Luis Ventoso-El Debate
  • No puede seguir ahí un bronco ministro que ha fallado trágicamente en garantizar la seguridad y con el que la calidad del ferrocarril se ha desplomado

Ya se sabe cómo son en España las reacciones ante catástrofes naturales, epidemias y siniestros. Si gobierna la izquierda, paz, amor y flores. No se puede valorar políticamente lo ocurrido, al tiempo que se ensalza en las televisiones del régimen «progresista» el heroísmo y la solidaridad del pueblo –léase «la gente»–, con el fin de ocultar la torpeza del político al mando. Pero si el gobernante de turno es de derechas, entonces leña a degüello y cacería televisiva. Montaron una campaña… hasta con aquel pobre can Excálibur del ébola, «exterminado por Rajoy».

El terrible y evitable accidente de Córdoba presenta un problema para el Gobierno del vacío y la propaganda. Y es que esta vez no hay un Mazón tras el que parapetarse. La gestión depende por completo del ministerio que ahora llaman de Transportes y Movilidad Sostenible.

¿Qué hacer para vadear la crisis? Pues buenismo solidario y buscar un enemigo para distraer de la ineptitud del Gobierno. La portavoz de Vox dijo ayer que viajar en tren en España ya no es seguro. ¿Exagera? A tenor de lo sucedido y de los incidentes constantes con los ferrocarriles, evidentemente no. Pero sus palabras fueron aprovechadas raudo por la fontanería monclovita. Habían salvado el día. Poco después del mediodía, en la rueda del Consejo de Ministros, la ministra portavoz tachaba a Vox de «ruin» e «inhumano». Pocos minutos después, el execrable Javier Ruiz, censurado hasta por el Consejo de Informativos de RTVE por sus bulos, se aplicaba la consigna del día: aquí el problema es Vox, que se atreve a decir que los trenes son inseguros.

«No hay que hacer política. Son días de duelo y de ayuda a las víctimas», nos repiten desde el poder y sus terminales. Pues no. La política es la actividad de quienes rigen los asuntos públicos, y por supuesto debe ser evaluada cuando ocurre un hecho gravísimo que ha costado ya más de 40 muertos. Además de atender a las víctimas, honrar su memoria –y es penoso que no haya ni una alusión a Dios y ni un rezo en la esfera pública– e investigar los hechos, hay que hacer política.

La dana fue un fenómeno meteorológico ingobernable, una crueldad brutal de la naturaleza. Se pudo hacer mucho mejor, sí. Pero si por un barranco corre en solo unas horas cuatro veces el caudal del Ebro, no hay gobierno o alerta que evite una desgracia.

Si un maquinista enfila a 170 km/h una curva limitada a 80, y encima va hablando por el móvil, como fue el caso de Angrois, estamos ante un error humano, no político.

Pero si un tren circula en una recta por debajo de la velocidad máxima, si existían avisos previos de los maquinistas sobre que ese tramo había problemas, si se descarta de plano un error humano o un sabotaje, si se ve la vía rota en las imágenes… entonces estamos clarísimamente ante un imperdonable error en el mantenimiento de la infraestructura.

Y ese fallo que nos cuesta lágrimas muy amargas y oprobio internacional tiene dos grandes responsables políticos: el incompetente ministro del ramo, un macarra digital que no ha sabido reforzar las vías cuando el tránsito por ellas se ha triplicado con una atolondrada liberalización, y el presidente del Gobierno, un frívolo que cree que se puede gobernar sin contar desde hace tres años con unos Presupuestos.

Si todo se estaba haciendo bien, ¿por qué ayer mismo se anunció que se reduce la velocidad por precaución en 150 kilómetros en la línea de Madrid a Barcelona? Si los maquinistas habían reportado en agosto que había vibraciones en esa zona, ¿por qué el Gobierno ha tardado cinco meses en adoptar esta medida de seguridad? Además, probablemente no la habría tomado de no ser por la tragedia de Adamuz. Es decir, Óscar Puente jugaba con nuestra seguridad. Pasaba de todo y dedicaba más tiempo al Twitter y al golf que a cuidar las infraestructuras (las autovías son también un poema). Hace solo dos meses propuso subir a 350 km/h la velocidad donde hoy la baja a 150 en algunos tramos. ¿Qué salvaje tomadura de pelo es esta?

Puente tiene que irse porque en su etapa la calidad del servicio ferroviario se ha hundido. Puente tiene que irse por haber divulgado un bulo en las redes sociales –una foto falsa– para cebar su guerrita contra Ayuso. Puente tiene que irse porque en lugar de atender a su importantísima tarea, perdía el tiempo ejerciendo de faltón en X, señalando e insultando a jueces y periodistas. Puente tiene que irse por su penosa reacción de escaqueo tras el accidente («esto es tremendamente extraño»). Puente tiene que irse porque ha habido un fallo en el mantenimiento, y para más señas en un tramo donde la trama de Koldo estaba vinculada a una de las empresas beneficiadas de la obra de supuesta mejora. Puente tiene que irse porque ha dado una exhibición de incompetencia y mal estilo, humano y político.

Y si decir todo esto es hacer política, pues sí, hagamos política. La oposición debería estar pidiendo ya su salida inmediata del Gobierno.

Fuera Óscar Puente.