de la Cañada Real. ¿Nadie en «el mejor club del mundo» pensó en el problema del ruido? Fallo clamoroso. Ahora, el fondo americano reclama la devolución de la cantidad adelantada a cuenta de los futuros ingresos, mientras el club habla de «renegociar el acuerdo suscrito en su día entre las partes». Y, ¿cómo va a devolver el Real esa cantidad, en un ejercicio en el que amenaza presentar malos resultados económicos? Pues vendiendo una parte del mismo, y el gentío sospecha que ahí está la explicación a ese 5% que Florentino quiere colocar, entre otras cosas para valorar la sociedad adecuadamente, como si no hubiera otras formas de saberlo. Es el gran triunfo de Riquelme, un hombre armado hasta los dientes con este y otros datos que no ha querido utilizar en la batalla.
Los sinsabores recientes van a obligar al señor Pérez a mover ficha, posiblemente a hacer cambios en su Junta Directiva, a buscar apoyos, a protegerse. Los tiempos están cambiando. Quizá haya sido un síntoma la reconciliación con Donato González, presidente de Société Générale en España y Portugal y tradicional banquero del capo, con quien Anas le había obligado a romper, como con tantos otros, después de haber trabajado juntos en la sucursal española del banco galo. Una relación que viene de lejos. Cuando los March, la gran fortuna española que puso tierra de por medio en los estertores de la dictadura, se van del accionariado de ACS, es Donato quien cuida la acción de la constructora en Bolsa. Y cuando Florentino lanza su arriesgado golpe contra Iberdrola y anuncia la toma de un 20% de la eléctrica, es Donato quien con un swap habilita los recursos necesarios para la operación. «Florentino es mi amigo, y si me llama pues tengo que ir porque yo estoy para ayudar al amigo», dice Donato, que ha pedido permiso a París para entrar en la Junta.
Este Florentino aquejado por la «enfermedad Buddenbrook» que Mann describe en su icónica novela es el perfecto arquetipo de ese tipo de capitalismo madrileño, más que español, acostumbrado a vivir agarrado a las faldas del Gobierno de turno cual garrapata, en una secuencia de corrupción inacabable e inabarcable porque nadie quiere en realidad salir del río pestilente que nos ahoga. Lo aprendió Pérez cuando, siendo titular de Transportes, José Luis Álvarez le nombró director general de Infraestructuras del Transporte con el encargo de poner a punto los estadios para el Mundial de fútbol de 1982. Ahí se doctoró en el arte de pastelear con las constructoras del momento. Y asombra la facilidad con la que Juan Español disculpa la existencia del chanchullo, la ilegalidad y el favor entre gobernantes y gobernados con el argumento de que cualquier dirigente empresarial con precios regulados está obligado a lamer las botas al Gobierno de turno. Es este tipo de cohabitación político-empresarial la que ha hecho imposible la existencia en España de una sociedad civil fuerte y, sobre todo, independiente. Andando el tiempo, Pérez elevará a la categoría de arte el oficio de intermediar favores y caminar sobre la fina línea que separa la ley del delito en el palco del Real Madrid, donde se dan cita administradores y administrados en glorioso totum revolutum. La mayoría de los ministros del Gobierno Sánchez pasan regularmente por ese palco donde Florentino recibe el besamanos de jueces, abogados, empresarios, artistas varios, pendones de a tanto la noche y periodistas, multitud de periodistas que acuden encantados a ver los partidos de gañote sin que se les caiga la cara de vergüenza. Ese escandaloso encame colectivo en la calle Concha Espina vuelve a hacer realidad la frase que Ortega musitó un día al oído de Julián Marías en pleno parque del Retiro, «Desengáñese, Marías, el verdadero problema de España es que nadie está donde tiene que estar». El palco del Real Madrid, sublime muestrario de la corrupción al más alto nivel, explica gran parte de los males, si no todos, que aquejan a esta querida España nuestra.
Un hombre frío y austero, por lo demás, un híbrido entre pingüino y felino alejado del boato (hasta su barco es discreto en comparación con los de su clase), que parece vestir siempre el mismo traje, del que no se conocen escándalos de ningún tipo y que no levanta la voz. Un tipo gris, en suma, cuyo talento se despliega brillante en el cuerpo a cuerpo, en su capacidad para persuadir en el cara a cara, argumentar, infundir confianza y convencer. Las mismas artes que ha desplegado siempre frente a la clase política. «A mí me presentó a Antonio García Ferreras en el restaurante O’Pazo», afirma un conocido abogado madrileño. «‘Este es un tío muy listo’, me dijo, ‘íntimo amigo del presidente Zapatero; le llama cuatro o cinco veces al día’». De modo que Florentino fichó a Ferreras como director de Comunicación del Real Madrid para tener acceso directo al presidente del Gobierno. Voilá.
La decadencia de Florentino Pérez parece anunciar el relevo de una clase empresarial ya mayor por una nueva elite de jóvenes emprendedores tan vistosos como agresivos. Gente como Mesonero, como Riquelme, como José María Pacheco, como Rosauro Varo. Tipos que invierten tiempo y dinero en «hacer amigos», en crearse su propia red social (Rosauro, prototipo de empresario progre, se hizo maratoniano para poder correr al lado de Álvarez Pallete, Telefónica, en la de Nueva York, con muy buenos resultados por lo que se vio después). Ambicioso en extremo, el de Cox, Alicante, de alguna manera dueño desde el domingo del 35% del equity del Real Madrid, ya intentó entrar en la Junta del club en 2021, empeño para el que contó con el apoyo del ínclito Iván Redondo, del abogado Antonio Medina, lobbista de prestigio y actual secretario del Consejo de Cox Energy, y de Daniel Romero-Abreu, el hombre de Zapatero en Thinking Heads, hoy «en los papeles». Ser miembro de la Junta permite presentarte a la presidencia del Club sin la obligación de tener que conseguir el correspondiente aval. Pero Florentino se olió la tostada y frustró el intento.
Queda por ver qué ocurre tras el descalabro del domingo con esa sociedad mercantil que, de la mano del simpático Anas, proyecta crear el capo para dar esquinazo a la conversión del Real Madrid en una SA. Sería una sociedad controlada por el Club a la que se traspasaría gran parte del negocio y en la que entraría un inversor privado con la idea, tan querida por el marroquí, de colocar al Real Madrid a la altura de las grandes franquicias del deporte USA. Los socios son apenas mercancía maleable, y moldeable, al gusto del tycoon. Por ver, también, qué pasará con el referéndum que debería aprobar esa operación. De momento, el amo del club parece condenado a refugiarse cada día más en brazos de Anas Laghrari y de Juan Santamaría, 48, seguramente el mayor acierto de su vida, consejero delegado del Grupo ACS y tipo del que habla bien todo Madrid. Todo castillos en el aire, porque el gran Florentino Pérez Rodríguez podría caer en septiembre víctima de una gigantesca pañolada en el Santiago Bernabéu que le obligaría a salir del club por la puerta de atrás. «A menudo los signos externos y los símbolos de la felicidad y el éxito aparecen cuando, en realidad, todo eso comienza a decaer; es más, no aparecen hasta entonces», escribe Mann en Los Buddenbrook. Todo dependerá de que la bolita quiera o no entrar en el arranque de la próxima temporada.