Ignacio Camacho-ABC

  • El chavismo entra con Delcy en un escenario lampedusiano donde los cambios son la condición para conservar el estatus

Delcy, la del misterioso equipaje, no encaja bien como trasunto venezolano de Adolfo Suárez. Entre otras cosas porque aunque éste también provenía de la jerarquía de una dictadura, no había torturado ni mandado torturar a nadie. Tampoco da el tipo de una contrafigura femenina del príncipe Salina, el gatopardesco personaje dispuesto a cambiarlo todo para que nada cambie: para eso quizá tenga voluntad y propósito, pero le falta el porte elegante. Su príncipe era Zapatero, así lo llamaba, y veremos si no ha decidido también traicionarlo como se barrunta que ha hecho con Maduro para recolocarse de delegada de Trump en una transición de impredecible desenlace. Juan Goytisolo reivindicó en el conde Don Julián el perfil del traidor necesario, como Judas, para que la historia avance, y desde luego la nomenclatura del chavismo parece gente capaz de vender a su madre con tal de conservar un ‘statu quo’ que garantice la impunidad de sus actos criminales.

Estos días se apela mucho al pragmatismo como motor de grandes saltos. Ese sentido histórico posibilista (o cínico) tiene buena reputación siempre que no favorezca al adversario, en cuyo caso se convierte en una inaceptable transgresión de principios éticos sagrados. Asuntos como la legalidad internacional, el derecho a unas elecciones libres o la simple aplicación de la Justicia contra los represores han pasado a segundo plano ante la política de hechos consumados. Y los acontecimientos se vuelven sospechosamente simétricos según el bando. Así, Sánchez y sus aliados se llaman a escándalo cuando la Casa Blanca actúa con el mismo desdén que ellos por las convenciones del consenso democrático, mientras los antisanchistas que exigen respeto a las reglas aplauden el liderazgo autoritario del presidente americano. Lo importante para unos y otros es el resultado; la conflictiva relación entre el fin y los medios sólo depende de la perspectiva del escenario.

De cualquier modo, el éxito del proceso español es de muy improbable repetición en Venezuela. Primero porque el franquismo había creado una clase media y el bolivarismo ha dejado la suya en la más absoluta miseria. En segundo lugar porque la casta dirigente de la tiranía caribeña, compuesta de sicarios de calaña deshonesta, carece de generosidad de miras y de nobleza. En tercer término, porque los Estados Unidos se muestran hasta ahora más proclives a la colonización que a la tutela. En cuarta instancia, porque se pretende deslegitimar a la oposición de dentro y de fuera; y por último porque el reformismo ‘de la ley a la ley’ es imposible de reproducir en ausencia de una estructura institucional apta para funcionar con mínima independencia. Si en esas condiciones sale bien la operación habrá que dar el Nobel a Trump, a Marco Rubio, a ZP, a Delcy y hasta a sus maletas. Cuyo paradero y contenido, por cierto, permanecen en la más opaca reserva.