Editorial-El Correo
- El estallido de violencia en Bilbao, desatado por jóvenes radicales que han crecido en una Euskadi sin ETA, es una muestra del propio fascismo que pretendían combatir y exige deslegitimar la barbarie de raíz, sobre todo entre quienes le dieron amparo
El estallido de violencia callejera en Bilbao, organizado por jóvenes radicales con la excusa de la visita del agitador ultra Vito Quiles -finalmente suspendida-, es la trágica constatación de cómo el germen de la barbarie sigue latente en la sociedad vasca. Si el argumento central de la protesta convocada el lunes era «frenar el fascismo», los graves disturbios a su término constituyen la muestra más cruda de la intolerancia y el odio que supuestamente pretendían denunciar. El reguero de fuego y destrucción desatado desde el barrio de Deusto hasta el centro de la ciudad sólo puede ser considerado como un ataque fascista por su virulencia y agresividad indiscriminada: quema de coches particulares, barricadas en avenidas, destrozos del mobiliario público, saqueos de comercios y agresiones a vecinos que, en un alarde de coraje, reprendían a los encapuchados.
Un cóctel explosivo que evoca el pasado más oscuro de la kale borroka. Sorprende tanto por la juventud de sus participantes -de la veintena de arrestados, casi la mitad son menores- como por sus perfiles: desde jóvenes fuertemente ideologizados hasta delincuentes oportunistas, pasando por estudiantes arrastrados por el efecto contagio del vandalismo. Se trata de una generación que, pese a haber crecido en una Euskadi sin ETA y con elevadas prestaciones sociales en comparación con otras autonomías, repite los peores patrones de una guerrilla urbana que debería estar ya enterrada en el pozo del fanatismo.
El brote violento obliga a reflexionar sobre un despliegue policial insuficiente e ineficaz para contener unos altercados «premeditados», según el consejero Bingen Zupiria. Las graves denuncias de los ertzainas, que alertaron de una relajación injustificada de los controles ante centenares de exaltados, y el terror sufrido por los vecinos exigen explicaciones públicas a los responsables del dispositivo. Por muy prudentes que hayan podido ser para no caer en las provocaciones de la turba, se han arriesgado a dejar desprotegida a la población. Si alguna lección se puede extraer de unos hechos vergonzosos, es que la deslegitimación del terrorismo sigue siendo un reto pendiente en Euskadi, especialmente entre quienes alentaron una amenaza que urge atajar de raíz por sus recurrentes coletazos.
Posiblemente sea una tarea colectiva, pero a la izquierda abertzale le corresponde cortar cualquier vínculo con una cultura de la violencia a la que dio amparo y de la que se va desprendiendo con más lentitud de la debida. Si quiere dejar un legado de responsabilidad y dignidad a las nuevas generaciones de este país en su declarado intento de ser influyente en el País Vasco y el conjunto de España -una tarea ya puesta en práctica con su apoyo al Gobierno de Pedro Sánchez-, está obligada a desmarcarse de forma inequívoca del sectarismo más atroz. El compromiso con la convivencia no debe ser un cálculo táctico, sino un principio ético irrenunciable. La resistencia de EH Bildu a condenar unas algaradas en las que se corearon ‘goras a ETA’ evidencia viejos tics radicales, en lo que constituye una absoluta anomalía política en pleno siglo XXI.
El respeto democrático se forja en parlamentos y plazas públicas, sin desdeñar la capacidad de la escuela y del hogar para educar en convivencia, derechos y libertades. El hecho cierto es que el fuego estaba a las puertas de casa. Primero fue París, luego Milán y más tarde Barcelona. En Bilbao ha bastado la chispa de un provocador profesional para incendiar las calles, en una demostración de que la sinrazón acaba proyectando la burda propaganda de un agitador y, peor aún, refuerza el discurso ultra que se pretendía combatir. No bastó la cancelación del acto en Deusto para evitar que una protesta desarrollada con normalidad, pese a la tensión latente, desembocara en un estallido de violencia. Los autores de los altercados y quienes los jalean deben saber que su intolerable actitud alimenta el extremismo y las opciones más populistas basadas en la demagogia de la ‘mano dura’ o la agitación social, ambas irresponsables. No hay antifascistas cuando su incendiaria reacción sepulta de golpe la democracia bajo el fuego y el matonismo en las calles. Eso es, pura y simplemente, fascismo.