Ignacio Sánchez Cámara-El Debate
  • El Gobierno ha pedido la legitimidad de ejercicio. Es un Ejecutivo políticamente corrupto. El cambalache está claro: se entrega la unidad de España a cambio de que Sánchez mantenga el poder, en el caso de que a esta miseria se le pueda llamar poder

El actual Gobierno de España es la amalgama de las dos peores lacras políticas del siglo XX: el Frente Popular (coalición de socialismo radical y comunismo) y el nacionalismo, cuya versión más siniestra es el nazismo. Constituyen las dos raíces y formas del totalitarismo. Nada hay de extraño en que, poco a poco, nos vayan arrebatando la libertad y los demás derechos.

La socialdemocracia hiberna. Lo que nos gobierna es una coalición de socialistas y comunistas antidemócratas y woke. Su problema es que carecen juntos de mayoría parlamentaria. En realidad, el Frente Popular nunca ganó las elecciones en España. Las de 1936 fueron falsificadas. Y para mantenerse en el más inestable de los gobiernos democráticos, ha echado mano de los nacionalismos. Lo peor apoyando a lo peor. Estos, naturalmente, sabedores de la debilidad de un Gobierno dividido, se dedican a exprimirlo para mal de España y su unidad.

La corrupción económica parece que puede derribar al Gobierno, pero el furor nacionalista no se detiene ante el basurero gobernante. Todo se arregla con más concesiones. Algunos piden elecciones, pero ninguno da el paso. Contra Sánchez y su corrupción viven mejor. Hay claros indicios de que el Gobierno ha vuelto a ceder y se ha rendido al PNV con la concesión del «Estado plurinacional». El Gobierno tiene dudosa legitimidad de origen, aunque su constitución fue legal, ya que se sustentó en acusaciones al Gobierno del PP interpolando un texto judicial. Cabría decir que nació mintiendo. En la Constitución, a pesar del disparate de la mención a las «nacionalidades», solo hay una nación, la española. Cualquier reconocimiento de otra sería inconstitucional. Y si el Tribunal Constitucional no lo reconociera así, podría cometer una prevaricación. Solo cabría admitirlo si previamente se produjera una reforma constitucional que más bien sería una ruptura constitucional, ya que es la propia Carta Magna la que se fundamenta en la unidad indisoluble de la Nación española. Si se niega este principio, ¿en qué se fundamentará la unidad del Estado, plurinacional o no?

El Gobierno ha pedido la legitimidad de ejercicio. Es un Ejecutivo políticamente corrupto. El cambalache está claro: se entrega la unidad de España a cambio de que Sánchez mantenga el poder, en el caso de que a esta miseria se le pueda llamar poder. El poder consiste en la capacidad de obligar a otros, incluso apoyándose en el uso de la fuerza, pero no en estar sometido a otros. Entonces son estos los que ostentan el poder, aunque otro habite en la Moncloa, para felicidad de comunistas y nacionalistas. No hay un caso ni parecido en toda Europa. Socialistas y nacionalistas juntos. La verdad es que suena muy mal. La guerra fría habita en las Cortes.

Tal vez haya quienes disientan de esta diatriba antinacionalista. Stefan Zweig afirmó que el nacionalismo era el mayor desastre del siglo XX. Nada tiene que ver con el patriotismo y el amor a la patria. No es patriotismo, sino tribalismo. En realidad, no procede de la nación; la crea. También es incompatible con el cristianismo, pues rompe la unidad del género humano y la fraternidad entre los hombres. Por si hubiera duda, cabe recordar las recentísimas palabras de León XIV en su visita a España. Intentar romper la unidad de España es inmoral. Como afirma Hannah Arendt: «El nacionalismo ha sido frecuentemente descrito como un sucedáneo emocional de la religión, pero solo el tribalismo de los panmovimientos ofreció una nueva teoría religiosa y un nuevo concepto de la santidad». El nacionalismo se basa más en el rechazo del otro que en la propia afirmación. Al margen de agravios reales o ficticios en el pasado, el nacionalismo es una forma de resentimiento para el que la culpa de todos sus males la tienen siempre otros, los demás.

España se destruye a sí misma o se está dejando destruir. Urge una reacción popular y una exigencia de elecciones para detener una situación insoportable: que quienes gobiernen España estén empeñados en destruirla para gestionar sus cenizas.